Édouard Manet

30 de abril del 2011

Uno de los primeros cuadros con que el público francés por fin se escandalizó con Éouard Manet a mediados de siglo XIX fue Déjeuner sur l’herbe, de 1863, en que dos burgueses bien vestidos y realísticamente dibujados conversan tranquilamente sobre el pasto con una mujer desnuda, en pose casual. No les ofendía tanto que la […]

Édouard Manet

Uno de los primeros cuadros con que el público francés por fin se escandalizó con Éouard Manet a mediados de siglo XIX fue Déjeuner sur l’herbe, de 1863, en que dos burgueses bien vestidos y realísticamente dibujados conversan tranquilamente sobre el pasto con una mujer desnuda, en pose casual. No les ofendía tanto que la mujer estuviera desnuda, pues el arte estaba lleno de ellas, ni que estuviera desnuda en una pose tan informal, pues en el mismísimo Louvre había un cuadro de Tiziano, Concerto campestre, que figuraba una escena similar, en la que Manet no pudo no haberse inspirado, y Tiziano llevaba tres siglos en el Louvre. Tampoco les molestaba que el Manet, a diferencia del Tiziano, representara una escena moderna, con personajes vestidos y sentados como podían estarlo en esa misma época en las riberas del Sena, pues el arte francés de esa época ya llevaba unas buenas décadas dedicada a pintar escenas contemporáneas. Ni el público ni los críticos lograron descifrar bien, al principio, qué era lo que les molestaba tanto. Unos años después, sin embargo, un crítico llamado Homerton, dio en el clavo: “Existen muchos otros cuadros del mismo estilo, de lo cual se infiere que un desnudo, cuando lo pintan personas vulgares, es inevitablemente indecente”.

De manera que lo que encontraban más ofensivo es que el cuadro fuera por algún motivo vulgar, más allá de las figuras que representaba. Manet no se demoraría en ser bastante bien comprendido, y en pasar a formar parte de uno de los movimientos más celebrados en la historia del arte de finales del XIX, el impresionismo, y sin embargo, el hecho de que la primera reacción fuera esa es interesante porque muestra que el público, sin darse cuenta, estaba apreciando, o despreciando, pero notando, la manera de pintar de Manet. Si lo que les molestaba no era el desnudo, ni la época, ni la expresión de los cuerpos, ni en fin, ninguna de las figuras del cuadro, sí era el modo en que estaba pintado. A diferencia de Tiziano, cuyas mujeres desnudas estaban pintadas realísticamente pero con un cierto halo que las hacía etéreas, perfectas, de modo que se entendía que lo que pintaba no era el cuerpo desnudo de la mujer sino su alma desnuda, su desnuda belleza, las mujeres de Manet estaban desnudas y ya. Con sus jorobas y sus gordos y sus posturas poco favorables para la foto, eran mujeres desnudas, simplemente.

En el Manet los cuerpos no tienen esos sutiles claroscuros que insinúan su volumen, ni las yuxtaposiciones cromáticas que insinúan su armonía con el entorno circundante. En el Tiziano la paleta de colores es una sola, y entre el color de la piel de la mujer y el del vestido del músico y el del cielo y el pasto y los árboles hay una clara continuidad, que justifica a la mujer desnuda, porque el color de su piel completa la gama cromática del rojo. En el cuadro de Manet todo es verde oscuro, y el cuerpo de la mujer es una plasta casi blanca puesta en la mitad del cuadro para romper con la armonía de colores circundante y exaltar la impresión real que una mujer desnuda crearía sobre un despistado viandante. Los objetos en el mantel del picnic están pintados realísticamente, y reconocemos un pan, unas cerezas y una botella vacía, y estos objetos, aunque parezcan insignificantes, en realidad ponen el tono prosaico del cuadro. Al pie de las mujeres etéreas de Tiziano jamás encontraríamos una botella vacía tirada al lado de un pan, porque entonces el sentido metafórico se rompería, y nos quedaríamos con una simple mujer desnuda.

Es por eso que cuando las señoras elegantes de París (las tontas, que no eran todas) veían el Tiziano, sentían que eran bellas por analogía, que la belleza de esa mujer ahí representada, al simbolizar la belleza de la mujer en general, las incluía a ellas también. Pero al ver las de Manet no podían evitar sentir, también por analogía, que estaban sencillamente desnudas en la mitad del parque, pesadilla, por lo demás, de cualquier señora tonta que se respete. Entonces se sonrojaban y se indignaban y se inflaban como un pavo y se iban al café a hablar mal de Édouard Manet. Pero con el tiempo lo fueron entendiendo.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO