Søren Kierkegaard

4 de mayo del 2011

Con la obra de Kierkegaard ocurre algo muy curioso, que no suele ocurrir con la obra de todos los filósofos, y menos con las de los filósofos del siglo XIX, y es que la forma en que está escrita la obra es tan o más atractiva, y más sugestiva, que las ideas mismas, de lo […]

Søren Kierkegaard

Con la obra de Kierkegaard ocurre algo muy curioso, que no suele ocurrir con la obra de todos los filósofos, y menos con las de los filósofos del siglo XIX, y es que la forma en que está escrita la obra es tan o más atractiva, y más sugestiva, que las ideas mismas, de lo que se deduce que el contenido es a veces, y desde cierto punto de vista, inferior a la forma. En una palabra: la filosofía, vista desde la obra de Kierkegaard, es un género literario. Tal idea, que de seguro indignaría a varios filósofos no verdaderos o demasiado verdaderos, pero en ningún caso poseedores de “toda esa sabiduría de papagayos subidos al árbol de la experiencia banal”, en palabras del mismo Kierkegaard, es decir, filósofos desesperados, es sin embargo compleja, y hay que explicarla.

La palabra escrita consta de forma y contenido, pues a cada palabra le atribuimos un significado y cada palabra es en sí misma un grupo de letras, un objeto con una forma definida. Una concatenación de significados conduce, aunque no siempre, a otros significados, a otros contenidos, pero como cada palabra tiene una forma, su concatenación conduce a otras formas. De lo que se deduce que expresar una idea sin expresar una forma, crear un contenido que lo sea por sí mismo y nada más que por sí mismo, es obviamente imposible, es más, nada hay más imposible. Hacer contenido sin forma es imposible, pero sí es posible hacer forma sin contenido, aunque es más difícil de lo que se cree, porque la forma, en tanto que relativa al lenguaje, que es humano, siempre tiene contenido. Por eso, para expresar una idea se puede usar tanto la significación de las palabras como su forma. Dar prioridad a lo primero es la filosofía, o por lo menos se cree que así es; dar prioridad a lo segundo es cabalmente la literatura.

El estilo de Kierkegaard, es decir el conjunto de escogencias que hace con respecto a la forma de sus textos, está tan bien cuidado como sus ideas, de manera que no sería incorrecto inferir que es un escritor que hace un uso literario del lenguaje, pues en cuidar el estilo consiste exactamente la literatura. Pero, como ya dijimos, no existe el contenido sin forma, y todo escritor, por poca atención que le preste a su estilo, tiene un estilo, así su estilo sea el de no tenerlo. Pero esto de la forma y el contenido es algo muy dialéctico, porque como la forma tiene su propio contenido, escribir sin forma, sin cuidar el estilo, preocupado sólo por el contenido, desatendiendo el estilo, genera nuevos contenidos que esa forma descuidada crea por sí sola, y lo que se pudo haber pensado como un contenido claro y nítido, termina siendo una oscura confusión. Cabalmente: todo contenido tiene forma, y toda forma tiene a su vez otro contenido, de manera que la tarea del escritor, literario o no, es la de controlar ambos contenidos y lograr calibrarlos, cuidando el estilo, de modo que no diga una cosa cuando quiere decir otra, que es cabalmente escribir mal. De modo similar, el afinador de pianos debe afinar cada cuerda, pero también debe afinarlas entre sí, procurando que los armónicos de una no choquen con los de otra y terminar por desafinar el piano en vez de afinarlo, que es lo que se proponía en un principio. El oficio de escribir, en ese sentido, es equivalente al oficio de afinar pianos, y Kierkegaard, en ese sentido, es un perfecto lutier de la escritura. En una palabra: no se puede hablar de las ideas de Kierkegaard sin hablar antes de su estilo, pues correríamos el riesgo de desafinar su filosofía, y como hablar de sus ideas requiere libros enteros, es sensato limitarse a hablar de su estilo, que es cabalmente lo que hemos hecho aquí.

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