El uso de la palabra cliente en medicina

27 de abril del 2011

Durante las vacaciones de Pascua muchos nos dedicamos a pensar, meditar, filosofar.  Algunas de las ideas que se nos ocurren se refieren a nuestra vida personal, otras pueden ser útiles a nuestros conciudadanos.  Compartiré con ustedes un tema al que he dado vueltas en mi cabeza en estos días cercanos al 23 de abril, Día del Idioma.  Se refiere al uso médico de ciertas palabras: organismo y enfermo, individuo y paciente, persona y cliente.

Muchos profesionales de la salud y pacientes se irritan ante el uso de la palabra cliente en medicina.  Este término parece subrayar la comercialización de la atención médica.  Pero quizás haya otros matices en esa palabra que permitirían hoy un uso desprejuiciado de ella en el viejo oficio de la medicina.

Hay que discutir y precisar las palabras que usamos en el campo de la salud pues corremos el peligro de que ellas, las palabras por sí solas, determinen el pensamiento y la conducta médica.  En febrero de este año se publica en Scientific American un artículo cuyo título resume bien el problema, “Cómo el lenguaje da forma al pensamiento”.  Entonces pensemos un poquito en las palabras que usamos en medicina antes de que ellas nos tiranicen.

Organismo es simplemente un sistema de órganos.  Cuando se hacen las primeras autopsias en Alejandría en el período helenístico se descubre que muchas enfermedades cursan con un daño físico y concreto en los órganos.  Las enfermedades pasan de considerarse meros desequilibrios sistémicos a verse como patologías particulares: hígados duros y amarillos (cirrosis), pulmones blandos y purulentos (neumonía), cerebros hemorrágicos (derrame cerebral) y así otras.  Desde ese momento empezamos a decir estoy enfermo de los pulmones, de los riñones, del hígado, etc.

Siglos después vemos cambios microscópicos en las células.  En los últimos cien años descendemos más en la escala de análisis y pensamos las enfermedades desde una perspectiva biomolecular.  Y hemos desintegrado tanto al organismo que perdemos al individuo quien, como su nombre lo indica, no debe ser dividido.  Podríamos decir parafraseando a Neruda: ¿enfermedad sobre enfermedad, célula sobre célula, molécula sobre molécula, dónde está el hombre?

Pues el individuo humano íntegro es el que sufre.  De la raíz griega pathos, sufrimiento, viene nuestra palabra paciente. Ese paciente sufriente es el que perdemos muchas veces en nuestra perspectiva biomolecular.  Pues cuando enfermamos somos un individuo integral que sufre, un paciente, no simplemente un organismo enfermo.

Entonces como paciente buscamos o se nos ofrece el servicio de aliviar nuestro sufrimiento.  Así llegamos a la menospreciada palabra “cliente”.  Usualmente pensamos que cliente es quien compra algo, por lo cual consideramos que el ver al paciente como cliente comercializa el acto médico.  Otras veces creemos que cliente es simplemente usuario y burocratizamos la relación médico-paciente.  Pero creo que la palabra cliente tiene un fondo histórico más interesante que nos abre otras perspectivas.

Viene del latín, cliens-tis, y se refería a aquel ciudadano libre que buscaba habitualmente a otro para requerir un servicio.  Si aceptamos que el deber médico fundamental es servir al hombre que sufre, no veo ningún problema en el uso de la palabra cliente en medicina en su sentido original: la persona que sufre, el paciente, y busca o solicita de otra persona el servicio de aliviar su sufrimiento.

Claro que esta discusión etimológica daría para mucho más y hay algunos aspectos interesantes en la antigua relación romana con el cliente que convendría ampliar.  Por ejemplo descubrimos que en ella se esperaba lealtad, confianza, gratitud, familiaridad.  Pensemos si encontramos eso en nuestra actual relación médico-paciente.

Pero creo que el mayor obstáculo al uso en nuestra medicina de la palabra cliente se fundamenta en la resistencia a centrar nuestro oficio en el servicio personal al otro.  Los médicos nos vemos como profesionales de la Salud (así, en mayúsculas) y no necesariamente servidores de la persona que requiere nuestra atención.  Los enfermos esperamos solución a nuestro problema por parte del estado y no vemos esto como un servicio que la sociedad brinda a la persona enferma.  Es un derecho, pensamos, y debe haber dinero y capacidad para garantizarlo siempre.  También hemos perdido el sentido de servir al bien común cuidando responsablemente nuestro propio organismo.

Hoy no sabemos ser clientes unos de otros, en el sentido original de servicio.  Servimos a la otra persona a regañadientes por dinero, gloria o un mal aceptado deber social.  Peor aún, se ha hecho popular proponer que el paciente es un consumidor en el mercado de la salud.  Esa extrema corrupción de los conceptos de enfermo, paciente y cliente no parece tener en cuenta los excesos a que lleva nuestra sociedad de consumo.  Paul Krugman, reconocido columnista del New York Times, recientemente llama la atención  sobre esta última perversión del discurso (“Los pacientes no son consumidores”, New York Times, abril 21, 2011).

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