Una visión de libertad

Una visión de libertad

26 de octubre del 2010

Es oportuno que el Congreso de la República aboque con seriedad el estudio y la aprobación de una Reforma Política según los procedimientos ordinarios establecidos por la Constitución Nacional. Para adelantar esta tarea no hay  necesidad de recurrir al constituyente primario para que apruebe una asamblea, un referéndum, un plebiscito o cualquiera otra práctica extraordinaria que el pueblo colombiano vería con extrañeza, particularmente si se trata de pedirle que vote a ciegas para que la Carta Magna de nuevo sea reformada con el propósito principal, según unos pocos ciudadanos despistados de una patria boba, de conseguir que el Sr. Alvaro Uribe Vélez pueda volver a ocupar por ocho años más la Presidencia de la República.

La adopción de una reforma política es prioritaria como son urgentes las reformas  a la justicia, la salud, la educación o la tributaria que, dicho sea de paso, todas se deben convertir en políticas de estado si se quiere lograr una estabilidad institucional en el sistema político vigente.
En el caso colombiano, la reforma política tendiente a fortalecer las frágiles condiciones de nuestras instituciones democráticas y a facilitar la gobernabilidad se debe llevar a cabo aunque, por sí misma, sólo sea una simple formulación de buenas intenciones.

Esta reforma debe propiciar la creación, renovación y fortalecimiento de unos partidos que respondan a las inquietudes de los tiempos actuales y den respuestas a los problemas de la comunidad. Unos partidos en un proceso constante de mejoramiento de la cultura política de sus simpatizantes, durante el cual su colectividad puede contar, según su desempeño, con organizaciones poderosas y partidarios leales. Unos partidos que consulten  continuamente la opinión de los ciudadanos y tengan ideologías diferentes, con claras propuestas programáticas sobre temas que preocupan a la nación y con acciones inequívocamente encaminadas a lograr los fines políticos, económicos y sociales propuestos a los electores.

Porque las colectividades políticas consideradas por si solas, ni son buenas ni son malas; son algunos de sus directores, deshonestos e incapaces, quienes corrompen y distorsionan a sus movimientos convirtiéndolos en unas maquinarias anómalas, obsoletas y de espaldas a la realidad nacional.

Razón por la cual, más importante y urgente que una reforma política es lograr que, algunos de sus jefes, empiecen a transformar su manera de pensar y de actuar en defensa de los derechos y deberes fundamentales de los ciudadanos frente al ordenamiento jurídico, al sistema democrático y a las instituciones civiles. Sólo así, los Partidos tendrán como justificación y finalidad el bienestar de la persona humana, fundamento y razón de ser de la sociedad.

De lo contrario, subsistirá la ausencia de libertad moral de la mayoría de los colombianos que se ven condenados a vivir cautivos en la pobreza. Porque la verdadera dificultad radica en que, algunos dirigentes, se limitan a contemplar exclusivamente sus aspiraciones personales y a observar si se logran bajo determinadas circunstancias, antes que dedicarse a encontrar una visión de libertad que comparta la mayoría de los ciudadanos que conformamos la nacionalidad.

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