La columna rota

26 de agosto del 2011

Durante muchos años me hice mis propios pedicures, y por andar mirándome los pies  de pronto un día me enteré que ya no era tan joven y tan bella, a pesar de que entonces tuviera veintiocho años. Los callos, y las uñas ya menos transparentes no eran los pies de bebé de los que me […]

Durante muchos años me hice mis propios pedicures, y por andar mirándome los pies  de pronto un día me enteré que ya no era tan joven y tan bella, a pesar de que entonces tuviera veintiocho años. Los callos, y las uñas ya menos transparentes no eran los pies de bebé de los que me acordaba.

A los treinta no se vale decir que uno esta envejeciendo, yo creo que la vejez empieza después de los sesenta. Antes uno debería seguir siendo joven y bello. Yo iba por buen camino, a esa edad uno no piensa en bastones y entonces comenzó a dolerme la espalda. Al principio era tolerable, después ya no lo fue tanto.

Un día supe que tenía que ir al doctor, pues el dolor ya no me dejó disfrutar ni el cliché de la Navidad del 2007. No estaba tomando calmantes para el dolor y empecé a pasar más horas sentada que parada y más horas incómoda que cómoda. Me dolía la espalda baja, y se aliviaba si me sentaba, pero después de un tiempo sentarme no fue suficiente. Fui a ver a un quiropráctico a que me convenciera de que lo que hacía me aliviaría, pero no me alivió.

Después fui a ver a un médico especializado en dolor, que en cuestión de cinco meses me puso siete epidurales. Este médico era guapo de película y tenía nombre de película: Dr. Hershel Kotkes. Le dije que no era capaz de dejarme poner la inyección si no me ponía anestesia local y me daba Valium, así que siete veces el hombre me drogó y me metió una jeringa de unos ocho centímetros en la columna vertebral, mientras yo deliraba pendejadas e incoherencias. A pesar del Valium y la anestesia sentí el momento en que la aguja entró en mi cuerpo, sentí un dolor seco que me inundó de tristeza, por no poder controlar lo que me estaba pasando.

Cada vez que llegaba a su oficina tenía que esperarlo unos veinte o treinta minutos, yo siempre era la última paciente del día. En esos momentos el dolor era insoportable, y solo se aliviaba si me acostaba, así que me acostaba en posición fetal en el piso, sobre una alfombra roja y lloraba en silencio hasta que me atendía. Cuando me había pasado el efecto de los analgésicos me levantaba de la camilla, me vestía y me iba, sola como había llegado.

Montar en subway se convirtió en una pesadilla, pues no tenía nada evidente que indicara que tuviera dolor, así que la gente no se paraba ofreciéndome sus puestos. Entonces el dolor se volvió aún más imposible, y empecé a llorar caminos de lágrimas como petróleo, y la gente se empezó a compadecer y me ofrecían sus puestos. Pero sentarme no hacía diferencia, nada aliviaba el dolor, nada, nada, nada…

Después de la séptima epidural fue claro que lo que estaba tratando de hacer por mí no estaba dando resultados, entonces me remitió a un cirujano especialista en la columna vertebral, el doctor Tindel. Una mañana salí a trabajar, camino al subway el dolor fue tan fuerte que me boté al piso, en el jardín de una casa, y me puse a llorar con la cara sobre el pasto. Iba camino a la farmacia a comprar un bastón, y no pude llegar. El dolor empezaba en la columna baja, se extendía por la pierna izquierda y terminaba en el dedo chiquito del pie. Se sentía como golpes de corriente eléctrica, era paralizante. Ese día estuve tirada sobre el pasto durante unos veinte minutos hasta que otros peatones empezaron a acercarse y a ofrecer ayuda. Querían llamar a una ambulancia, pero yo sabía que una ambulancia no haría diferencia. Yo ya estaba tomando 40 miligramos de oxicontín que no me hicieron efecto, así como las últimas cuatro epidurales. En ese momento no había nada que una ambulancia pudiera hacer por mí. Alguien me ayudó a levantarme, me apoyé en su brazo y así me llevaron hasta la farmacia donde compré un bastón de doce dólares. Sentía como si sollozar me fuera a causar aún más dolor, entonces lloraba como lloran los mudos.

No podía caminar, no podía sentarme, ni acuclillarme, tampoco hacía ninguna diferencia si me acostaba. Llegó un momento en que tampoco pude dormir, pues el dolor me despertaba en la mitad de la noche. Más de una vez, a las cuatro de la mañana llené la tina y me metí debajo del agua a llorar en silencio. Salía de la tina una hora después y me ponía a caminar en círculos por mi apartamento, apoyada en el bastón, esperando que se aliviara el dolor para poder volver a dormir. Después de un tiempo el oxicontín solo me daba unas náuseas asquerosas, entonces tomarlo era un suplicio, porque no solo no me ayudaba, sino que me ponía a vomitar.

Nunca pensé que tuviera la capacidad de aguantar tanto dolor, un dolor eterno, infernal. No se iba, no se iba nunca. Llegó el día en que mi pierna dejó de doler. Una semana después dejé de sentir el pie y la pantorrilla empezó a sentirse más fría que el resto de la pierna. Era claro que algo estaba pasando, algo mucho más grave de lo que había sentido hasta el momento.

El doctor Tindel, médico de las estrellas del deporte y autor de un libro que se convirtió en best-seller, agotó todas las posibilidades antes de decidir que tenía que hacerme una cirugía. Confié en él fue porque no tuvo afán de abrirme con un bisturí, y antes de hacerlo intentó diferentes opciones, pero nada funcionó. Me mandó a hacer dos tomografías por resonancia magnética y determinó que tenía una hernia en uno de los discos de la espalda baja que estaba presionando al nervio ciático.

A los treinta años tenía ciática, como los viejos de setenta y ochenta años…

Entonces programó una cirugía para el primero de octubre, era agosto. Cuando lo llamé histérica a decirle que no sentía el pie y tenía la pantorrilla fría se alarmó. Me explicó que eso significaba daño en el nervio, y que si no adelantábamos la cirugía, el daño iba a avanzar pierna arriba e iba a afectar la vagina, el culo y los órganos del estómago.

Si no me operaba de inmediato iba a dejar de sentir la vagina, no iba a poder controlar la vejiga y me iba a mear y a cagar. La operación tenía un costo de unos ochenta mil dólares, por lo que mi seguro médico se demoró en autorizarla. Finalmente programamos la cirugía para el primero de septiembre. Todavía me quedaban tres semanas por delante, ya no sentía dolor, ya no sentía nada y me invadió un pánico que no me dejaba dormir, ni comer, ni concentrarme, ni trabajar, ni relajarme, ni descansar.

El treinta y uno de agosto me mudé de la casa del demonio japonés donde viví unos cuatro meses y al día siguiente me fui a la clínica a que me abrieran la espalda baja con un bisturí. Las enfermeras eran de Filipinas, el anestesiólogo era polaco, tenía un ojo azul y el otro verde, y a pesar de que en la sala de operación esperé que oyeran Vivaldi o Mozart, oían Lady Gaga. Absurdo, me pareció muy chistoso. La anestesia me desmayó mientras me reía a carcajadas. Cuando desperté el doctor Tindel me dijo que sacaron una hernia tan grande como una pelota de golf. Todos en la sala de operaciones estaban aterrados de que yo hubiera podido seguir caminando con una hernia de semejante tamaño. Esa misma noche abandoné el bastón, y con un poco de ayuda y conectada al suero y morfina, me levanté a hacer pipí.

La operación fue un éxito, a pesar del irremediable daño en el nervio ciático. Nunca volvería a tener la misma elasticidad en la pierna izquierda. Y aún es posible que siga cojeando por siempre jamás.

Pasado un año me di cuenta de que no podía dormir sobre la barriga o la espalda, y una tercera tomografía por resonancia magnética reveló que el motivo era otra hernia mucho menor que la anterior. Otro par de epidurales hicieron que dejara de dolerme la espalda y entonces el dolor se trasladó a la cadera derecha…

Cuando follo con alguien le pido que mire la cicatriz que tengo en la espalda, quiero que la reconozca, porque es parte de mí y me niego a ignorarla. Cuando conozco a alguien le cuento mis males, pues no quiero sorpresas que hagan que disminuya el interés, o el amor. Me concentro entonces en los aspectos de mi vida que en cambio sí van bien, y es ahí donde enfoco mi energía y me acostumbro a mis males, porque al fin y al cabo, es lo que hay.

Este ha sido un sinfín de horrores. Más y más dolores con los cuales lidiar. Más doctores que visitar, más inyecciones, más calmantes para el dolor, más noches en vela, más depresión, y la tristísima aceptación de que tengo el cuerpo roto, como Frida Kahlo.

A Frida le regalo mis lágrimas mudas, le regalo el desespero y la falta de fe. Con Frida me identifico y me obsesiono, trazando líneas paralelas con su vida. Me miro al espejo y veo “La columna rota”.

La columna rota (Frida Kahlo, 1944).

@Vagina_Mayer

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