El Festival Vallenato: estrategia para un caso de éxito

4 de mayo del 2011

Escalona era un provinciano singular, como García Márquez, por eso ambos reconocieron en vida su genio al otro. Alfonso López Michelsen fue la fuente de ideas y controversia más prolífica de la vida colombiana desde el segundo tercio del siglo XX hasta su muerte. Junto a ellos Consuelo Araújo Noguera pudo ser ese ciclón cultural que le diera a Colombia la noción musical de lo que ella llamó “la vallenatía” que no es más que la idiosincrasia y cultura de las gentes de la Provincia de Padilla, e hizo que la capital de ese torrente cultural que Colombia empezó a llamar “el vallenato” fuera Valledupar. Entre los tres trazaron un plan, diseñaron una estrategia, y montaron una puesta en escena cuyos frutos, hoy resulta imposible no ver; todo a partir de la música y para eso fundaron el Festival de la Leyenda Vallenata.

Consuelo apoyada por el prestigio político de López y la figura de Escalona como símbolo del folclor, entendió que un país aristocrático de élites centrales y regionales, solo iba a aceptar cualquier manifestación cultural si en vez de tratar de penetrar Bogotá y las grandes capitales, más bien esas élites se enamoraban de Valledupar y el vallenato, estando en Valledupar alrededor de una parranda de cuatro días, que más que un concurso era una especie de aquelarre de iniciados en los que se buscaba descifrar unos códigos culturales nuevos, que Consuelo y su grupo supo “vender” creando una mística vernácula inédita hasta entonces ante cualquier manifestación de cultura popular.

Fue así como Fabio Lozano Simonelli, Jaime García Parra, Pacho Herrera y muchos otros personajes bogotanos empezaron a tararear “La gota fría” y tratar de decodificar “La Diosa coronada” de Leandro Díaz. La Parranda era un nuevo ritual, novedoso y mágico, en el que se gozaba sin pausa,  y para iniciarse había que peregrinar a Valledupar, la nueva Mecca fundada de esa lúdica orden de caballeros del vallenato de los que el gran maestre era López, y que súbitamente fue apalancada por una novela magistral que puso la literatura colombiana en el mapa mundial: Cien Años de Soledad. Cuando semejante suceso literario fue sintetizado por su autor como “un vallenato de 350 páginas”, allí estalló el vallenato.

Para entender la estrategia de los fundadores, hay que pensar que a mediados de los sesenta, oír un vallenato en Bogotá, Cali o Medellín no solo era impensable sino que era casi una afrenta; se consideraba vulgar y sus estribillos y acordes se oían estridentes y repelentes, pero además casi nadie sabía qué era ni donde quedaba Valledupar, si era Guajira o Magdalena ni que clima tenía o si aterrizaban aviones. De modo que para contrarrestarlo, en la casa de Hernando Molina -y de su bolsillo- frente a la Plaza Alfonso López se montó, oficialmente, a partir del 68 la misma parranda monumental de años antes, pero en cuatro días, con concurso y rey coronado, donde intelectuales políticos y periodistas se fundían con juglares como Alejandro Durán, Moralitos, Emiliano Zuleta, y toda una pléyade interminable de sencillos poetas que hacían de su humildad e ingenio una suerte de novedosa virtud que cautivó a los visitantes y los enamoró para siempre de la tórrida capital del naciente departamento del Cesar que gobernaba “Alfonsito”.

En 1986 el vallenato ya era el rótulo identificador de los aires del norte de Colombia, pero sobretodo ya era la música popular de la nación por excelencia y Valledupar con su festival, el Alma Mater donde se consagraban los maestros; por eso todas las personas involucradas en la organización de los festivales hasta entonces, decidieron darle vida a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata. Según acta del 25 de abril del 86, que firmaron López Michelsen, Escalona, Consuelo, Hernando Molina y todo el grupo numeroso de quienes habían inventado el festival; la nueva entidad sin ánimo de lucro sería la persona jurídica que materializara el esfuerzo colectivo del puñado de soñadores que para entonces habían concretado su anhelo. Desde entonces “la fundación” con López como Presidente vitalicio y  Consuelo como piloto, sacó adelante todos los festivales  hasta cuando Andrés Pastrana la nombra Ministra de Cultura, precisamente como un reconocimiento a su labor de 32 años delineando la arquitectura de la manifestación folclórica más exitosa de la nación.

No obstante, desde antes de ser ministra “la Cacica” entendía que el multitudinario certamen precisaba una sede suficiente para albergar la apoteosis anual que ya no cabía en la plaza de Valledupar. Celebrar un evento al que asistían ya más de 15 mil personas diarias, en un parque sin baños, sin rutas de evacuación, sin condiciones de seguridad logística, se había vuelto un dolor de cabeza para autoridades y directivos de la Fundación, por eso, en 1998, con el dinero ahorrado a lo largo de los años la fundación adquirió un lote de terreno en las afueras de la ciudad, que Consuelo personalmente compró a su amigo Diomedes Daza. El lote de la Fundación empezó a llamarse el “parque de la leyenda” y la Cacica se dispuso a imaginar su Disney World del vallenato, con museo, hoteles, auditorio, laguna y múltiples atracciones entre las cuales estaría la tarima “Francisco el Hombre” y todas las facilidades de las que adolecía la plaza.

Pero otro soñador, el entonces alcalde Rodolfo Campo Soto, tenía sus propios planes, Campo Soto tenía en mente un lote de la alcaldía entre la rivera del rio Guatapurí y el cerrito de Cicolac, para hacer lo que llamaba con entusiasmo “el vallenatódromo”. El Alcalde hizo una convocatoria pública y el prestigioso arquitecto vallenato Santander Beleño ganó el concurso para diseñar el escenario que hoy conocemos. Cuando los dos dirigentes confrontaron sus proyectos se dieron cuenta que debía volverse uno solo. Y así se hizo. Pero los períodos de alcalde y gobernador se extinguieron antes de concretarlo y al no contar ya con Campo Soto invitaron al nuevo gobernador Mauricio Pimiento a vincularse, para materializarlo se aliaron alcaldía, gobernación y Fundación; primero se decidió que la Fundación donaría su tierra a la gobernación y ésta se la daría a la alcaldía para hacer lo que hoy es el Gran Colegio Loperena y parte del populoso barrio “La Nevada”, a cambio la Alcaldía entregaría a la fundación el terreno del “vallenatódromo” a orillas del rio Guatapurí, para que la fundación, con ayuda económica de gobernación, nación y recursos propios construyera el parque temático que sería la nueva sede del festival. El proceso rebasó varios periodos de alcaldía y gobernación, pero finalmente se llevó a cabo y  la Cacica pudo, antes de su muerte a manos de la guerrilla, concretar el anhelo de poner las primeras piedras de la construcción que hoy es el mejor escenario artístico de Colombia.

La Fundación ha hecho desde entonces ocho festivales en la nueva sede; Consuelo fue sucedida por Cecilia “la polla” Monsalvo, su mano derecha de décadas y compañera de secuestro, quien luego por razones coyunturales de salud, renunció. La reemplazo Rodolfo Molina Araújo el tercero de los hijos de la Cacica, quien ha debido sacar adelante seis muy exitosos años de festival, pero también encarar los virulentos ataques políticos injustamente vertidos sobre una entidad cuyo esquema y funcionamiento ha sido modelo a nivel nacional, pero que además realiza un festival al que concurren 100 mil personas en cuatro días, y que genera 4.800 empleos directos, moviendo 20 mil millones de pesos durante su ocurrencia, sin contar la hotelería de casas que alojan parte de los 25.000 turistas que llegan y que ya es una industria derivada del festival. Este es, cada año, un suceso económico que el 96 por ciento de los habitantes considera positivo y aguarda con ilusión, y que solo recibe un lánguido aporte estatal equivalente a menos del 6 por ciento de su costo total.

En un país que otorga más presupuesto a la compra de un avión de combate que a todo el Ministerio de Cultura, pero que simultáneamente es sostenible en el concierto mundial sobretodo gracias a su identidad cultural, el caso de éxito más rotundo de los últimos 50 años es sin duda el Festival Vallenato. En proporción al PIB de la ciudad, en proporción a sus habitantes, y en términos absolutos frente al afianzamiento que logró este folclor como símbolo musical de la nacionalidad, cuyo motor innegable ha sido esta organización que antes era un puñado de soñadores y ahora es la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata.

El Procurador General, mal influenciado, ordenó interponer una acción popular para que se desposea a la Fundación y se entregue el magnífico escenario a la Alcaldía. Hay un fallo judicial pendiente que librará la suerte futura del festival vallenato. Un fallo que se ha buscado mucho influenciar con titulares de prensa. Ojalá ese fallo se sustente en la legalidad pero también en la honestidad que muestra la verdad histórica; a la luz de las nuevas jurisprudencias y el “nuevo derecho” todo cabe. Sin embargo, pasar el Parque de la Leyenda al sector público, politizaría el festival, y ya sabemos cómo se maneja -tristemente- el sector público en nuestra patria.

Por otra parte, desligar a López, a Consuelo, Escalona, la Polla, Gustavo Gutiérrez, Lalo Montero, Rafael Rivas Posada y tantos otros de lo que fue y es el festival, bajo la taquillera arenga de que “es el feudo de una familia que se lo quiere robar” es tanto como desconocer que esta es una organización de más de cien miembros donde simplemente lo que no funcione puede ser relevado o sustituido. Pero resulta aún más triste que sea un vallenato querido, de raigambre patillalera, con reconocimiento y lustre, quien haya emprendido por razones emocionales la causa destructiva de encontrar ilegal lo que él sabe a ciencia cierta que su amiga afectísima Consuelo Araújo compró y pago correctamente ¡a su hermano Diomedes Daza!

Románticamente, como solemos meditar los vallenatos, creo en mi corazón que el doctor Evelio Daza tiene la obligación histórica de ser el más excelso testigo en la causa de no enlodar el nombre de la Cacica. Acusarla post mortem de haber dado un raponazo a la ciudad que tanto amó no puede ser obra de quien fue el amigo cercano a quien ella prodigara tanto afecto. Consuelo le respetó hasta el último suspiro… ¿Acaso no sería más fácil que “Daza” fuera guardián de esa heredad, en vez del promover la destrucción de lo que ha costado tanto amor y esfuerzo edificar?

Una forma es vincularse a la fundación y desde allí prestar su concurso en positivo. “¡Construir Daza!” (diría ella) Y sí. Construir… No destruir el mayor legado de las generaciones contemporáneas a éste Valledupar de ensueño que ha crecido al abrigo del festival.

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