Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre

25 de abril del 2011

Cuando Vicente Aleixandre era joven, en el Madrid de los años veinte, los poetas y los dramaturgos, los pintores y los novelistas pululaban en los bares y cafés, en la famosa residencia de estudiantes. Fue una de las décadas más ricas en nuevos y viejos talentos literarios que han tenido España y Europa en toda su historia. Los viejos, los de la llamada generación del 98, aún seguían en su mayoría vivos: don Antonio Machado, don Juan Ramón Jiménez, don Miguel de Unamuno y don Pío Baroja. Pero ya había también una buena cantidad de jóvenes casi todos provenientes de Andalucía, a los que nadie llamaba don pero a los que muchos ya habían empezado a leer en las revistas y pasquines universitarios. El más famoso entre ellos era sin duda Federico García Lorca; el más querido por ellos habría bien podido ser Rafael Alberti, el más respetado, Manuel Altolaguirre, porque era, o parecía ser, un poco mayor a los demás, el más pintoresco era de seguro Gabriel Celaya, con su ridícula boina y su excelente poesía, y el más admirado, incluso tal vez más que García Lorca, era el introvertido Pedro Salinas. Vicente Aleixandre, entre todos ellos, aunque desde el comienzo escribió muy bien, no destacaba mayormente, y junto con Prados y Gerardo Diego, era visto más bien como uno más de esa promisoria camada de poetas.

Pero la generación del 27, aunque no se llamó hasta mucho después, como suele pasar, cuando los críticos literarios decidieron organizar la historia de las letras de modo que pudieran comprenderla, sí era en varios sentidos un grupo de escritores que trabajaban juntos, y aunque nunca escribieron un manifiesto, podrían perfectamente haberlo tenido. Todos fueron aprendices y admiradores de los de la generación pasada, en especial de Machado y Juan Ramón, a quienes visitaron y consultaron regularmente, y con los cuales trabajaron en ediciones y homenajes, y con los cuales pelearon también, en varias ocasiones. Uno de los encuentros más conocidos entre estas generaciones fue a causa de la celebración de los trescientos años de la muerte de Góngora, uno de los poetas más importantes del Siglo de Oro. El siglo XIX lo había relegado a las más olvidadas antologías, y los poetas del 98 no lo apreciaban demasiado. Los del 27, en cambio, lo habían vuelto a descubrir, y planearon un homenaje y una edición conmemorativa para su aniversario, a la que invitaron a Machado, a Unamuno y a Juan Ramón, que no quisieron colaborar. En la disputa que se armó, Aleixandre estaba sin duda del lado de los jóvenes, pero su opinión no dejó rastro alguno, como si no hubiera querido hacer pública su participación.

Cuando estalló la Guerra Civil, los poetas del 27 se volvieron a unir, esta vez sin excepciones, para apoyar la causa republicana. Algunos murieron en el intento, como García Lorca, cuyo asesinato fue sin duda un aliciente para que los demás reforzaran su apoyo a la causa política, y tomaran el camino de la izquierda más adelante, cuando la guerra concluyó. Es por eso que cuando Franco subió victorioso al poder, la gran mayoría de los poetas tuvo que marcharse al exilio. Así lo hicieron Salinas y Juan Ramón, que se fueron a Estados Unidos, Alberti que se fue a París y luego a Buenos Aires, Cernuda, que murió en México. Aleixandre, sin embargo, se quedó en España, movido por un raro impulso nacionalista que sus compañeros no supieron entender. En 1935 Aleixandre había ganado el Premio Nacional de Literatura, que en esa época era muy prestigioso, y que estaba en manos de los poetas simpatizantes con la causa republicana y con la generación del 98. Alberti, Gerardo Diego y Dámaso Alonso ya lo había ganado, y ganarlo, para Aleixandre, fue de algún modo su entrada oficial al club. En 1949, sin embargo, cuando todos los demás estaban pasando los duros años de exilio, Aleixandre ganó el premio Francisco Franco, un premio de connotaciones políticas horrendas, que ya había ganado Camilo José Cela, famoso por haber sobrevivido el régimen franquista trabajando como censor para el gobierno, delatando a sus colegas y a todos los intelectuales de los que se sospechara algún rezago de marxismo. Que Aleixandre aceptara el premio era, para sus antiguos compañeros, una declaración de su cambio de bando, una declaración e guerra. Y sin embargo, la poesía que seguía publicando no mostraba la más mínima señal de esas tendencias. Eso confundió, en ese entonces, a muchos de sus lectores y amigos, y sigue confundiendo hoy a sus críticos. Aleixandre sobrevivió a Franco, y ganó el Premio Nobel, como también lo ganaría Cela diez años después.

Muchos explican esta oscura y contradictoria etapa en la vida de Aleixandre con su homosexualidad, o mejor, con el modo en que él entendía su homosexualidad, que descubrió tempranamente. Según varios amigos, Aleixandre sabía muy bien que la España de la época no era lo suficientemente tolerante para admitir a un poeta, además de izquierdista, homosexual, y mucho menos durante el gobierno de Franco. El dolor que los ataques y las humillaciones en su contra le causarían a su madre y a sus hermanas era algo que él prefería evitarles. Entonces Aleixandre mantuvo en secreto su homosexualidad, y también mantuvo en secreto su estrecha y larga relación con Andrés Acero. En ese orden de ideas, Aleixandre tenía problemas bastante más delicados y personales que su aparente o verdadera simpatía con Franco, e hizo lo que creyó correcto para proteger a su compañero, a su familia y a su poesía.

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