El Nobel de Paz debe ser para Enrique Santos Calderón

1 de octubre del 2016

Él daba credibilidad a las FARC por demócrata y por su vocación social en el enfoque político.

Una de las descalificaciones de los resistentes a los acuerdos con las FARC, o de los detractores del presidente Juan Manuel Santos en este proceso de paz, consiste en señalarlo como rebuscador del Premio Nobel de la Paz. Acusación rimbombante y espectacularista que deja ver que desde las mentes calenturientas se elaboran peregrinas especulaciones para encontrar un interés mezquino o egocéntrico con el único objetivo de  empequeñecer al máximo los propósitos de Santos, que por más que se quiera nunca se lograrán desconocer. Al margen de que sus intenciones no se hayan originado en una vocación auténticamente democrática o de que el altruismo no haya sido precisamente su principal característica, es por lo menos sano observar que algún grado de nobleza debió surgir en el presidente para decidirse a embarcarse en tamaña osadía de intentar firmar un acuerdo de paz con la guerrilla más antigua de Latinoamérica.

Peor se descachan algunos opositores extremos del gobierno cuando han llegado incluso a sugerir en las redes y con montajes virales que Juan Manuel Santos es un comunista de marras que ha estado camuflado por años en el establecimiento. Y aquí hay que decir, como vulgarmente se dice, que a la oposición uribista y filoderechista le ha salido el tiro por la culata. Cuanto más acusan de castrochavista a Santos más le han lavado su imagen derechista. Cuanto más lo quieren mostrar como un agente camuflado del Socialismo del Siglo XXI más lo han logrado ascender a la categoría de un demócrata en el siglo XXI. El presidente Santos, que se habia destacado a lo largo de su vida por ser lo más oligárquico y proburgués que existiera en los aristocráticos mundos de la clase dominante tradicional colombiana, le apostó a la paz y le pegó al tablero. Y no es un descubrimiento que lo haya hecho casi en contra de su propia esencia.

Nadie que conozca la vida, obra y milagros de Juan Manuel Santos podría aceptar esas estridentes hipótesis que lo colocan como un mamerto clandestino, emanadas de posturas fanáticas que no aceptan que el presidente se le haya volteado de frente al expresidente Alvaro Uribe. Como dicen las señoras, gracias a Dios que lo traicionó, porque por eso hoy podemos ver la luz al final del túnel. Pero Santos llegó a esta apuesta aupado por su hermano Enrique, quien fue el que le vendió la idea de que era preferible traicionar a Uribe antes que traicionar la actual coyuntura histórica de Colombia. Y solo un romántico como Enrique Santos Calderón habría imagiando poder influir en su hermano presidente con una postura tan “loca” como la de no insistir en la guerra para insistir en buscar la paz cuando ya daba por hecho que la batalla final era sin cuartel. Solo a un pacifista, ese si de marras, se le habría ocurrido que las paz era ahora o nunca, contra los pronósticos de que Juan Manuel y su legado uribista iba a apretar el modelo de “Seguridad Democratica” para apostarle a la política de tierra arrasada.

Fue Enrique Santos el que convenció al presidente de jugársela por la paz. Y no por comunista como creen los estigmatizadores de turno, sino incluso, y si se quiere, por anticomunista, en el sentido de antitotalitarista, anti partido único y anti culto a la personalidad. Y los que lo conocen de cerca saben que lo hizo por pacifista, por demócrata, por izquierdista no extremo, o por socialdemócrata. Inclusive por socialbacano. Enrique Santos Calderón es a todas luces el autor intelectual de este acuerdo con las FARC. Pero no lo hizo por simpatías hacia las FARC, ni porque creyera que las guerrillas eran una fuerza beligerante, o porque considerara que solo eran unos idealistas equivocados. Lo hizo desde la perspectiva de ahorrar vidas, de economizar guerra y de superar el antagonismo armado que ya se había ensayado hasta la saciedad por ambos bandos, sin resultados beneficiosos para ninguna de las partes.

Y a pesar de que conocía como el que más el grado de descomposición de las FARC y del ELN, sabía desde una estatura magnánima que aunque las guerrillas no se merecieran el estatus político y que a pesar de que hubieran caído en lo más bajo de su degradación humana, debían ser tratadas como delincuentes políticos so pena de que la criminalización per se eternizara la guerra. Fue el primero que supo que había que tragarse el principal sapo, el del estatus de beligerancia. Fue su vocación pacifista y su experiencia política las que lo llevaron a pensar que por el camino que se iba no se derrotaba a la guerrilla. Y que las FARC tampoco se tomarían jamás el poder, pero sí desangrarían hasta la saciedad el territorio colombiano. Fueron varias las columnas en las que el periodista dejaba claro que no compartía los métodos de lucha ni la ideología de la guerrilla. Fueron innumerables las expresiones que se le sintieron en las que lamentaba el grado de lumpenización en que habían caido las FARC. Y muchas las charlas que tuvo con exintegrantes de movimientos guerrilleros para tratar de entender esa dinámica diabólica de la degeneración de la guerra, de la depredación de los valores místicos revolucionarios y de la decadencia de las organizaciones guerrilleras.

Quienes conocen de cerca a Enrique Santos Calderón saben que es un burgués que se distingue de muchos de su clase porque tiene un talante solidario, porque quizás en toda su familia es el único que salió con una real vocación democrática, entendida más allá de la retórica tradicional. Enrique Santos fue de los fundadores concientes de la revista Alternativa, que para nadie es un secreto que fue parte gestora e indirecta del M19. Coincidían tanto Alternativa como el M19 en que eran el resultado de una generación intelectual y revolucionaria defraudada que no creía ya ni en las FARC, ni en el ELN, ni en el EPL. Eran parte de ese puñado de exmamertos, exelenos y exextremistas que buscaban una salida democrática, diferente a lo que se conocía como democracia burguesa, pero concientes de que ya no cohonestaban con dictaduras del proletariado, ni con estados comunistas totalitarios, ni mucho menos con los tanques soviéticos invadiendo países a nombre del socialismo. Fue de los pocos de Alternativa que no estuvo en el M19 porque ya no confiaba en la lucha armada, ni en la violencia como partera de la historia.

El columnista de Contraescape siempre quizo impulsar una salida democrática y no violenta pero con perspectivas de izquierda. Pero no de esa izquierda mamerta que se quedó en el discurso cantaletero de los setenta, antiyanqui y con consignas trasnochadas, sino que pertence a ese estirpe izquierdosa que ve con buenos ojos a un Pepe Mujica pero que se distancia por completo de un Hugo Chavez. Por supuesto que no le apuesta ni un céntimo a personajes como Nicolás Maduro o Daniel Ortega. Y si se pudiera tratar de ubicar a Enrique Santos a nivel de personalidades en el mundo de seguro es más fácil encontrarlo alineado con Nelson Mandela o con Lech Walesa que con Fidel Castro. Es un pacifista neto, un demócrata nato y un socialbacano, de esos a los que le queda difícil descrestarse con el populismo o con salidas radicalistas para buscar un mundo mejor.

El sabía que su hermano Juan Manuel quiso siempre ser presidente pero tenía claro que pensaba muy distinto, que se identificaba mas con Tony Blair que con cualquier demócrata moderno. Y por eso cuando quedó presidente sintió que debía renunciar a la dirección de El Tiempo por motivos éticos periodísticos. No creyó que pudiera hacer algo que lo enorgulleciera ya que su hermano pertenecía más al centro derecha y su alineación era explícita con el pensamiento burgués tradicional. En cambio, Enrique sabía a ciencia cierta que si él no se ubicaba más en el centro izquierda era precisamente porque no compartía las prácticas y teorías de los comunistas y de los extremoizquierditas que cada vez más se tomaban los escenarios de la centroizquierda o de la izquierda democrática.

Hasta ahora no nos han contado aún los intríngulis de las negociaciones, ni el papel que cumplió Enrique Santos, pero para cualquier entendido su participación fue mucho más que crucial. Por un lado él daba credibilidad a las FARC por demócrata y por su vocación social en el enfoque político. Había sido incluso parte de los negociadores de paz en la época de Belisario Betancourt. Mientras que Juan Manuel no le daba credibilidad ni a la izquierda ni a la derecha, y menos cuando decidió aceptar el consejo de su hermano de apostarle a la paz. Por ahora no se conoce pero se sabe que habrá mucha anécdota por contar, el día que el palo esté para cucharas, en donde la sola comprensión del lenguaje de la guerrilla debió ser determinante para desempantanar conversaciones. Y aunque aquí hubo muchos más voluntarios y mediadores que se la jugaron, es claro que la voluntad de Enrique Santos estaba por encima del bien y del mal, que no tenía doble agenda y que su protagonismo fue antiprotagónico.

Un urra por el papel desinteresado, sin aspiraciones futuras, sin intereses políticos y sin afanes mediáticos de Enrique Santos Calderón, quien tras bambalinas, logró lo impensable: No el fin de la guerra, sino el comienzo de la paz. Ahora le corresponde al propio Juan Manuel Santos contar la verdadera historia y ser el principal promotor para que se haga justicia. Si se engrandece el presidente Santos lograría contarle al mundo y a los suecos que el artífice de La Paz en Colombia tiene su propio apellido y que sin su mediación habría sido imposible llegar a este acuerdo final con las FARC.

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