Nada como un buen escándalo

13 de abril del 2015

“Lo que no tiene explicación es la felicidad ante cada insulto de Fernando Vallejo.”

Insultar, botar fuego por la boca, escupir a otra persona, agredir, son métodos insanos que demuestran mucho más las carencias del que lo hace que los defectos de quien es blanco de las injurias.

Eso se sintió el día del discurso de Fernando Vallejo en el encuentro por la Paz, organizado por la Alcaldía de Bogotá. Sus palabras hostiles, llenas de veneno no dejaron títere con cabeza. Sólo él resultaba limpio de culpas y errores en este país de “bellacos”, gobernado por un “sinvergüenza”.

Sus insultos lograron sacar aplausos entusiastas a una platea donde seguramente había gentes tan cargadas de odio como el mismo orador, que algunos califican como uno de los mejores escritores de la lengua española. Tan generosos fueron los aplausos como esta calificación que no parece tener proporción con sus obras, buenas para adaptaciones de televisión, pero ciertamente muy lejanas de ser piezas maestras de la literatura universal.

Darle tanta relevancia a Vallejo por sus escritos, equivale a romper en aplausos ante sus insultos desvariantes. Vallejo no es ni un gran escritor, ni un gran pensador. Es, todo parece indicar, un alma extraviada y confusa, que no encuentra en sus semejantes ninguna virtud, a no ser la de servirle de desahogo sexual (en especial si son jóvenes o niños, como él mismo ha admitido).

No se trata de defender a ninguno de los que Vallejo ofendió, sino de poner las cosas en su punto. Quién se plantó en un auditorio a despotricar de todo lo que lo rodea, fue capaz de proponer cosas tan atroces que harían estremecer de horror a verdaderos defensores de los derechos humanos. ¿Electrocutar a una funcionaria? ¡Matar las madres de delincuentes?

Se siente un escalofrío de miedo de sólo pensar que un fundamentalista como este escritor llegara a tener un ápice de poder. Es tan descabellado su odio y tan pletórico de lugares comunes su análisis que parece un talibán de esos que anda por ahí cortando gargantas para satisfacer su infinito resentimiento, su insaciable egolatría y su muy insensata visión de la realidad.

Claro, Vallejo puede ser todo eso, pero no es tonto. El sabe que los escándalos dan titulares, que ante un furibundo conferencista nadie es capaz de reaccionar y que tendrá a muchos (Incluida yo, por supuesto) hablando de él por mucho tiempo. Alfredo Molano, por ejemplo, que se vio muy incómodo sentado al lado de este orate, no reaccionó en ese momento, bajó la mirada para no dejarse involucrar en la perorata desquiciada de Vallejo, pero el pasado domingo en su columna de El Espectador si lo hizo, con la altura y seriedad que lo caracteriza.

Y es que no es fácil enfrentar a un loco tirapiedras. Si te atreves a hacerlo seguramente se lanzará contra ti con la misma agresividad que lo hacía contra otros, porque la locura no guarda proporción con la razón, es pura emoción desbocada que debe encontrar un escape al precio que sea.

Lo que no tiene mucha explicación es la felicidad de la platea ante cada nuevo insulto de Vallejo. Me recordó la historia de la revolución francesa cuando frente a la Guillotina el pueblo gritaba de emoción cada vez que rodaba una cabeza y pedía más y más sangre. Seguramente algunas de esas cabezas estaban pagando acciones anteriores, pero muchas cayeron sin saber por qué y sin tener por qué. De eso se trata la furia incontenible de las masas aupadas por agitadores del estilo Vallejo, en no dejar ninguna cabeza en pie, a no ser la propia.

www.margaritalondono.com

http://blogs.elespectador.com/sisifus/

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