La cuestión de la eutanasia sacude nuevamente a Francia lanzando una viva discusión que reclama un marco legal sólido, en donde sin temores, fanatismos ni arbitrariedades pueda ser ejercida. La posibilidad legal y sin tapujos de implementar la aspiración humana de tener una muerte digna, de finalizar la vida cuando esta deja de serlo realmente, porque el ser humano ha quedado reducido al estado vegetal o condenado a un compendio de dolores extremos sin posibilidad alguna de cura.
El francés Vincent Lambert sufrió un accidente que lo sometió al estado vegetativo sin ninguna posibilidad de recuperar su normalidad vital. Durante diez años su familia, y a expensas de su total letargo, se trabó en discusiones personales y ante tribunales de justicia para, los unos, perdurar su “vida” en estado vegetativo irreversible a través de intubación y conexión a máquinas alimentadoras, respiradoras y palpitadoras; y los otros clamando por una desconexión del paciente y así cesar ese simulacro de vida a la que estaba siendo sometido. Esta semana un alto tribunal, después de numerosos fallos legales, se pronunció en favor de esta última posibilidad, y permitió que Lambert fuese arrancado de los aparatos que lo mantenían artificialmente respirando y así descansase en paz.
A raíz de este “affaire” que se convierte en símbolo de urgente necesidad de legislación en Francia y en el mundo, he decidido retomar apartes de un artículo publicado por primera vez en este espacio periodístico en el año 2013, por considerarlo de actualidad y de necesidad de debate también en nuestro país.
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Cómo desdeñar la tristeza y dolor que embarga a los enfermos terminales que en la antesala de muerte se entregan a tremendos estertores, aullando conscientes una desgracia que transmiten a su entorno, quien impotente no sabe aplacarles tan horrendos sufrimientos, y que como recurso consolatorio acude a la superstición religiosa para calmar los suplicios que ningún analgésico inventado ya logra menguarles.
Evoco a un conocido cuyo incurable cáncer detectado hace varios años le conduce a un patíbulo cada día más visible, pero que en virtud del dolor le parece lejano, se retuerce de insoportable dolencia, de normal impaciencia y de infamia ante su irreversible degradación física y moral. “Qué dios se acuerde de mí”, musita con frecuencia, es su única esperanza; su familia y contexto cercano calla pensando exactamente lo mismo, rumiando con amor y estoicismo tal desenlace como solución única y final a este monstruoso e injusto padecimiento. Y, claro, pienso también en mí, cuando la inexorabilidad del tiempo pueda marcarme ese mismo derrotero.
- La palabra eutanasia tiene su etimología en el griego: eu (‘bueno’) y thanatos (‘muerte’).
- “La eutanasia es la acción o inacción hecha para evitar sufrimientos a personas próximas a su muerte, acelerando este insalvable proceso para evitar la crueldad del dolor”.
- “La eutanasia tiene por finalidad evitar sufrimientos insoportables o la prolongación artificial de la vida de un enfermo.”
- “Más perniciosa práctica es el ´ensañamiento terapéutico´, mediante la cual se procura posponer el momento de la muerte recurriendo a cualquier medio artificial, pese a que haya certeza de que no hay opción alguna de recuperar la salud, con el fin de prolongar la vida del enfermo a toda costa, llegando a la muerte en condiciones inhumanas. Normalmente se hace según los deseos de otros (familiares, médicos) y no según el verdadero bien e interés del paciente”.
