La imperiosa necesidad de estos días me obliga a poner a disposición de los comerciantes de nuestra democracia local, mi único patrimonio inmaterial con que cuento en estos momentos: mi ciudadanía política.
De tal manera que entraré a jugar bajo las claras reglas del mercado electoral, una vez que identifique la demanda que mejor satisfaga mis ansias de comerciante demócrata y encuentre al mercader de Venecia que esté dispuesto a despellejarme vivo si no le cumplo con el trato.
Por ser una necesidad condicionada a ciertas expectativas racionales, mi ciudadanía política la venderé al candidato que por lo menos reúna los siguientes requisitos:
Que sea capaz de convencerme con un programa de gobierno coherente entre lo que necesita el territorio que aspira a gobernar y el discernimiento que se manifiesta en las propuestas dirigidas a combatir a la pobreza (no a ayudar a los pobres, que no es lo mismo) y a generar oportunidades productivas al ejército de desocupados y mototaxistas que en cualquier momento se aproximan a la paja seca con ojos de incendiarios.
Que conozca tanto la realidad a transformar en los próximos cuatro años como la manera de solucionar los problemas urgentes sin perder de vista los importantes, esos son los que valen la pena para nuestros nietos.
Que provenga de una familia rica. Es decir, rica en alegría y humildad. En honradez y transparencia. En capacidad y certeza. En buen ejemplo y liderazgo.
Que a lo largo de su campaña muestre compromiso con el medio ambiente (no acose tanta a nuestros ojos con su fea presencia en todos lados) y sea creativo e innovador en la forma de hacer política: que enseñe con el ejemplo a crear cultura ciudadana.
Que su imagen de posicionamiento no sea su sonrisa prestada sino la de los niños y niñas de las familias a las que ha cautivado con sus propuestas de gobierno y su talante y talento certero, desafiante y transformador.
Que se unte de pueblo (pero luego no se enjuague con antibacterial) todo el día para escuchar y sentir de viva voz el fuego que viene de abajo. Ese es el que calienta.
Que busque respuestas que justifiquen su candidatura entre el electorado cansado de lo mismo, para que cambie la receta o la manera de combinar los ingredientes: escuchar con atención, practicar la participación y ejercer liderazgo en los temas claves del territorio.
Que no repita discursos plagado de lugares comunes que no sorprenden ni a un autista elector, intente conversatorios con sus ciudadanos y derrame un aromático café con un buen tema sugestivo hasta el amanecer.
Que no prometa cosas aburridas sino sueños para compartir y construir en el esfuerzo colectivo y con el asombro adolescente de los primeros días. Capaz de poner a funcionar la Secretaría Local de las Utopías para atender todos los casos posibles y guardar la esperanza de que nos mantengan caminando a pesar que nunca los alcanzamos.
Que se atreve a hablar de ciencia, tecnología e innovación (CT+I) -aunque no entienda ni jota del tema, después aprende- como una posibilidad real de transformar el rudo encanto de hacer las cosas por el delicado y certero funcionamiento del conocimiento.
Que no vea a la cultura como un coro con fondo de pitos y flautas, sino como la esencia de la que están hechas las cosas sagradas que nos mantienen vivos: identidad, tradición y renovación a la manera de las mudanzas de piel de algunos seres en la naturaleza. La cultura como una posibilidad para mantenernos intactos en el fondo y cambiantes en las formas.
Que prometa no abandonar su manera de ser espontánea, fresca, confiable y rodeado de amigos; por aquella otra fría y calculadora, trasnochada en el ejercicio del poder, desconfiado y rodeado de escoltas que parecen gorilas.
Bueno, creo que no soy demasiado pretencioso como tampoco optimista, quien reúna los doce requisitos exigidos con gusto estoy dispuesto a venderle mi patrimonio inmaterial por estos próximos cuatro años de democracia parroquial. Espero compradores.
Coda: Si no puedo vender mi voto, me refugiaré en la Poesía de mi amigo John Jairo Junieles y me haré sus mismas preguntas: “Y uno va por la calle, preguntándose cómo decir lo invisible, lo que el pensamiento no puede pensar: el hábito de las nubes de repetir el universo, las señales secretas que los romanos buscaron en el vientre de las aves.”
Vendo mi Voto
Dom, 18/09/2011 - 00:00
La imperiosa necesidad de estos días me obliga a poner a disposición de los comerciantes de nuestra democracia local, mi único patrimonio inmaterial con que cuento en estos momentos: mi ciudadanía
