"El odio por los violadores me sale de la matriz": Gilma Jiménez

- Me amaron y amé. No fui ni fea ni despreciada. Muy joven tuve una unión libre que no funcionó porque “no es fácil vivir con una pantera”. Estoy feliz de haber vivido como lo he hecho.

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- Me amaron y amé. No fui ni fea ni despreciada. Muy joven tuve una unión libre que no funcionó porque “no es fácil vivir con una pantera”. Estoy feliz de haber vivido como lo he hecho. Me lo dijo Gilma Jiménez, un día que estuvimos hablando sobre la vida, la política, los hijos y el país. Se rió a carcajadas cuando comenté que la veía capaz de matar a un violador, con sus propias manos y que lo haría por estrangulación. La verdad, dice, es que de vainas no he mandado a quebrar a un violador. “El odio que siento por los violadores es resultado de una profunda convicción. Me sale de la matriz”. Sus dedos huesudos (leyó ella en voz alta mi texto, sonriendo) se hundirían sin piedad en el pescuezo de la víctima. No pararía hasta hacerle saltar los ojos de sus órbitas. Y después le escupiría la última colilla de cigarrillo que tuviera en la boca, porque en ningún momento –ni en este de sevicia y horror- dejaría de disfrutar su mayor vicio. Gilma Jiménez, lamentablemente falleció el anterior fin de semana, era una mujer pasional, sin grises. Salsera, de la clásica. Optimista, tropelera. Seguidora de los temas relacionados con las mafias sicilianas, por el peso que tiene la palabra. Hincha del Santa Fe. Coleccionista de revistas de chismes y ¡experta en la realeza inglesa!. Dos hijas: Bibiana y Johana. – Mejor no haber tenido hijos hombres. Hubiera criado tipos terribles, machistas, obligados a nunca llorar. Abuela de Diego, “un bacán, nos caemos bien”. Todo giraba alrededor de su familia. Estaba pendiente de todos. Más peñalosista que Enrique Peñalosa. Se declaraba “la reina de Suba”, donde tenía su fuerte electoral. Enamorada de la política: - Usted puede rehabilitar a un alcohólico o a un drogadicto, pero nunca a un político. A ese es imposible quitarle el vicio. En su condición de Directora de Bienestar Social del Distrito, en la alcaldía de Peñalosa, abanderó el desalojo de cientos de personajes que habitaban la llamada zona de El Cartucho. Y se metió con drogadictos, hombres y mujeres de la calle, prostitutas, mendigos y ladrones. Su lenguaje –para algunos “gaminesco”- facilitó los diálogos, en procura de mejorar la ciudad. Como estudiante, hizo el curso de bolillazo en las protestas contra el gobierno de Turbay Ayala y su Ministro Durán Dussán. Pero terminó acompañando la campaña de Virgilio Barco (por necesidad) y se tropezó con Julio César Sánchez, quien le dio las primeras oportunidades burocráticas. Y un consejo: “milite en algo, ubíquese en algo…”. Como Gobernador de Cundinamarca, Sánchez la nombró primero en cargos menores y después la puso a reemplazar a Peñalosa, su jefe de planeación. Fue su amor eterno en política. -Entré a su oficina y lo encontré parado en la cabeza. Me habló desde esa posición, con naturalidad, del banco de tierras, de la ciudad suburbana, la vivienda y otras cosas de las cuales nadie hablaba. Se aburrió en el Congreso porque la institución no resulta efectiva en las soluciones. -Me gustaría ser alcaldesa de Bogotá. Y antes directora del DAS, para estar persiguiendo hampones, sobre todo los que se meten con los niños. Esos merecen los peores castigos. La senadora Gilma Jiménez logró durante nueve  meses que la gravedad de su enfermedad (inicialmente un cáncer) no se propalara en los medios, para evitar –me dijo Johana, su hija- que el asunto se convierta en espectáculo. Y, principalmente, para evitarle un dolor a su madre que a sus 85 años la sobrevive. Paz en su tumba. @ARTUNDUAGA_  
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