Meterse un barillo era muy legal

Meterse un barillo era muy legal

4 de noviembre del 2010

La sociedad está trabada en un debate hipócrita

En los albores de la década de los setenta, cuando los Beatles, las minifaldas, el pelo largo y el símbolo de paz como actitud contestaria, meterse un cacho era ¨leeegaaaaal¨. Así lo cantaban como arrastrando las palabras en tono de modorra quienes se paraban en un parque a fumarse un bareto mientras vivían su paranoia mezclada con risueña. Un estado entre eufórico y parsimonioso que los alucinaba.

Era legal, en su jerga barriobajera, eso significó más tarde bacano, luego fue una nota y después una chimba. Algunos de los que conocí en mi barrio duraban todo el día parados en una esquina, y de un momento a otro aparecieron en la prensa porque acababan de asaltar un tren en Chía como integrantes de una célula del M 19, en la época de Belisario.

La segunda vivencia con la marihuana fue en el trabajo. Cuando era mensajero del Banco Cafetero había un economista pilo, amable y hasta pintoso que jugaba en el equipo de futbol y antes de entrar a la cancha, se fumaba ansiosamente su tabaco artesanal de marihuana y luego metía goles como los dioses.

Después cuando fui reportero en Semana me resultaba un poco extraño que algunos de mis compañeros fumaban los viernes su cachito mientras escribían y hasta vociferaban en contra de la legalización de la marihuana. Bueno, dos columnistas siempre han dicho que sí a la despenalización, incluso de la droga. Pero esa paradójica situación me hacía sentir como con mis vecinos que saludaban como resume el Pibe Valderrama, ¨todo bien¨. Pero todo estaba mal porque la sociedad era esquizofrénica: hacía una cosa y decía otra.

Luego en Semana descubrí y le hice algún seguimiento a Pablo Escobar. En una de esas, en 1983 me encontraba en Medellín y el capo estaba en plena campaña electoral. Hubo una fiesta en Puerto Boyacá y justo allí donde nació el MAS, Muerte a Secuestradores, el preámbulo de Los Extraditables y el cimiento del paramilitarismo, el jefe del Cartel de Medellín exhibía su acogida. En medio de incertidumbre y curiosidad fui a la fiesta por invitación de uno de los políticos que lo aupaban.

Allí, rodeado de niñas bonitas, incluso de familia importante, se hizo una rueda de negocios y varios en la mesa hicieron gala de sus productos. Uno era una cajetilla de cigarrillos elaborada industrialmente, con cigarros tacados y con el diseño de Marlboro, decía Marihuana al lado de una hoja de la mata. Escobar la celebró como la mejor idea desestimó las maquinas para armar cachos y los inhaladores de cocaína. Ya los varones de la droga pensaban en su industrialización.

Posteriormente, en 1986, la embajada americana invitó a varios periodistas colombianos a ilustrar cómo enfrentaban la droga. Mientras algunos de mis colegas en una actitud casi rodillona hicieron sus reportajes mostrando los avances de los norteamericanos en la lucha contra las drogas, yo tímidamente lograba plasmar en Semana que los gringos no estaban luchando contra las drogas. En medio de aspavientos con agentes super 89, helicópteros erradicadores y parafernalia, lo que se notaba era que el ritmo de erradicación de la marihuana en estados como California o Hawai era inferior al ritmo de las plantaciones de una marihuana de mayor nivel sicoactivo. Ni siquiera podían erradicar porque se les armaba un problema social con los cultivadores y era permitida la dosis mínima, que generaba un microtráfico “semilegal”.

En fin, mis experiencias con la marihuana han sido un verdadero “soyis” porque lo que me ha dejado claro esta humareda es que la sociedad está trabada en un debate hipócrita que no ha dejado sino dolores de cabeza y no necesariamente por que todos nos demos en la cabeza. Ojalá Santos se ilumine como parece que ha empezado a hacerlo para que lidere en latinoamérica una postura no inspirada en la satanización sino en la verdadera forma de descriminalizar este fenómeno.

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