El Diario es el Padre, Joaquín Nin Castellanos, padre de Joaquín, Thorvald y Anaïs, casado con Rosa Culmell y después con Maruca; compositor, pianista y musicólogo cubano, que estudió en París donde enseñó en la Schola Cantorum. Es el interlocutor del Diario. Padre inventado, buscado en un viaje a Cuba entre 1922 y 1923 por la niña gris que lo recuperará en cada hombre. “Tú, el primer hombre que me abandonó, el que marcaría mi vida para siempre”. La autora fantaseó con el paraíso de su infancia, porque su infancia no fue feliz. Solo actuando, encubriéndose, podía disfrutar. Se lo confesó desde los once años a su Diario, que fue su droga, su vicio secreto.
Anaïs y su imagen se refractan en múltiples espejos. El primer espejo era de madera blanca. No estaba Anaïs, sino una actriz que interpreta todos los papeles de la historia de Francia. La muchacha de quince años mira con ojos asustados. Su vestido de sarga azul gastada…no le sienta bien. Es muy pobre. Ese mismo día le han dicho en el colegio que tiene dotes de escritora. La alegría que sintió en el primer momento desapareció en cuanto tuvo conciencia del vestido que llevaba. Otro espejo está enmarcado en madera marrón. La chica mira el nuevo vestido que la transfigura. Se pregunta, ¿soy linda? La cara es como una máscara. Nunca es Anaïs Nin. Ante el espejo se descompone en cien personajes. Siempre se interroga.
Anaïs es modelo. Hablé de la pasión de mi padre por la fotografía y que siempre me estaba fotografiando. Le gustaba hacerme fotos cuando me bañaba. Quería que siempre estuviera desnuda…Era adorable, adorable. Cuántas veces, en cuántos sitios, hasta que nos dejó, posé para él y sus fotografías. Eran los únicos momentos que pasábamos juntos. Danesa, francesa, cubana, española, también posó para la revista Live. Posar es fingir, asentarse suavemente, ser objeto de arte.
Desvestirse ante su padre, someterse a su mirada, no le servirá para responder a sus preguntas: las fotos son una réplica de los deseos de él. Se valdrá de otra cámara cuyo lente se dirige hacia adentro, hacia los espejos de la cámara interior, a la transformación producida por la comprensión y el reflejo, de manera que luego pueden emerger y volver a enfrentarse con la verdad desnuda.
La mujer con sus fantasmas, sus dolores más íntimos, develará su propio yo con palabras, a pedazos y con muchas contradicciones, desde 1914 a 1974, con ayuda del psicoanálisis. De ese yo brotará todo, pero tuvo que crearlo urgando desde el fondo. Le asalta una duda a Anaïs Nin: “¿Seré lo suficientemente lista para llegar a ser Mujer y Escritora?
Nin se reencontró con su padre, en Francia, 20 años después de su abandono; se involucraron en una vehemente relación incestuosa. Escribió, “Padre, dame permiso para esparcir nuestra pasión como polvo de luz sobre los lectores, para liberarnos con nuestra escritura, si antes de morir te lavabas las manos era para limpiar la culpa, ¿no será ésta la mejor manera de purgarla?”
Posar desnuda en La Habana de Wendy Guerra, publicada por Alfaguara reconstruye, fabrica, tras una investigación de doce años, el Diario de Anaïs Nin durante su primera instancia en Cuba, alrededor de la época en que se casó con Hugh Guiler. Guerra reúne el Diario que imagina con trozos del Diario de Nin en itálicas. Bello ejercicio de escritura. Cartas con Hugh cuyo dinero le permitió vivir con su otro marido, Rupert Pole. Experiencia desenfrenada con Julián que huele a Cuba, y Cuba huele a su padre. “Julián comprimió la seda u mató una a una todas mis mariposas amordazadas”. “Donde yo esté, estará siempre él, residirá en todos los cuerpos que me abracen. Me hizo la mujer que soy. He sido marcada para siempre”. Flor Loynaz, Wilfrido Lam, la feminista Paulina Luissi deambulan por esas páginas.
¿Anaïs fue bígama, incestuosa, mitómana, adúltera, creativa, talentosa, ninfómana, bisexual, transgresora, enigmática, encantadora?
