Memoria sin tiempo, habla sin pensamiento

11 de febrero del 2011

La fuerza desencadenada del átomo lo ha transformado todo menos nuestra forma de pensar. Por eso nos encaminamos hacia una catástrofe sin igual” Albert Einstein

He olvidado muchas palabras y sus significados. Ya no sé si leí “tras 9 años el secuestro repuntó” o si es la economía. Tampoco sé si eso es bueno o es malo. Dicen que el Alzheimer es una enfermedad de viejos, pero tampoco tengo memoria para saber el tiempo, ni si Tiempo son esos papeles que miro en las mañanas, llenos de palabras que no me dicen nada.

He olvidado que el diccionario de la Real Academia contiene 90 mil palabras. Si yo fuera adolescente hoy estaría usando 200, si fuera adulto unas dos mil, eso dicen. Ahora todo es “chévere”, “excelente”, “delicioso”, “trágico”, “bacán”, “qué felicidad”, “para”, “narco”. Cualquier cosa resulta “la machera”, “demasiado”, “marica”, “gourmet”, “ligth”, “la berraquera”. Adjetivamos con lo mismo y nos basta para ser felices. Los mensajes de texto son letras y signos. Debo ser entonces un bebé. O un grande que no tiene lenguaje. No sé.

He olvidado que Juan José Millás dijo que la reducción del lenguaje estrecha el pensamiento. Dicen que la pobreza comunicativa nos dispensa de pensar, nos limita la comprensión de la realidad, nos quita sensibilidad. Dicen que uno piensa con palabras y que distingue gracias a ellas. Yo ni sé ya qué es la realidad ni cómo distinguir entre noticia, hecho, ficción, ciencia o superstición. Dicen que la libertad de expresión es un derecho, pero yo estoy preso entre tanta cháchara y no sé nombrar lo que pienso, ni sé si pienso, condenado a creer ingenuamente y a hablar sin sentido.

He olvidado que los griegos, amantes de la libertad, educaban a los ciudadanos en la acción y en la palabra, seguros de que estas facultades son las más elevadas. Decían que ser ciudadano libre era ejercer el poder por medio de las palabras, de la persuasión, y no con la fuerza o la violencia. Que el despotismo sólo se usa entre los bárbaros o los incívicos. Entre tanta violencia y ausencia de lenguaje ya ni sé si soy ciudadano, bárbaro o incívico. He olvidado que Hannah Arendt dijo: “Sólo la violencia es muda”

He olvidado que las tiranías se caracterizan por la manipulación y reducción del lenguaje, limitando la capacidad humana de hablar y actuar juntos. Se basan en el aislamiento y buscan penetrar en el control del comportamiento y la interiorización de normas. Convierten a los individuos en masa, agrupados como cosas en una multitud, alineados con un discurso con fines de dominación. Dicen que buscan eliminar la capacidad de razonamiento crítico, analizar, deducir, sacar conclusiones, adelantarse a las consecuencias. Dicen que nos arrastran con un eslogan, convertidos en medios para sus fines. Dicen que hay tiranía en la política, en la publicidad, en la educación, en la prensa, en la televisión, eso dicen. Pero a mí me gusta la televisión, no tengo que pensar ni analizar ni hacer nada de eso que ya ni sé para qué sirve, y es rico sentarse con un solo click a ver y escuchar la entretenida charlatanería de esas niñas bonitas y actores churros.

He olvidado la tiranía del consumo, la sociedad globalizada que nos convierte en objetivo de campañas publicitarias y de medios masivos de comunicación que reducen el lenguaje, limitan el pensamiento y nos hacen olvidar la esencia misma de lo que estamos hechos: memoria en el tiempo, habla con pensamiento, palabra y acto en libertad de elección, igualdad en diferencia. Certidumbre de mortalidad, consciencia de la realidad. Dicen que a pesar de la escasez de sentido común, hay un consuelo: es más fácil pensar que actuar bajo un régimen tiránico.

He olvidado que Arendt dijo que aún si se nos quita la capacidad de actuar, de trabajar, de producir, nos queda el pensamiento como única redención de lo que nos hace humanos. Yo ya no trabajo, ni sé si porque no quiero o porque no consigo trabajo o porque estoy incapacitado. ¿Será que soy muy joven, o muy viejo, o feo o bruto? Ya ni sé. Pero dicen que la gente puede vivir sin producir ningún objeto útil o hacer que otros trabajen por ellos. Hay exploradores y hay explotadores (¿es distinto?), que serán parásitos o injustos, pero siguen siendo humanos si pueden seguir pensando, porque ella dijo que “la sola existencia no nos hace humanos.”

He olvidado que también hay tiranía de la memoria. Dicen que el exceso de memoria lleva a rigidez mental y produce “sabios idiotas”. Y memoriosos angustiados, Funes incapaces de imaginar futuros distintos, de aprender algo nuevo. Por eso graban todo en la memoria de computadores, celulares y otras cosas que yo ni sé para qué sirven. Dicen que es bueno saber olvidar, saber perdonar. Pero para perdonar y olvidar necesitamos pensar, también para imaginar y proponer. Ya no tengo palabras para nada de eso y qué jartera tener que pensar.

He olvidado que Habermas dijo que el hombre se emancipa de sus condiciones materiales a través de la palabra, de la comunicación, elevándose por encima de los intereses técnicos y prácticos. Que es posible un nuevo pacto social, un espacio de entendimiento y consenso, de aceptación y cooperación,  mediante la expresión de los individuos no masificados, del lenguaje y la comunicación. En el horizonte de la acción comunicativa resplandece una sociedad reflexiva y libre, que se une por el conocimiento y no por la imposición o el temor. El triunfo del ágora griega. ¿Quién se interesa por los griegos? Los lunáticos y los nostálgicos. Dicen que ahora se lee más a Coelho, es más fácil. Yo no sé, para mí todo es chévere. En el lenguaje, dijo Habermas, está la base de la democracia, porque permite una comunicación e interacción eficaz, equilibrada y libre. Ya ni sé si vivo en democracia.

He olvidado que Mark Twain dijo: “Pronto seré de una forma en que no podré recordar nada excepto las cosas que nunca pasaron” He olvidado que el neurólogo Francisco Lopera dijo que un cerebro vacío de recuerdos es un cerebro que pierde peso, porque el cerebro se va secando, literalmente. Dice que un cerebro normal pesa más o menos 1.500 gramos, pero un cerebro de un paciente de Alzheimer pesa 800 o 900 gramos porque las neuronas que guardan los recuerdos, las palabras y las experiencias, se mueren. Se muere la mente. ¿O se mueren por falta de uso? Ya no sé si era mi abuelo el que decía que lo que no se usa, se oxida, ¿qué es eso? ¿Seré yo mi abuelo?

La vida y la muerte no son otra cosa que el comienzo y el fin de una narración entre dos instantes del tiempo preservados por la memoria, contados por el pensamiento hecho palabras y actos. A mí me gustaría ser memoria en el tiempo, habla con pensamiento. Sin palabra y sin tiempo, sin actos conscientes, sin la certeza de ser uno mismo, nos vamos volviendo como el enfermo de Alzheimer: poco a poco se desvanece todo aquello que somos, lo que hemos sido y seremos y finalmente, al cuerpo se le olvida vivir. ¿Seré yo, o todos tenemos Alzheimer?

La más elevada, y quizá la más pura, actividad de la que es capaz el hombre, es pensar.” Hannah Arendt

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