Karl Marx

Karl Marx

14 de marzo del 2011

Vista por encima, la vida de Marx no fue mucho más original o involucrada en la política de su momento que la de cualquier académico del siglo XIX. Estudió en la universidad de Bonn, primero, y después en la de Berlín, y sólo después de haber escrito las obras que lo habrían de hacer famoso, se involucró activamente con los movimientos comunistas tanto en Alemania como en Gran Bretaña. El largo período en que vivió en Londres, tratando de dar fin a su obra, Marx vivió mal, enfermo y pobre. Su reconocimiento no habría de llegar sino hasta años después de su muerte, en que los primeros levantamientos proletarios europeos habrían de usar sus tesis como estandarte. Después, en 1917, vino la Revolución Bolchevique, y ahí Marx se volvió el personaje que es hoy.

De todas formas, muchos concuerdan en que, tras una mirada más cercana, la labor de Marx no fue exactamente la del académico tradicional. El Capital, su obra más importante, está escrita como un tratado de economía y es, en gran medida un tratado de economía. Sin embargo El Capital tiene algo más, una rigurosidad poco común a los tratados académicos especializados en un campo restringido. A través del análisis económico, el libro ofrece también un panorama de la sociedad occidental completo y exhaustivo, y en ese sentido es también una obra filosófica, pues plantea un sistema de pensamiento capaz de responder incluso a las preguntas filosóficas y sociales del hombre que no están tratadas directamente en sus páginas. De manera que Marx era un economista, pero también era un filósofo en el sentido estricto de la palabra.

Pero se puede ir más allá. Aunque los sucesos que ocasionaros el fin de la Rusia zarista y dieron lugar a la Unión Soviética y eventualmente al socialismo de Stalin, no seguían las predicciones de Marx, y en ese sentido no eran un ejemplo de cómo debía ocurrir la revolución del proletariado, sí hicieron evidente que El Capital, además de ofrecer respuestas teóricas, ofrecía un juego concreto de pasos a seguir, y en ese sentido, además de descriptivo, como suele ser una obra teórica, era prescriptivo, como suele ser un manifiesto político. La conjunción de esas dos características hace del Capital, aunque la analogía sorprenda, una obra equivalente a un texto sagrado, al texto guía de una religión. Nos da una mirada coherente y única del mundo, nos provee de un modelo de vida a seguir, y nos apunta en la dirección de un paraíso: la sociedad sin Estado y sin clases, donde todos los deseos, por lo menos los deseos honestos, del hombre, se cumplirán sin obstaculizarse el uno al otro.

La comparación puede ser llevada aún más lejos, mostrando cómo, con respecto al sistema de ideas vigente en el momento en que apareció el libro, que podríamos llamar la democracia ilustrada, hace de Marx más un hereje que un padre de la Iglesia, en el mismo sentido en que Lutero fue un hereje con respecto a la tradición dominante en su tiempo, el catolicismo. Marx ofreció una visión del mundo mucho más rigurosa que la que la Ilustración había podido ofrecer, y esto explica por qué, aunque El Capital no hable de dioses y redenciones en el sentido tradicional, el hecho de que sí tenga al centro de sus ideas una idea abstracta e inamovible, la famosa estructura, que aunque está en el mundo y no en el más allá, es inabarcable e imposible de alterar directamente, el libro haya sido recibido como un texto sagrado, como una guía incontestable. En esta analogía, Lenin y Stalin vendrían siendo los exégetas posteriores, los Calvinos, los Santo Tomases. Pero no hay motivo para llevar la analogía tan lejos. Marx era un economista, pero también era un filósofo que, debido al estado de cosas de la época en que escribió, fue leído como un santo, y eso debería darnos un buen punto de partida para explicar por qué las cosas salieron como salieron.