Cartagena la esclavista

13 de agosto del 2018

Nuestra amada Cartagena sigue siendo esclavista. Ahora, de cientos de prostitutas. Qué vergüenza y qué dolor.

Ernesto Andrade

La historia de Cartagena ha estado entrelazada con la palabra esclavitud como quizás ninguna otra en Colombia. Eso parece una historia de un pasado muy lejano, que solo recordamos en los libros y las visitas ocasionales al palacio de la inquisición y otras reliquias del corralito.

Desde hace mucho, caminamos por sus espléndidas calles, cálidas, llenas de sonrisas y colores que siempre inundan el alma de emociones lindas. Se siente un escalofrío cuando se llega a la catedral y en una de sus esquinas posteriores se observa una reja de hierro con múltiples lanzas donde torturaron y mataron a los esclavos que no obedecían.  A veces me pregunto, por qué esas cosas tan tenebrosas no se borraron en las remodelaciones de la ciudad, la respuesta debe ser  que “quien olvida el pasado, está condenado a repetirlo”.

Nuestra amada Cartagena sigue siendo esclavista. Ahora, de cientos de prostitutas. Qué vergüenza y qué dolor. Porque no me vengan con el cuento que las prostitutas están en ese desagradable oficio por voluntad propia. En una sociedad incluyente y abundante de educación y oportunidades, ese número, de seguro, se reduciría sustancialmente. Esclavas de la necesidad de subsistir y esclavas de la sociedad que la presiona a que sean “lindas” para complacencias sexuales, pasean a diario en una chalupa llamada “yate” a Cholón.  Hay tantas en Cholón, que da miedo meterse al mar no va y sea se le prenda a uno alguna cosa.

Pero es que los tentáculos de los proxenetas navegan en el infierno. Drogas e inclusión de niñas (y niños) para ser utilizados por la depravación de algunos. Eso es algo que no tiene palabra para describir lo que siento. Solo provoca náuseas, ganas de llorar y de ajusticiar. El daño a estos pequeños seres humanos será imposible de reparar. Los lindos sentimientos que tengo por Cartagena se nublan por una nube negra que me agudiza la mirada

Creo que voy a ir a un psiquiatra a que me ayude a apartar de mi mente los muy oscuros sentimientos que me embriagan cuando pienso en esos proxenetas (o Madame) y en los depravados compradores de niñas. Y entonces mi memoria me lleva de nuevo a la reja de la catedral… ¿será que sigue allí para que arrojemos, ya no a los esclavos, sino a estos criminales?,  A mi ganas me sobran. ¿Quién me ayuda?

Sor Juana Inés De la Cruz bien nos dejó una enseñanza de obligatoria lectura en su opípara obra “hombres necios”:  no solo peca quien peca por la paga, sino quien paga por la peca. Le faltó excluir a las niñas. ¿Cómo se puede pecar cuando eres un inocente niño a merced de un criminal?

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