Ganaderos, víctimas de las Farc

Ganaderos, víctimas de las Farc

13 de Septiembre del 2016

A mediados de los años noventa, cuando recién terminaba el gobierno de Ernesto Samper Pizano, un joven ganadero se arriesgó otra vez a ir con su familia, con su esposa y sus pequeños hijos, a una hacienda de su propiedad en La Dorada, donde de veras pasaban momentos muy felices. Él, sin embargo, viajaba allá con temor, como si presintiera que algo malo les iba a ocurrir.

Y no era para menos. Aquella región, conocida como el Magdalena Medio, se había convertido en epicentro de las actividades guerrilleras, cuyos grupos venían haciendo de las suyas a través de sus conocidas prácticas delictivas: secuestro, asesinato, extorsión, chantaje y, sobre todo, boleteo o vacuna, al que consideraban su impuesto de guerra, similar -decían- al del gobierno para enfrentarlos.

Él mismo no se había librado de tales operaciones subversivas. Al contrario, ya contaba a su haber con varias boletas o mensajes escritos, donde las Farc le ordenaban efectuar su aporte como otros ganaderos de la zona lo venían haciendo, obviamente con la amenaza de rigor, expuesta sin rodeos: si no les pagaba, ¡toda su familia sufriría las consecuencias!

Sabrá Dios por qué no les pagaba. O no tenía con qué, pues los negocios no iban muy bien que digamos; o pensó que de las advertencias no pasarían; o se confió en la seguridad del Ejército o la Policía, por absurdo que fuera; o no iba a participar, por nada del mundo, en actos ilegales, ayudando a financiar la guerrilla con su dinero, o simplemente se le salió el paisa, dispuesto a enfrentarlos como fuera.

Quién sabe qué pasó. Lo cierto es que el sábado en la noche, hacia las siete, cuando estaba con su hijo menor, de apenas cinco años de edad, sentados al borde de la piscina, y el resto de la familia departía con tranquilidad ahí cerca, en el corredor de la casa, varios guerrilleros se le acercaron, armados hasta los dientes, y le reclamaron por qué no les había hecho el pago solicitado con insistencia.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. El joven ganadero, al parecer, les contestó sin miedo, pero con ira; ellos, lejos de discutir, le dispararon a quemarropa, en la cabeza, y fue cuando él cayó, frente a su hijo del alma que lanzaba gritos desesperados, presa del dolor, mientras la sangre se mezclaba con el agua, tiñéndola de rojo. Los guerrilleros, entretanto, huían para perderse en medio de la noche, sin que nadie lograra identificarlos.

Según dicen las crónicas judiciales, la esposa fue la primera en llegar a la escena del crimen. Nada podía hacerse, en realidad. Su joven marido, el padre de sus hijos, estaba muerto, y en adelante serían una viuda y unos huérfanos más, otras víctimas de la guerra o, mejor, de la guerrilla de las Farc que se paseaban a sus anchas por todo el territorio nacional, proclamando aquí y allá  que estaban próximas a tomarse el poder, repitiendo la heroica gesta de sus camaradas en Cuba, guiados por el comandante Fidel Castro.

No fue el único caso que se presentó en el Magdalena Medio, ni mucho menos. Antes bien, la crisis nacional se acentuó, tanto que el gobierno central promulgó el decreto de creación de las cooperativas agrarias de vigilancia y seguridad, conocidas luego como las Convivir, para que la misma comunidad campesina ejerciera su derecho a la legítima defensa, más aún cuando el Estado no la protegía. ¡Así nacieron las autodefensas!

Eran legales, claro está. Y por ello contaban con apoyo de las autoridades oficiales y militares, ganaderos y comerciantes, medios de comunicación y sociedad en su conjunto, más aún cuando el mandato siguiente, de Andrés Pastrana Arango, dio luz verde a la reglamentación debida y la puesta en marcha de esta nueva estrategia para frenar el avance acelerado de la guerrilla, la cual seguía tomándose pueblos, sembrando el terror en los campos, cometiendo masacres, secuestrando a cientos de ciudadanos en las carreteras y rodeando a los principales centros urbanos (Bogotá, en primer lugar), al tiempo que se fortalecían, por fin, nuestras fuerzas armadas, con amplio respaldo internacional (de Estados Unidos, por ejemplo, a través del Plan Colombia).

Por fortuna, esa estrategia dio resultados positivos, sobre todo en departamentos como Antioquia, donde el gobernador Álvaro Uribe Vélez, al poner en calzas prietas, con éxito arrollador, a los grupos subversivos, hizo méritos suficientes para suceder a Pastrana, cuyo proceso de paz con las Farc fue un rotundo fracaso. La historia, vista a vuelo de pájaro, así quedó escrita.

Y así está quedando escrita la historia de hoy, cuando las Farc van a desaparecer como grupo armado para integrarse a la vida democrática después de tantos crímenes cometidos, entre los cuales pocos recuerdan al del joven ganadero asesinado en La Dorada, en su propia finca, delante de su hijo menor, en una piscina que se llenó de sangre, la misma que clama al cielo por justicia…

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