Pierre Athanase Larousse

3 de enero del 2011

La vida de Pierre Larousse fue tan emocionante como a un lexicógrafo del siglo XIX le es dado tener una vida emocionante. Habiendo obtenido una beca para estudiar en la universidad de Versalles, Larousse empezó un intento por supuesto inacabado, pero no por eso menos admirable, de saberlo todo. Estudió paralelamente griego, latín, sánscrito y […]

Pierre Athanase Larousse

La vida de Pierre Larousse fue tan emocionante como a un lexicógrafo del siglo XIX le es dado tener una vida emocionante. Habiendo obtenido una beca para estudiar en la universidad de Versalles, Larousse empezó un intento por supuesto inacabado, pero no por eso menos admirable, de saberlo todo. Estudió paralelamente griego, latín, sánscrito y mandarín, la literatura francesa y la universal, historia, filosofía, mecánica, astronomía y física.

Al cabo de unos años regresó a su natal Toucy a volcar el vasto costal de sus conocimientos ante las caras perplejas de unos inocentes huérfanos en una escuela primaria. La experiencia, como era de esperarse, no fue demasiado satisfactoria para ninguno. Larousse se disculpó diciendo que el sistema de educación era demasiado anticuado, y renunció inmediatamente, habiendo caído en cuenta de que los únicos capaces de lidiar con el vasto container de sus conocimientos eran los libros con las páginas en blanco. Entonces se puso a escribir.

El resultado de ese primer esfuerzo fue El nuevo diccionario de la lengua francesa, en que Larousse depositó todas las palabras que se sabía, lo cual dio para varios volúmenes. Entonces la Santa Inquisición, en el único gesto sensato de su carrera, lo seleccionó inmediatamente para el Índice de libros prohibidos por la Iglesia Católica, bajo el pretexto de que la lectura de tal mamotreto no le dejaba tiempo a los creyentes de leer la Biblia ni mucho menos de ir a misa. El Santo Papa, que contaba con la tranquilidad de haberlo leído todo, y que ya sólo releía esporádicamente un cuento o un poema corto antes de la siesta, no demoró en firmar la petición.

Pero Larousse aún no había empezado siquiera a vaciar la vasta tractomula de sus conocimientos, e ignorando la reacción de la Iglesia se dio a la tarea de escribir el Gran Diccionario Universal del siglo XIX, ancestro monumental del Pequeño Larousse, cuyas veintidós mil setecientas páginas fueron publicadas en fascículos a falta de una cuerda capaz de coserlas todas juntas. Pero esta vez Larousse había vencido a la Santa Inquisición, que no se animó a incluir la obra en el Índice pues corría el peligro de ocuparlo todo y no dejar espacio para obras blasfemas de verdad.

Entonces Larousse siguió ampliando y compilando, página por página, el vasto Himalaya de sus conocimientos en aquellos fascículos coleccionables, hasta el día en que le llegó la muerte, y en que su esposa, después de llorarlo, lo enterró en el cementerio de Montparnasse, bien vestido y con los ojos cerrados, a la manera occidental, y no, por suerte, a la manera chibcha o egipcia, acompañado del vasto mamut de sus obras completas, para eterno agradecimiento de sus futuros vecinos de cementerio.

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