Usted tiene un virus

11 de enero del 2012

Muchos pacientes odian que los médicos le digan esto. Algunos amigos me explican: es que ustedes los médicos le echan la culpa a un virus cuando no saben qué tiene uno y, peor, no saben qué hacer. Quiero comenzar aclarando que todos tenemos muchos virus en nuestro organismo y muchas enfermedades misteriosas creemos son causadas […]

Muchos pacientes odian que los médicos le digan esto. Algunos amigos me explican: es que ustedes los médicos le echan la culpa a un virus cuando no saben qué tiene uno y, peor, no saben qué hacer. Quiero comenzar aclarando que todos tenemos muchos virus en nuestro organismo y muchas enfermedades misteriosas creemos son causadas por virus, pero apenas estamos aprendiendo qué hacer con ellos. El camino para llegar a tratamientos antivirales efectivos ha sido largo y tortuoso.

Cada día somos menos las personas que recordamos las dolorosas epidemias de polio de la primera mitad del siglo XX. En mi memoria infantil están aquellos días de la década de los cincuenta con un terror mundial, globalizado, al virus de la poliomielitis. No se podía ir a piscinas ni parques públicos y sentíamos la gran ansiedad de nuestros padres en las fiestas de cumpleaños pues “la polio” podía atacar a cualquier niño en esas ocasiones. Una vez sufrí vagos dolores en las piernas, quizás los así llamados dolores de crecimiento infantil. Fui llevado a múltiples médicos y a una larga procesión de Cristo Rey por el terror a la poliomielitis. Mi mamá y mis tías murieron años después convencidas que me había curado la procesión. Quizás sí porque en ella pude haber adquirido el virus e inmunidad a él sin desarrollar la enfermedad, pues sólo el 1% de los infectados presentaban parálisis. Quién sabe, dirían ellas, misterios de la Providencia. O la multitud como vacuna, diría yo.

La única solución médica al problema era inmunológica, haciendo necesario hallar una vacuna contra el virus. Por eso antes de la carrera espacial de los sesenta hubo una carrera tecnológica en los cincuenta para desarrollar una vacuna efectiva contra el virus de la poliomielitis. En 1955, Salk, Francis y colaboradores de la Universidad de Pittsburgh descubren una vacuna inyectable con virus inactivado. En 1961 hace cincuenta años, Sabin y colaboradores del Childrens Medical Center de Cincinnati anuncian una vacuna oral, la actual, con virus vivo atenuado.

Mi esposa y yo realizamos parte de nuestro postgrado en Cincinnati. En una ocasión hablaba con un testigo de aquellos años, el Dr. Clark D. West mentor de mi esposa, y me decía que parte del problema fue llegar a una vacuna tremendamente eficaz y barata pues eso había concentrado la terapia antiviral en maniobras inmunes. Nos dedicamos a desarrollar muy buenas vacunas contra los virus y dejamos a un lado el esfuerzo por encontrar moléculas antivirales similares a los antibióticos. Recuerdo que nos enseñaban en la facultad de medicina: la única solución para enfermedades virales es vacunar a la población. Los triunfos terapéuticos en la historia de la medicina, siempre bienvenidos, tienen la desventaja de ocultar otras soluciones distintas.

Pero nuevos problemas y fracasos médicos nos obligan a buscar otros caminos. Cuando en los años ochenta y noventa no se pudo llegar a una vacuna para el VIH la ciencia biomédica se vio obligada a desarrollar nuevos tratamientos farmacológicos, no inmunológicos, contra el sida. Hoy contamos con drogas antivirales que ofrecen una vida larga y relativamente normal a los infectados por VIH. Y el esfuerzo por llegar a moléculas antivirales continúa.

Este año que pasó se publicaron resultados alentadores de un nuevo tipo de droga contra los virus, o hablando con precisión contra células infectadas por ellos. El nombre genérico de estos nuevos agentes es DRACO. Ellos entran a las células y si encuentran ácido ribonucleico (ARN) de doble cadena, típicamente viral, disparan una enzima caspasa que acaba con la célula por lo tanto con el virus y “hasta con el tendido de la perra” diría uno. Ahí radica el peligro. Es como una carga de profundidad que entra desactivada y explota ante la presencia del ARN de doble cadena común a muchas infecciones virales.

Todd Rider, investigador del Massachusetts Institute of Technology (MIT), publicó en 2011 evidencia de la efectividad de DRACO contra 15 virus en cultivos celulares: virus H1N1 de la influenza porcina, virus del dengue, virus de la fiebre hemorrágica del Ébola, virus del polio, virus del resfriado común y otros. Por ahora es sólo evidencia experimental in vitro y tardaremos muchos años para conseguir la aprobación del uso de agentes tipo DRACO en seres humanos.

Pero quisiera hacerme algunas preguntas: ¿estamos por conseguir fármacos antivirales de gran potencia y amplio espectro? ¿No será que ellos, como las bacterias, desarrollan nuevas defensas evolutivas ante esta amenaza biomolecular con aparición de “supervirus” resistentes? ¿Es posible que estas drogas antivirales nuevas ataquen células no infectadas con daño serio en el paciente? Estoy seguro que estos interrogantes están en la mente de muchos investigadores y por ahora el desarrollo de vacunas preventivas, baratas y eficaces es todavía una buena solución para muchas enfermedades virales. Pero no es la única.

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