Nicolae Ceauşescu

25 de diciembre del 2010

Los años de juventud de Nicolae Ceauşescu, en una Rumania dominada por el fascismo, no fueron fáciles. Su participación en varios sindicatos obreros comunistas y finalmente en el Partido Comunista Rumano le valieron varios períodos en la cárcel, el último de los cuales, sin embargo, escondía al que abría de ser el promotor principal del […]

Nicolae Ceauşescu

Los años de juventud de Nicolae Ceauşescu, en una Rumania dominada por el fascismo, no fueron fáciles. Su participación en varios sindicatos obreros comunistas y finalmente en el Partido Comunista Rumano le valieron varios períodos en la cárcel, el último de los cuales, sin embargo, escondía al que abría de ser el promotor principal del resto de su vida política. Su nombre era Ghoerghe Gheorghiu-Dej, otro comunista encarcelado, pero a diferencia de Ceauşescu, uno que contaba ya con gran reconocimiento y admiración entre la incipiente clase obrera rumana.

Gheorghiu se volvió su protector, y una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, y caída Rumania bajo el dominio soviético, esa protección le valió el rápido ascenso a los niveles más altos de la política del país. Por otra parte, Ceauşescu era hijo de campesinos y había trabajado en las fábricas de Bucarest desde los once años, y eso lo convirtió en una figura pública con la que la mayoría del país podía identificarse.

En 1965, tras la muerte de Gheorghiu-Dej, Ceauşescu ya estaba preparado para tomar las riendas del país, y continuar la obra de su predecesor. Sin embargo, Ceauşescu tenía planes propios, y poco a poco los fue llevando a cabo, con la astucia política necesaria para no alienar ni al país ni a sus verdadero mandamás, la Unión Soviética. Empezó por cambiarle el nombre al país, que pasó a llamarse República Socialista de Rumania, un gesto diseñado para esconder de los rusos las relaciones que empezaba a establecer con los estados del Occidente, Estados Unidos e Israel.

Así es que en 1968, cuando el plan estaba consolidado, dio la sorpresa planeada, oponiéndose a la invasión de Checoslovaquia por parte de los estados miembros del Pacto de Varsovia, firmado por las naciones del bloque oriental como oposición a la OTAN. En principio los rumanos festejaron esa muestra de independencia, pero no previeron que Ceauşescu se había metido en un juego de equilibrios peligroso y difícil de mantener. En efecto, se vio obligado a mostrar al extranjero un país moderno y progresista, para mantener satisfecho a Occidente de su voluntad de cambio, y construir un país opuesto, de un estado socialista a la manera china y coreana, represivo y centralizado, para mantener a los rusos al otro lado de las fronteras. Tal esquizofrenia política, mezclada con un no menos esquizofrénico culto mediático a su personalidad, llevaron a Rumania a un estado de tensión del que sólo se podía salir con una guerra civil.

En efecto, el 1989, sumido por las deudas, presionado por ambos costados, y cansado de casi veinte años de una dictadura socialista en todo el sentido de la palabra, el país estalló en una revolución, sin bandos claros ni objetivos, hecha tanto de estudiantes como obreros y militares, que culminó en un golpe de estado por parte del ejército y la ejecución pública de Ceauşescu y de su esposa en la Plaza de la Revolución en Bucarest. A esto los rumanos aún llaman, con más o menos orgullo, la caída del socialismo en su país.

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