Los colores de la montaña. Desplazamiento, desarraigo, mutilación

6 de abril del 2011

El desplazamiento por causa de la violencia es para muchos un tema abstracto, que se muestra en cifras, y que a pesar de existir en nuestras narices, vemos como un fenómeno ajeno, aunque muchos millones de personas lo vivan en nuestro país y en otros países.

“Los Colores de la Montaña” dirigida por Carlos César Arbeláez tiene el mérito de mostrarnos los horrores de la violencia y del desplazamiento, vistos a través de niños, Manuel, su amigo albino Pocaluz y Julián, quienes son felices en su montaña antioqueña, su paisaje y su hermoso colorido, con su balón de fútbol, sus lecciones en la escuela rural, sus familias; hasta que todo se va desmoronando: niños que no vuelven a asistir a la escuela, la maestra que se ve obligada a huir,  el temor a las minas antipersona en la cancha de fútbol, la presencia de los diferentes grupos armados y, finalmente, el abandono de sus casas y sus tierras, por fortuna con su balón de fútbol en la mano.

En otro lugar lejano, Kabul, el autor del libro “Mil soles espléndidos”, Khaled Hosseini, narra el drama de los misiles, las minas antipersona y todos los horrores de la violencia y de los fuegos cruzados, a través de Tariq -con su pierna ortopédica por haberla perdido con una mina cuando tenía cinco años- Laila y Mariam, niños y niñas que luego se convierten en jóvenes y adultos y en el transcurso del tiempo tienen que sufrir el terror a permanecer en sus casas, el hambre, la opresión, las dificultades de la huida y luego del exilio.

Ambos relatos tienen elementos comunes: la inocencia de la infancia, el apego a su entorno, a la familia, los amigos, los sueños, las ilusiones, y el grave sufrimiento que significan la violencia y el éxodo. Desde hace treinta años, ocho millones de afganos huyeron de su patria y se refugiaron en Pakistán e Irán, hoy unos cinco millones han podido regresar a sus hogares, pero muchos viven en extrema pobreza.

En Colombia se considera que por lo menos cuatro millones de personas han tenido que abandonar sus hogares, algunos hacia otros países y muchos millones se han asentado en ciudades después de deambular por el territorio nacional.

Generalmente, cuando se analiza el problema del desplazamiento, se habla en términos de pérdidas materiales: la tierra, el ganado, las cosechas, pero no se tiene en cuenta el dolor que conlleva el desarraigo y que persiste en varias generaciones. Min Tran Huy, francesa de origen vietnamita, describe en la “Princesa y el Pescador” el drama del desarraigo de sus padres inmigrantes como “seres nacidos aquí y que viven allí y que no son de ninguna parte”.

“Los Colores de la Montaña” nos hace reflexionar sobre la injusticia que representa que niños que aman su modo de vida, sus animales, su casa, su paisaje, sus amigos, tengan que salir de ahí por la presión de los grupos armados ilegales. Lo que sigue luego de su huída no puede ser sino tristeza, hambre, mendicidad, soledad en ciudades ajenas a ellos, a los colores de su montaña.

En el mejor de los casos, aún si logran instalarse en otro lugar, la nostalgia de lo propio no se supera, como les sucedió a Laila y a Tariq, quienes, apenas supieron que los talibanes habían salido de Kabul, decidieron regresar al lugar de su infancia. Otro testimonio sobre Afganistán lo encontramos en la película “Eran las cinco de la tarde” de la directora Samira Majmalbaf que nos muestra el drama de la salida de dos mujeres y un anciano de Kabul, sin horizonte ni esperanza de encontrar algo mejor, sólo la pobreza, la violencia, el miedo, y lo desconocido.

Colombia y Afganistán son dos países lejanos, de culturas y religiones diferentes, que padecen un conflicto interno de enormes proporciones, el cual ha causado el desplazamiento de una buena parte de la población y que además tienen territorios minados. Colombia ostenta, después de Afganistán, el segundo lugar en mayor número de personas mutiladas por minas antipersona; de 1990 a febrero de 2011 se cuentan 9.133 víctimas de este flagelo, de las cuales 870 son menores de edad. Y lo peor es que se siguen presentando casos, pues sólo en el 2011 ya van 71 víctimas.

Por fortuna, la literatura, el cine e internet han llevado a una mayor toma de conciencia acerca de que, detrás de las cifras, hay historias dramáticas de seres humanos inocentes que sufren por la guerra y que muy difícilmente podrán recuperar sus vidas.

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