Alvaro Burgos Palacios

Alvaro Burgos Palacios

13 de mayo del 2011

Por Isabella Prieto Bernardi

Lo conocí una tarde cualquiera hace muchos años, él era ya un renombrado periodista y poeta que hacía parte del equipo que le dio vida a la nueva versión del Festival de Arte de Cali, de la mano de Claudia Blum. Desde entonces la química de la amistad hizo click entre los dos. Sus primeras palabras para una joven estudiante de comunicación, fueron: “elegiste un oficio grato, pero duro, vivir de las palabras”.

Desde ese encuentro la vida nos unió y nos encontró en muchos lugares. Poco tiempo después compartimos la sala de redacción del diario El País, yo llegaba, él ya estaba de salida para Tecnoquímicas, luego de dejar profunda huella en ese diario, como reportero, editor cultural y periodista de opinión. Pero también en la memoria y en el corazón de muchos compañeros y colegas con los cuales compartió la pasión del oficio, el dr. Jas, como él le decía con el máximo respeto a Jorge Arturo Sanclemente; a Diego Martínez, Mario Fernando Prado, Beatriz López, Fabio Ibarra, Medardo Arias, todos ellos, sus amigos, hasta último momento.

Se fue el abogado bogotano, que una vez ejerció de profesor en las aulas de la Universidad del Cauca a donde llegaba pedaleando su ‘cicla’; o como juez de la república; el politólogo de la Javeriana; el amigo incondicional, el caballero galante con las féminas, el humanista integral apasionado por estudiar, leer, escribir y recitar. Amó las letras y el diálogo como ninguno.

Frente a su biblioteca, inmensa, llena de tesoros, organizada milimétricamente por autores, nos volvimos a reencontrar, con sus cómplices, muchas pero muchas veces. Ahí conocimos sus amores, vimos crecer a sus tres hijos y lo acompañamos en sus últimos años. Escuchamos de encuentros periodísticos con grandes hombres de las letras de Latinoamérica que lo marcaron, como Pablo Neruda o Ernesto Sábato, del cual escribió cantidad, infinidad de veces.

Entre copas generosas de vino y altas horas de la madrugada, supimos de sus peripecias como reportero, cuando en su amada Popayán, la ciudad a la cual él adoptó un buen día, lo cogió en esa Semana Santa de 1983, el terremoto. Desde ahí, él sin los apoyos tecnológicos de ahora, con la agilidad que lo caracterizaba para escribir un reportaje o una crónica, cubrió esa terrible noticia y despacho el material para el extra que El País publicó. Era tan versátil que fue hasta enviado especial al Reinado Nacional de la Belleza como Severo Arcángel.

Pero su pluma también nos llegó hasta lo más hondo con sus poemas, con Algarabía, el libro que publicó y en el cual se desbordaron sus sentimientos y sus sentidos: “esta mañana, con la primera presencia a mi lado, descubrí la cara del fantasma de turno; vi a la soledad abrir sus ojos desmesurados. También el recuerdo del viento navegable, nuestros sueños de atardecer, todo lo por vivir”.

Álvaro era bohemio, sibarita, un apasionado por las mujeres, testimonio son la cantidad de amigas, amantes, compañeras y sus  dos hijas. Disfrutaba la vida, la vivió a plenitud. Y la música, desde la Novena Sinfonía hasta un buen son cubano. Que buen bailarín de salsa eran, como le gustaba volarse un martes cualquiera a echar paso.

Duro muy duro, es dar hoy las condolencias a su familia, a Lucas, su compañero inseparable; a Paola, su orgullo y a Isabella, su última alegría, pero también a su familia de Tecnoquímicas, a todo el gremio de poetas de Cali y el país que está de duelo, partió uno de los suyos. Al grupo de Popayán, que siempre lo acompañó en sus tertulias; a todos los colegas periodistas que tenemos un cuento, un recuerdo, una foto o una palabra amable en la memoria.

Comparto con ustedes las palabras de dos amigos entrañables de Álvaro, la poeta Ana Milena Puerta: “Álvaro Burgos fue un hombre que se forjó a sí mismo a imagen y semejanza de sus sueños: decidió ser de Popayán y lo fue, decidió que las palabras y en especial la poesía serían el lugar desde el cual se asomaría al universo y así lo hizo: como columnista, periodista, poeta, presentador de escritores y contertulio de sus amigos a quienes nos abrió con generosidad su casa y su vida. Le quedó pendiente una novela, que comenzó a escribir hace más de diez años, lentamente, para tener el placer de enviarla por capítulos a sus amigos, discutirla y reescribirla hasta hoy. Querido Álvaro: ¡Que los dioses te sean propicios!”.

Y el comunicador y poeta, Fabio Ibarra: “Álvaro y yo construimos a lo largo de 30 años una inquebrantable relación de hermanos. Recordaré siempre la generosidad de su corazón, su desbordante alegría vital y su pasión literaria. Él, oriundo de tierras frías, amaba el mar y el desorden festivo del trópico. Y así era su espíritu: cálido, festivo, luminoso… Con él aprendí cosas fundamentales de la vida y de la profesión periodística. Él publicó mis primeros poemas en las páginas de Gaceta Dominical y afinó mis lecturas. Su presencia seguirá viva en mí con gran amor”.

Una flor en su tumba.

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