De combatientes a novios: el soldado y la guerrillera que se casaron a escondidas

De combatientes a novios: el soldado y la guerrillera que se casaron a escondidas

3 de Junio del 2015

Cuando se conocieron hacían parte de bandos enemigos. Ella era una guerrillera de las Farc y él era un soldado del Ejército de Colombia.

Meses después él, Armando*, la presentó en casa de sus padres. Su mamá, al conocer el pasado de la nueva novia de su hijo, puso el grito en cielo y desaprobó la relación. La señora esperaba que su hijo militar, orgullo de la familia, tuviera como compañeras a otro tipo de mujeres. La relación suegra – nuera no empezó de la mejor manera. Lea también: ¿Qué tipo de reclusión deberían pagar las Farc?

Carolina* permaneció 20 años en las Farc. Ingresó al grupo a los 12 años. Los guerrilleros la reclutaron en 1987 junto a su hermano de 11 y a su hermana de diez años.

Aunque Carolina estaba cansada en las Farc, no le fue fácil tomar la decisión de fugarse. Tuvo miedo. Sabía que si la encontraban o si los planes salían mal, terminaría muerta tras un autoritario e injusto consejo de guerra. Desde que tuvo la idea de volarse de la guerrilla, hasta el día en que la hizo realidad, pasaron cinco años. Lea también: A lomo de yegua, en nueve horas escapó de la guerrilla.

Los padres de Carolina, aunque felices por tener a su hija mayor de nuevo en la libertad, al saber que estaba de amoríos con un militar mostraron su preocupación y a diario le pedían que se alejara de ese hombre. Desconfiaban de sus intenciones y de las que posiblemente había detrás del extraño noviazgo.

El militar, a diferencia de su hoy amada esposa, tuvo una infancia tranquila. Creció con el amor y el apoyo de su familia. Carolina, por el contrario, a los 12 años cambió una humilde muñeca de trapo por un fusil y las rondas de juegos con sus seis hermanos menores por un fuerte entrenamiento militar que duró aproximadamente seis meses y del que hicieron parte aproximadamente 80 niños y niñas. Tuvo que madurar a la fuerza; defender una ideología que no entendía y, sobre todo, pelear una guerra que no era suya.Lea también: ¿Qué tanto han estudiado los cabecillas de las Farc?

Comenzar la relación fue fácil. Un beso tímido selló el gusto que tenía el uno por el otro. Lo difícil fue mantenerla y defenderla. Las normas con las que él se regía, y aún se rige, se lo prohibían. Las dos familias también.

Los superiores de Armando tampoco veían con buenos ojos el romance. Aunque el ejército nunca pudo comprobar que entre ellos hubiera algo, al poco tiempo de haber empezado el romance, él fue trasladado y a ella la enviaron a la fría Bogotá para que terminara su proceso de desmovilización.

Carolina y Armando se conocieron en 2007, semanas después de que ella llegara a la brigada del ejército a decir que había sido guerrillera durante 20 años. No quería seguirlo siendo y deseaba reintegrarse a la vida civil.

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Carolina y sus hermanos habían llegado al frente 18, comandado por Robinson Jiménez, Arturo Beltrán, Timoleón Jiménez ‘Timochenko’ (actual comandante de las Farc) y Román Ruíz, el cabecilla que fue abatido el pasado 26 de mayo en un bombardeo en Chocó.

Meses después, cuando el 18 se fraccionó y de se crearon los frentes 35 y 37, los tres hermanos fueron separados.

Un año antes de que Carolina se le volara a la guerrilla, el hermano que le seguía en edad, había huido también. De la otra niña, la menor de los tres, quien hoy debe tener 38 años y 28 de ellos en la guerrilla, hace mucho tiempo no se sabe nada. Todos esperan que esté con vida.

La reintegración del hermano de Carolina fue la primera ficha que se ubicó en la mesa para armar el rompecabezas de su vida. El niño que fue arrastrado a las Farc se escapó de la guerrilla en 2006, después de vivir en el monte 19 de sus 30 años.

Él, al igual que su hermana, se desmovilizó en la brigada del ejército de Medellín, (Antioquia). Armando hacía parte de los militares que tenían como trabajo hacer acompañamiento, entrevistar y obtener información de los desmovilizados.

Armando, según su esposa, es un hombre que no cree en enemigos de lucha, sino en circunstancias adversas y, sobre todo, diferentes. Se hizo amigo del desmovilizado que había dejado en el monte a sus dos hermanas.

Un año después Carolina llegó a las puertas de la misma brigada y también fue recibida por el grupo de Armando. Al entrevistarla el militar le dijo: “No entiendo. ¿Una mujer tan bonita como usted cómo hace parte de la guerrilla?” Ella solo supo responder con una leve sonrisa.

Mientras el proceso de desmovilización de Carolina avanzaba los escondidos halagos del militar hacia la exguerrillera también lo hacían.

Aunque ella no creía en los coqueteos, le gustaba sentirse observada por aquel hombre, al que, según ella, lo perseguían las muchachitas, y tenía un par de amoríos fuera del cuartel.

En una de las entrevistas entre él y ella, Carolina le contó su historia de vinculación a las armas. Armando recordó que un año atrás le había hecho acompañamiento a un joven del mismo pueblo y que también había sido reclutado junto a dos de sus hermanas desde niños.

Pareja Guerrillera

Las coincidencias de la vida: era su hermano. Lo ubicaron y después de 20 años volvieron a abrazarse, fue un saludo tan fuerte como el que se dieron el día en que a él se lo llevaron para otro frente guerrillero.

La “verraquera” de la mujer fue una de las características que encantaron al militar, quien un día le dijo: “Lo que necesito es una mujer como así de guerrera y verraca como usted para casarme”, ella, siguiéndole el juego de palabras le dijo, “pues entonces casémonos”, ese fue el sí anticipado a una propuesta matrimonial que formalmente se hizo meses después.

El militar le propuso matrimonio a distancia. Había sido trasladado a una zona roja. Los corazones de los dos estaban enmarañados. Ni la distancia, ni las recomendaciones, ni las amenazas, ni las familias, ni siquiera la posibilidad de perder, uno, su puesto y la otra, su certificado de desmovilizada, los podían separar. Hoy cuentan ocho años de novios y siete de casados.

Llevó más tiempo la entrega del certificado de desmovilización que lo que ella tardó en subirse en un avión para visitarlo en la zona a la que lo habían trasladado. Y ella tardó más en bajarse del avión que ambos en llegar a una iglesia para casarse.

Es un matrimonio muy feliz, con más cosas en común y entendimiento que muchos otros. Se ayudan, se apoyan. Ella es mano derecha de él en cuestiones táctico-operativas de la guerrilla. Hay cosas, como por ejemplo movimientos que ella conoce y él no. Varios perfiles de los más buscados de las Farc se los ha brindado ella en conversaciones de pareja.

Cuando él, quien aún es militar y ha subido de rango desde que la conoció, quiere saber hechos, características o circunstancias específicas sobre los milicianos, al calor de una copa de vino y en medio de miles de carcajadas, ella le cuenta algunas de sus anécdotas vividas en los 20 años dentro de la guerrilla, donde por su antigüedad ejerció labores de importancia para las Farc y para el secretariado.

Desde hace algunos años, después de un par de traslados, viven con su hija en una casa grande ubicada cerca al mar en el Caribe colombiano. Armando trabaja, Carolina estudia, está terminando el bachillerato, quiere hacer una carrera que le permita trabajar en el programa de reintegrados del Gobierno.

Ahora la mamá de Armando adora a Carolina. Aunque ella no pudo volver al pueblo de su infancia, ni a la casa de sus padres, se ve con ellos en otras ciudades del país, ellos también aman al militar de quien desconfiaban tanto. “Las cosas, cuanto más difíciles son más buenas”, dice Carolina.

*Nombres cambiados a petición de las fuentes.