Bernardo Jaramillo, mi amigo

7 de abril del 2015

Tanta inteligencia, vitalidad y compromiso reducidos a cenizas por los enemigos de la justicia social.

La noticia dada por la radio  del atentado que se le acababa de hacer a Bernardo Jaramillo,  mi amigo y mi paciente, me dejó petrificado. Eran las horas de la mañana de ese fatídico viernes 23 de marzo de 1990 y yo me encontraba en el barrio de la Candelaria, donde vivía. Mi primera reacción fue trasladarme  al puente aéreo donde decían las noticias que había ocurrido el atentado.

Por solicitud expresa de Marielita Barragán su inseparable compañera, me había pedido el favor  que yo fuera su médico de cabecera. Había muchos temores rondando su vida y él quería tener a su lado en relación a la salud, un médico compañero con quien pudieran conversar sobre tantas preocupaciones que le asaltaban y que incidían directamente sobre su  salud. Para mí era motivo de orgullo, fui a visitarlo en su apartamento donde me había citado para que le realizara un juicioso y pormenorizado examen. Me estaba esperando y sin muchos prolegómenos entramos en materia médica.  Me impresionó su juventud, su desbordante alegría, el brillo intenso de sus ojos y lo tersa y suave que era su piel. Así se lo comenté a Marielita cuando le dije que tenía una piel de bebé rozagante que demostraba muy buena salud. Lo examiné medicamente de la cabeza a los pies y todo funcionaba en perfectas condiciones. Tenía una tensión arterial de un joven adolescente y un  corazón  que latía con fuerza y amplitud. Sus pulmones no tenían nada que envidiarle a un campeón de natación  y todos sus sistemas y órganos funcionaba a las mil maravillas. Terminado el examen médico le comuniqué mi satisfacción  por tener un cuerpo atlético que nos brindaba la seguridad a quienes éramos sus fervientes  seguidores políticos.  A continuación me invitó a pasar a la sala donde nos esperaban su ya nombrada esposa y Álvaro Salazar, un fiel amigo suyo, el cual nunca más volví a ver.

Antes de despedirme me preguntó que me gustaría tomar, como eran casi las 8 de la noche y no acostumbro a tomar café a esas horas por temor al insomnio, me ofreció un whisky, gesto que acepté  y agradecí. El scotch nos distensionó  y comenzamos a charlar sobre los avatares de la política, aproveché para  contarle  que Gloria Amparo  mi esposa, mis hijos Pedro Elías y  Silvia Carolina, eran cerrados seguidores de su causa y  de manera jocosa  le conté : Siempre que vamos para nuestra casa y pasamos bajo la inmensa pancarta de la calle 26 con carrera 3, los niños extienden sus manos  para tomar la suya,  simbólicamente, mientras  repiten al unísono: ¡¡¡ Venga esa mano país!!! Era su  fraternal consigna al alma de la unidad colombiana.

Hablamos de muchos temas y se mostró interesado en  conocer mi experiencia política en las filas del ELN  y en especial como  había sido el proceso de Replanteamiento, le dije: Fue un esfuerzo sincero, valiente y desinteresado por construir entre todas las organizaciones insurreccionales, guerrilleras, un Frente Unido  amplio, que lograra articularse con las organizaciones sociales y que se planteaban la lucha política como herramienta fundamental en la toma del poder,  tal como lo soñó y lo ideó nuestro capellán universitario Camilo Torres Restrepo.  Me manifestó su acuerdo con este planteamiento  y se definió como un demócrata  que buscaba  abrir espacios legales para la lucha política  de los hombres y mujeres  que sueñan con un país con justicia social, se declaraba  como un  hombre  constructor de Paz.

Le manifesté mi preocupación acerca de su seguridad personal y le recomendé extremar cuidados con el cartel de Medellín, que ya se decía estaba tras él. Nuestra conversación se fue tornando cada vez más fraternal, más íntima. Me contó sus temores acerca de un posible atentado y me preguntó cómo había hecho yo para sobrevivir a tantas contradicciones. Le conté de todas las peripecias pasadas, unas críticas, otras muy intimidadoras, riesgosas, paradójicas y hasta graciosas, inclusive le dije: hago todo lo que me recomiendan para la protección, que va desde ponerme los pantaloncillos al revés, hasta acogerme a mis oraciones  y a las que elevan mis seres queridos. Cuando le dije esto, me vino a la memoria  mi último viaje a Ocaña mi tierra natal,  allí mi tía Silvia muy querida y devota de la virgen de Torcoroma, me había dado dos estampas de la virgen para que me protegieran de todo mal y peligro, cuando las saque de mi cartera y se las enseñé me pidió una de ellas que yo le obsequie con mucho cariño y devoción. La guardó en su cartera con fe,  y uno de los recuerdos más lindo que guardo en mi corazón, fue cuando me vi con Marielita en las honras fúnebres y en medio de sollozos me dijo que siempre lo había acompañado la estampa de la virgen que yo le había  regalado.

Con un fuerte abrazo terminó mi primera consulta. Después nos veríamos varias veces, unas por  razones de salud  y otras  en los avatares de la política. Recuerdo que una de esas  se realizó  en la casa del Ex. Presidente Belisario Betancur,  quién ya había entregado la Presidencia a Virgilio Barco, pero seguía interesado en el complejo y difícil proceso de Paz. Quería hablar con Bernardo Jaramillo  y buscó establecer el contacto, en esta oportunidad  a través  Alicia Puyana, si mi memoria no me falla. Yo los acompañé. El Ex. Presidente Betancur nos recibió con su cordialidad ancestral. Recuerdo que en esa reunión lo acompañaba otro dirigente juvenil emblemático, José Antequera, quien murió asesinado  pocos días después en un atentado terrible que involucró entre sus víctimas al Ex. Presidente Samper.  Eran tiempos terribles,  pues la muerte se paseaba con facilidad inaudita por los lugares de la militancia de izquierda. La Unión Patriótica, de la cual Bernardo era su candidato a la Presidencia de la Republica, la  aniquilaban  con sevicia y alevosía.

Con el alma partida por la noticia  del atentado, rápidamente  organicé mi desplazamiento hasta el hospital de la Policía en la avenida del Dorado hacia donde decían las noticias habían trasladado el herido. En el trayecto ya se decía que había fallecido. Como pude logre abrirme paso hasta la entrada a la Clínica, era imposible, habían llegado centenares de personas,  ya la entrada estaba bloqueada. Escuadrones de policía llegaban para proteger la entrada. En medio de ese tumulto de gente vi llegar a lo lejos al máximo dirigente del M-19 Carlos Pizarro Leon-Gomez, quien acababa de firmar los acuerdos de Paz y que sería asesinado días más tarde dentro de un avión de Avianca. En este momento se  confirma  la muerte de Bernardo, yo solo, en medio de esa confusión, impotente y con las lágrimas que rodaban por mis mejillas inicie mi retiro, me  senté en la grama  y lloré la muerte de mi amigo, tal como  lo hago en este momento cuando describo los hechos ocurridos, pensando en esa mentalidad monstruosa de los asesinos que fueron capaces de cegar una vida  ética, llena de  esperanzas, que solo frisaba los 34 años de edad. ¡¡¡Que dolor!!! Tanta inteligencia, vitalidad y compromiso reducidos a cenizas por los enemigos de la justicia social  y de la Paz, que no le permitieron a mi amigo y paciente desarrollar la fuerza de sus planteamientos  y solo nos quedó resonando en nuestros cerebros su fraternal y nunca olvidada consigna: ¡¡¡ Venga esa mano, País!!!

Ex. Embajador  de Colombia en Europa.

Subdirector Comité Permanente Derechos Humanos. CPDH.

Abril 5 de 2015

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