La sociedad de las lesbianas anónimas

14 de enero del 2011

Cuando compré mi tiquete de avión para ir a conocer París, lo primero que hice fue llamar a mi amiga HSZ, que es escritora:

—¿A dónde irías si fueras tres días a París? —Le pregunté.

—Si tienes tiempo y no te deprimen los cementerios, ve a visitar la tumba de Susan Sontag, en Montparnasse, y le tomas una foto para mí.

París, diciembre 28 de 2009.

Sobre Boulevard Edouard Quinet, entre la estación del metro del mismo nombre y la entrada principal del cementerio de Montparnasse, hay un par de floristerías en las que no te venden una flor, una sola, sólo venden pomposos ramos mortuorios, pero yo no tenía intención de hacer ninguna exhibición sentimentalista, así que, por el momento, Susan se quedaría sin flor.

Caminé por un laberinto de ángeles y cruces de mármol adornadas por flores secas, muertas. Por una fotografía que había visto en Google, sabía que la tumba de Susan era de mármol negro y que llevaba su nombre marcado en letras doradas. Caminé buscándola por más de veinte minutos hasta que entendí que no podría encontrarla sin pedir ayuda.

Decidí ir a la entrada principal del cementerio para preguntarle al guardia de seguridad cómo encontrarla. El hombre sólo hablaba francés y no entendía lo que yo le preguntaba, así que escribí el nombre de Susan Sontag en un papel. Él se encogió de hombros y se limitó a darme un mapa en el que figuraban las tumbas de los personajes ilustres que moran el cementerio.

El problema es que el mapa fue impreso en 2002, y Susan murió a finales del 2004. Justo cuando salí de la caseta de seguridad, pasó a mi lado un camión que transportaba ramos de flores. Me quedé quieta invocando la caída de una flor y a mis pies cayó un clavel rosado y magullado. Ya tenía mi flor, una flor para Susan. Pero aún no sabía cómo entregársela. Pregunté a un segundo guardia tan desinformado como el primero.

Por fin un tercer guardia supo responderme. Mientras seguía sus instrucciones pasé por la tumba de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, que descansan uno al lado del otro. Vi también las tumbas de Charles Baudelaire, Julio Cortázar, Man Ray, Serge Gainsburg y Marguerite Duras. El cementerio de Montparnasse no es un lugar triste, al contrario, es un lugar de celebración. Los mausoleos viven cubiertos de flores, esculturas, santos, bustos, serpentinas, espejos, y fotos.

Pero la tumba de Susan no parecía haber estado nunca de fiesta. No había nada. El mármol negro estaba cubierto por una capa de polvo y tierra acumulados tras las fuertes lluvias y nevadas de un diciembre frío en particular. Puse la flor a un costado de la tumba, y escribí sobre el polvo con mi dedo: H te mandó esto.

Me quedé frente a la tumba en silencio, cerré los ojos y me puse a llorar. Sentí una tristeza densa inundándome los pulmones y la garganta. Una tristeza que no era mía. Yo sólo era una mensajera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, y sin embargo me sentí inmensamente deprimida. Desde alguna parte del mundo de los muertos, Susan estaba recibiendo el mensaje de H que yo le traía.

En ese momento me vi a mí misma en medio de un romance literario entre dos mujeres, y me pregunté ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué después de tantos años H tiene este repentino interés en la tumba de Susan?

En 1949, H tenía 21 años. Al tiempo que hacía su penúltimo año en Berkeley, trabajaba en la tienda de libros del campus. Un día entró a la tienda una joven hermosísima que a H le pareció espectacular. Era Susan Sontag, a sus 16 años. No podía dejar de mirarla y sus amigos de la tienda, todos gay, le dijeron: “¡Ve por ella!”.

H levantó una copia de El bosque de la noche, el libro de culto gay escrito por Djuna Barnes, y le preguntó: “Ya leíste este libro?”. Susan ya lo había leído y aunque nunca había tenido una amante, fantaseaba con ser una mujer bisexual en los círculos élite de la bohemia parisina.

H era una mujer altísima de pelo negro largo y capul, tenía una voz ronca muy fuerte capaz de llenar cualquier recinto. Sabía que tenía una imagen “muy teatral”, que llamaba la atención a donde fuera. Siempre fue una mujer muy segura de sí misma, y muy sexual: tenía varios amantes, hombres, mujeres. Eso nunca cambió, aunque Susan entrara desde ese día a ser parte de su vida.

Durante los primeros seis meses que estuvieron juntas en Berkeley, H aún estaba enamorada de su amante. Como presagio del futuro de sus vidas juntas, Susan lidió desde el principio con los fantasmas de viejos amores y los rastros de los y las varias amantes de H.

Pero cuando terminó la primavera, H viajó a Nueva York para cuidar a su hermana que acababa de enfermarse de tuberculosis, y nunca volvió a Berkeley. Decidió mudarse a París. El romance murió.

Susan, por su parte, fue a la Universidad de Chicago para estudiar filosofía, y allí conoció a quien sería su esposo. Pasaría su luna de miel en Europa y, antes de viajar, le escribió en secreto una carta a H en la que le decía que quería encontrarse con ella en la catedral de Notredame, a espaldas de su marido. Pero H no recibió la carta a tiempo. Nunca se vieron.

Y siguieron pasando los años.

A principios de la década de 1950, H conoció en una noche de fiesta a una cubana que se convertiría en su gran amor: la dramaturga y directora de teatro María Irene Fornes. H se tendió ebria en un sofá y, pasada la media noche, se despertó al darse cuenta que Irene se acostó desnuda encima de ella.

Irene y H estuvieron juntas durante media década, vivieron juntas en París durante tres años, hasta que Irene volvió a Nueva York en 1957. Fue una relación muy tormentosa, ambas eran muy sexuales. Irene era hermosa, irreverente, volátil, salvaje e infiel por naturaleza. Y H no se quedaba atrás. Eso explica que su relación hubiera sido tan explosiva, llena de curvas empinadas y hondas caídas. Ambas continuaron teniendo múltiples parejas sexuales de ambos géneros, no era un secreto para ninguna de las dos, así funcionaban juntas.

Ese mismo año Susan obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Oxford, en Inglaterra. Pero aún estaba enamorada de H. Dejó a su marido y a su hijo en Chicago para volver a Europa… sabía que H vivía en París… Por eso abandonó también su beca: para estar a su lado.

De nuevo juntas, Susan y H viajaron durante un año por Europa: Madrid, Sevilla, Tangiers, Estrasburgo, Münich, Berlín, Hamburgo, Atenas, la isla de Hydra. París.

Pero pronto H empezó a perder la paciencia con Susan. Ya no la soportaba y era cruel con ella. Criticaba incluso la forma en que se expresaba, el movimiento de sus manos, su modo de hablar. Para H era claro que el talento de Susan era invaluable, pero la veía como a una niña y no soportaba su falta de personalidad y lo vulnerable que era. Bastaba el mal humor de H para que Susan se descompusiera.

H siempre supo que no la amaba, nunca pudo verla como más que una niñita. Ya no se sentía atraída por ella en lo sexual. No le gustaba su olor y sólo le hacía el amor con brutalidad cuando estaba borracha. Quería que se largara, pero en el fondo necesitaba su amor. La sola idea de quedarse sola le daba pánico. Se había quedado sin trabajo y necesitaba la ayuda que ella le daba.

Por otro lado, H empezó a sentir celos, porque hombres y mujeres caían enamorados de Susan. H no soportaba la atención que Susan recibía, se sentía eclipsada por su belleza. Susan leyó el diario de H, así que sabía con exactitud sus pensamientos sobre ella, pero aún así, a pesar de sentirse patética por mendigar su amor, se mantuvo a su lado.

Cuando llegaron a España, H no podía dejar de pensar en Irene. El idioma, el color de la piel y los culos redondos de las mujeres le hacían pensar en Irene a cada instante. No se lo ocultaba a Susan, quien la escuchó hablar de Irene innumerables veces, quejándose sólo al principio. Al final del verano de 1958, Susan volvió a Estados Unidos para finalizar su divorcio.

A finales de ese mismo año H volvió a Nueva York. Susan le organizó una fiesta de bienvenida, a la que invitó a todos sus amigos, entre ellos a María Irene Fornes. Esa noche H se embriagó muchísimo y se cayó de cara al piso mientras bailaba en círculos con una mujer. Se rompió la nariz y su vestido de cashmere blanco quedó lleno de sangre. La fiesta terminó, hubo que llevar a H a la clínica.

Desde esa noche en adelante, Susan empezó a andar sola. Solía ir a cine por las noches, veía dos o tres películas seguidas y llegaba al apartamento, en el que vivía con H a la madrugada. Un día, ella se dio cuenta que Susan olía a Mitsuko, un perfume de Guerlain que H le había regalado a Irene. Susan e Irene estaban teniendo un romance a espaldas de H, y todos sus amigos lo sabían. Todos menos ella.

Una tarde, dos meses después, H llegó al apartamento y enseguida sonó el teléfono. Era Irene:

—Susan está conmigo, quiere que recojas tus cosas y te vayas del apartamento.

—Déjame hablar con ella. —Le dijo H.

—No. —le contestó Irene—, ella no quiere hablar contigo.

H colgó y empezó a temblar. Y así siguió temblando durante los dos meses siguientes. Sus dos amantes la habían traicionado. Por eso nunca volvió a tener una relación sexual con una mujer.

—Después de tantos, tantísimos años, ¿por qué me pediste que fuera a ver la tumba de Susan? ¿Por qué querías que le tomara una foto? —le pregunté a H.

—Por algo más profundo que curiosidad. Porque me siento culpable. Normalmente nunca me arrepiento de lo que hago, y nunca siento culpa, pero me porté muy mal con ella, fui muy cruel y ella era solamente una niña, era un bebé.

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