En las entrañas del Teatro Colón

En las entrañas del Teatro Colón

20 de noviembre del 2010

Existe la creencia de que el telón de boca del Teatro Colón de Bogotá fue pintado para el de Buenos Aires, y que por un error terminó aquí en las montañas de Colombia y no en las orillas de la avenida 9 de julio. Pero no es cierto: la boca de 18×19 m del teatro argentino no se cubre con el pequeño bocado de tela de 8,75 x 11,35 m del bogotano.

El Teatro Colón de Bogotá es una de las construcciones más bonitas e importantes del país, pero no deja de ser un teatro menor. Juan Luis Isaza, director de Patrimonio del Ministerio de Cultura, lo dice:

–Por Buenos Aires pasó Enrico Caruso, por aquí Claudia de Colombia.

Por esa incomprensión de las verdaderas dimensiones y estatus del Colón se cometieron los peores crímenes contra el diseño original del arquitecto Pietro Cantini, crímenes que sólo pueden definirse bajo el apelativo de un arribismo rococó con el que las adecuaciones siguientes quisieron mejorar al teatro, sin saber que, en cambio, sólo lograron deteriorarlo.

La escena del teatro en Bogotá tuvo muchas dificultades a inicios del siglo XX. Un hecho geográfico es el más diciente: el Colón está muy lejos del mar, y por tanto los puertos de la costa donde llegaba la utilería y los actores, después de 25 días de viaje desde Europa. Una vez en Colombia, debían remontar el Magdalena desde Honda y subir a lomo de mula hasta el páramo capitalino. Por eso muy pocas compañías de teatro europeas aceptaban semejante aventura.

El Colón nació en un terreno expropiado, a don Bruno Maldonado, quien le ordenó con rabia a sus hijos en el testamento que nunca fueran a recibir el dinero de la expropiación. Aunque se salvó de las hordas del 9 de abril de 1948 que quemaron el edificio vecino, el de la Cancillería de San Carlos, la celebración de la IX Conferencia Panamericana, llevó a hacerle ciertos retoques que fueron fatales: Laureano Gómez, entonces ministro de Relaciones Exteriores, cambió la lámpara original, un armazón de hierro con 32 bombillas en su eje central, por una araña gigante y pesada de cristal de Murano que fracturó el plafond, y que es un verdadero obstáculo visual para el público del “gallinero”, el último piso del teatro. Esas grietas, algunas goteras y la sensibilidad acústica que hace que cualquier aguacero se cuele con su sonido entre la música, han hecho del techo uno de los puntos más débiles del teatro.

El mal gusto también pintó con una capa gruesa de dorado la pintura gris original de los ornamentos; las barandas de los palcos, originales de cuero rojo y rellenas con crin de caballo, han sido tapizadas hasta tres veces con terciopelo rojo, que también se tomó las paredes, tapando un papel tapiz rojo y sobrio que estaba en el diseño original. La silletería se amplió de tal manera que el público quedó tan cerca de los ornamentos laterales que se volvieron el blanco preferido de los mascadores de chicle.

–Yo creo que aquí encontramos pegado el primer chicle que se masticó en Colombia –dice Claudia Rosales Suárez, arquitecta interventora de la obra.

Tanto las sillas como el escenario estaban diseñados para teatros con pendiente, para darle mayor visibilidad. Por eso, los espectadores se sentían sentados como en un deslizadero. La pintura mural del techo del vestíbulo se destruyó por una falla en una restauración anterior. Los balcones del proscenio terminaron violentados por cables, parlantes y luces. Con los años, el dorado invadió como un hongo el color de cada ornamento, el azul y el rosado se tomaron las bases de mármol de algunos de los salones. El Colón llegó a parecerse a un ponqué de quinceañera.

La restauración ha sido quirúrgica e integral: las cañerías y fluido eléctrico fueron renovadas, se reforzaron los cimientos para protegerlo contra sismos, se subió la platea un metro, las sillas serán ergonómicas, con material retardante del fuego y sólo habrá un pasillo periférico. Se suprimió la pendiente al escenario, se insonorizó el techo, el cuero y la crin de caballo regresarán a los pasamanos de los palcos, desaparecerá el peluche y a las paredes regresaran el estuco de blanco y amarillo. El foso de la orquesta contará con unos gatos hidráulicos para moverla, el piso será de mármol, parquet y granadillo y cada uno de los cuatro pisos tendrá baños. La lámpara original velará por la buena vista de los espectadores del gallinero, que ya tendrán sillas cómodas, y el mural del vestíbulo será resucitado por el artista Santiago Cárdenas.

Estaba planeado que el teatro se reinaugurará en noviembre, pero la entrega está aplazada por tiempo indefinido. Además, están pensadas dos fases posteriores: una para modernizar la tramoya y otra de ampliación, que ha sido el verdadero talón de Aquiles del Colón. La restauración emprendida busca regresar a su diseño original con la funcionalidad de un teatro moderno. Su mayor reto consiste en que, cuando los espectadores regresen al teatro, no se note que hubo una restauración.

–Nuestra felicidad será que la gente diga que nos robamos el dinero –concluye Isaza.