Théodore Géricault

26 de enero del 2011

Géricault nació en Rouen, Francia, en donde inició sus estudios de arte, centrados en la obsoleta tradición inglesa de pintar nobles haciendo deporte, uno de los últimos vestigios del decadente neo-clasicismo. Sin embargo, dicha escuela hacía especial énfasis en captar los cuerpos de los nobles y de sus caballos en agitados movimientos, y así Géricault […]

Théodore Géricault

Géricault nació en Rouen, Francia, en donde inició sus estudios de arte, centrados en la obsoleta tradición inglesa de pintar nobles haciendo deporte, uno de los últimos vestigios del decadente neo-clasicismo. Sin embargo, dicha escuela hacía especial énfasis en captar los cuerpos de los nobles y de sus caballos en agitados movimientos, y así Géricault aprendió los secretos de la precisa representación anatómica a la que tanto habría de sacar jugo sólo unos años más tarde. Poco después, Géricault se mudó a París para aprender de los grandes maestros expuestos en el Louvre, a quienes copió incansablemente, no habiendo aún encontrado un tema que lo motivara a pintar un cuadro propio.

Sin embargo, en 1816, un año después de haber sido derrotado Napoleón y reinstaurada la monarquía, llegaron a las costas de Francia, a bordo del Argus, los acabados sobrevivientes de la tragedia de la fragata Medusa, que había naufragado dos semanas antes cerca de las costas de Mauritania. La Medusa había zarpado detrás de la Argus, pero había fracasado al golpear un banco de arena, y de los 400 tripulantes sólo quince sobrevivieron, después de haber pasado dos días sobre una balsa a la deriva, tirando al mar a los que iban muriendo y comiéndose a los que estaban a punto de hacerlo.

Además de una tragedia humana, el incidente resultó un escándalo político una vez se demostró que el naufragio había sido culpa de un capitán inexperto, nombrado por favores políticos por la reciente monarquía, que de ese modo demostraba no tener control alguno sobre la armada.

El episodio inspiró a Géricault, que en menos de dos años había concluido su inmenso lienzo La balsa de la Medusa, que ilustra una escena de los últimos sobrevivientes en la balsa precaria, en una pirámide simbólica que contiene a los muertos en la base y a los vivos, que mantienen la esperanza, en la cúspide. El que se alza más alto está viendo, en el horizonte, la tenue silueta del Argus, que viene a su rescate. El cuadro es de una crudeza sobrecogedora, y aunque causó la sorpresa de varios y el desprecio de otros tantos, a todos dejó boquiabiertos. Porque el cuadro no sólo ofrece una imagen devastadora de esos sobrevivientes en los límites de la cordura y de la resistencia física, sino que es una metáfora de los ideales fracasados de la Revolución francesa, de Napoleón muriendo solo en Santa Helena, de la desesperación humana en general.

Los críticos están de acuerdo en marcar el inicio del período romántico con La balsa, pues además de ser un claro cambio de dirección con respecto a la pintura anterior, es el comienzo de una escuela de romanticismo francés en la que todos los pintores lo habrían de usar como modelo. Sin embargo la enfermedad no permitió a Géricault ilustrar el resto del camino, llevándoselo a la edad de treinta y dos años.

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