Una revolución positiva

4 de agosto del 2011

Colombia ha sido manejada por una élite asentada en Bogotá que ha encallado nuestro sistema de desarrollo y administración en un modelo centralista que hizo de la capital el ombligo y cerebro de la nación. Esa élite no es solo bogotana, pero sí es un estamento netamente oligárquico. Se trata de un grupo de personas […]

Colombia ha sido manejada por una élite asentada en Bogotá que ha encallado nuestro sistema de desarrollo y administración en un modelo centralista que hizo de la capital el ombligo y cerebro de la nación. Esa élite no es solo bogotana, pero sí es un estamento netamente oligárquico. Se trata de un grupo de personas que por vía del dinero, de un capital político o gran influencia mediática, se ha hecho al control del poder real que define la vida del resto. Vale la pena tener claro que el diccionario define oligarquía como la “forma de gobierno en la cual el poder supremo es ejercido por un reducido grupo de personas que pertenecen a una misma clase social” de modo que Colombia es gobernada por una oligarquía en el más puro sentido de la palabra.

Esa “clase dirigente” como se autodenomina la oligarquía, la integran personas que entienden que hay que vivir en Bogotá, descollar mucho en una actividad con reconocimiento social, ser aceptado por sus símiles, tener patrones sociales y éticos parecidos, pero sobretodo, actuar como si su papel fuera imprescindible porque la sociedad acéfala sucumbiría. Esta tiene sus gurús. Nadie los designa, sino que van surgiendo y se van entronizando en su papel moderador y ejemplarizante desde los medios de comunicación con nombres sofistas como “formadores de opinión”.

Negarlo sería necio, y cuando uno repasa el cuadro de mando de los últimos 100 años en Colombia, no puede más que aceptar que a Colombia la maneja una espesa oligarquía que poco ha cambiado estos años. Samper, López, Santos, Lleras, Vargas, Lozano, y hasta Rojas, son algunos de los apellidos reiterados de nuestra “clase dirigente”. Paradójicamente no hay nada de malo en ello; contrario a la crítica ordinaria que sanciona el que hijos de políticos hagan política, siempre he defendido el derecho y la propensión natural de los delfines a asimilar y continuar el oficio de sus ancestros, tal como sucede con médicos, abogados, artesanos, militares, domadores de caballos y todos aquellos oficios continuados a lo largo de linajes familiares que se proyectan a varios siglos incluso.

De hecho, ésta costumbre, o ésta… tendencia humana, de continuar las artes y oficios de los padres, solo es satanizada cuando se trata de políticos, de ahí que el hijo de Horacio Serpa sea agriamente criticado por lanzarse a la política, mientras nadie critica que como su padre, también sea abogado. Eso sí es loable. Por eso al tiempo que señalo, y pruebo con apellidos, que esa oligarquía existe, también reivindico lo natural que me parece que los retoños aspiren a seguir la senda de sus padres.

Si es natural, ¿qué tiene de malo entonces? Que los delfines quieran nadar es normal, lo malo es que lo logren solo por ser miembros de una “clase” que el establecimiento mantiene para disfrutar el privilegio de dominar entre pocos.

Y no creo que quienes manejan Colombia se reúnan como una secta a planear oprimir al resto, no. Esa idea es un cliché para discursos de ideologías vencidas. Pero sí han aplazado hacer lo que saben que deben, apoltronados en la comodidad que saben que tienen, porque pueden y lo saben. Es fácil: la primera notificación de la inteligencia es que se tiene, nadie puede ser inteligente sin saber que lo es; ni muy “cultivado” si no identifica su situación en la órbita social. La “clase dirigente” tiene claro que el medio para que la democracia funcione, es la educación plena, y sabe también que el sistema de gobierno centralista facilita la existencia de una oligarquía dominante que concentrada en Bogotá se inter-alimenta mejor.

Para dar un salto, largo y trascendente, que nos deje parados en el primer mundo, tenemos que acabar racionalmente, conscientemente, esta entronización de la oligarquía y del centralismo. No solo porque el concepto es antipático y anticuado, sino sobretodo porque ha fracasado estruendosamente en formular la salida para que éste país lleno de posibilidades consiga el desarrollo pleno y  practique una democracia  verdadera. Si la mayoría menos educada vota y elige, sencillamente tenemos una tiranía de la mayor ignorancia. Cuando esa mayoría no vota responsablemente, sino que lo vende o lo pone al servicio de intereses individuales, la noción de democracia plena colapsa del todo.

Para que la mayoría se concientice del inmenso y trascendente poder que tiene un voto, sería necesario que la principal de todas las locomotoras de cada gobierno fuera la educación. Solo mediante un esfuerzo sostenido y abrumador de -al menos- dos generaciones,  superaríamos la brecha en educación, formación humanística y tecnología. De hacerlo este país cambiará para siempre, sin posibilidades de retornar al atraso de una democracia fallida donde el poder de unos pocos se refrende, bajo la ignorante apatía de quienes eligen mal porque les falta educación suficiente para entender que cada mala decisión electoral es una gota de veneno en el futuro.

El esfuerzo en educación debe ser colosal. Debe ocuparse de la gratuidad, de crear un sistema de estímulos para los padres que prueben que sus hijos si estudian, de la calidad de la educación -empezando por los maestros- conseguir su masificación efectiva; cobertura total y gran calidad en escolaridad rural vocacional; materializar un cambio en el énfasis sobre profesiones formales o artes y oficios, diseñar un sistema de retribución laboral del individuo formado por el Estado. La política de educación nacional debe ser la espina dorsal del modelo de desarrollo y del esquema de crecimiento proyectado, porque una nación educada porta el desarrollo y la riqueza, repartidos en el cerebro de cada uno de sus habitantes.

En todo caso, nuestro sistema político-administrativo centralizado aposenta una gran parte del problema, por eso la “clase dirigente” ha hecho nido en Bogotá. La verdadera descentralización ya esta inventada, basta analizar que la abrumadora mayoría de las democracias más avanzadas, funcionan bajo el sistema federal. Aquí hay que federalizar el manejo fiscal, normativo, administrativo y judicial, dotándonos de un marco político que contenga autonomía departamental efectiva. Un esquema federal difuminaría la “clase dirigente” en nuestra geografía descentralizada y más temprano que tarde llegaríamos a una democracia horizontal, donde cada departamento pueda delinear su suerte con el voto educado de ciudadanos que decidan sus inversiones y elijan una dirigencia escogida por aquellos méritos que, mentes educadas, puedan identificar en sus candidatos.

Escogidos así, los líderes departamentales no serían subalternos de una élite que va cooptando el poder a su descendencia y solo de vez en cuando permite que a ese “club” acceda un Gaviria de Pereira, o un Serpa de Santander. Esos liderazgos escogidos bajo la plena conciencia que solo da el conocimiento, reemplazarían nuestra “clase dirigente tradicional” -el alias de la oligarquía colombiana- y una verdadera revolución positiva sucedería en una Colombia educada y Federal, muy parecida a las naciones que admiramos aunque inexplicablemente no tomemos su modelo.

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De otro tema: Sugiero respetuosamente al Representante Iván Cepeda, que desautorice públicamente a las Farc el uso del nombre de su padre Manuel Cepeda Vargas, como distintivo de uno de sus frentes terroristas. El abominable genocidio de la UP no debe ser pretexto para malversar su memoria. De paso, sería un gesto simbólico edificante que restaría argumentos a quienes lo descalifican.

Twitter: @sergioaraujoc

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