“Porque la maldita felicidad es un lujo”

15 de septiembre del 2012

Reseña crítica del libro “Vista desde una acera ” de Fernando Molano

“Yo creo que vivir religiosamente es un oficio extraño. Es un oficio de hipócritas.
Porque todos lo saben, pero nadie parece estar dispuesto a admitir que para vivir en felicidad no bastan,
ni siquiera son necesarios, la bondad y la honradez y la virtud y el buen amor
y todas esas cosas bonitas que se sienten cuando uno piensa en Dios y en su imagen y en su semejanza.
También se necesita el cochino dinero. Su poder.”
F.M.

Un libro profundamente autobiográfico, hasta el punto de considerársele un testimonio; el escritor Fernando Molano narra de manera, apenas novelada, su historia de amor en donde el eje principal es la enfermedad de Adrián su novio quien agoniza de Sida; da este infausto hecho pretexto al escritor para hacer un flashback sobre la niñez y adolescencia de ambos personajes, Fernando y Adrián.

Este libro, segunda novela del escritor colombiano fallecido en 1998 a los treinta y siete años, fue producto de una beca de Colcultura. Su primer libro y el más emblemático, “Un beso de Dick”, narra el amor homosexual de dos adolescentes, fue ganador del premio Cámara de Comercio de Medellín en 1992.

En “Vista desde una acera” dos historias se entrecruzan; la primera con tema niñez/adolescencia del protagonista, su iniciación a la vida, su familia y múltiples conflictos (permanente pobreza mezclada con muy frecuentes desavenencias). La segunda, la enfermedad de Adrián, su compañero sentimental, en estado terminal de esa nefasta enfermedad que de nuestros días aún mortal, lo fue mucho más por los años 90´s en que se desarrolla la novela, sumado esto a la pobreza, como telón de fondo, del irremediable padecimiento, así como el inherente dolor físico y sicológico de la joven pareja. Las dos historias, por supuesto, están fuertemente correlacionadas: los mismos personajes centrales, la homofobia reinante y la intolerancia galopante. “Como personajes volando hacia su propia ruina en el epílogo de un fracaso”, que el escritor menciona, aplica bien para el caso.

Escrito en un lenguaje coloquial, desenfadado, sin carga de florituras; presentado en primera persona con lo cual asume el escritor aún más el peso del drama en que se convierte su amor “prohibido” y la miseria moral y material que lo rodea. El estilo de la narración, y así que lo ha querido el escritor, es ingenuo, guiado por el candor y la pureza de los dos personajes en un mundo que entienden apenas un poco más de lo que éste los comprende. Es una historia que busca impactar más al corazón del lector que a su intelecto; y el juego es aceptado y muy pronto éste se verá subyugado, involucrado en una lectura que hace con rapidez y cautivadora tristeza. “Ya que no vendrá el futuro que esperábamos, al menos podríamos despedirnos de él sin que nos humille la tristeza”. “Así que nuestros deseos más simples sólo serán también un sueño”, dice el escritor con ese tufillo nostálgico que acompaña todo el libro.

A pesar de la pesadumbre que persiste en cada pasaje del libro, no falta el humor, que presentado en medio del dolor que embarga la historia, la hace virar a lo irónico; tal vez para conjurar la racha dolorosa por la que atraviesan los personajes y el recuerdo de lo que han sido sus vidas. “Todos nacemos con los polvos contados; y que polvo que dejamos pasar, polvo que se pierde”. Bromea y reflexiona, no sin razón, el escritor.

Y así la novela-testimonio se torna deliciosamente absorbente, excepto cuando el escritor intenta salirse de la línea argumental establecida. Veamos. Se vuelve poco creíble e inverosímil el pasaje en el que Fernando cuenta su contacto con la guerrilla. La novela va relatando con el agradable candor de sus quince años hechos atinentes a esta edad adolescente: relaciones con sus profesores, con su familia, con sus compañeros de colegio, sus primeras pulsiones y experiencias sexuales, lo propio de la edad en donde se busca exploración y aprendizaje. Y allí en medio de esto, nos aparece la frase: “Verán: no les diré cómo, pero ese año ya había militado yo en uno de esos grupos que llaman células urbanas de la guerrilla….”. Totalmente a destiempo, falto de credibilidad. No obstante, las apreciaciones conclusivas sobre los desastrosos ideales y prácticas guerrilleras, por antonomasia comunistas, están bien argumentadas, pero difícilmente podrían arrogarse al protagonista en esa etapa temprana de su vida.

De otra parte, la bonita disquisición filosófica sobre “la definición” de las cosas y los conceptos y que se termina en un denso ensayo sobre la poesía, suena a un añadido de la novela, es como si el escritor hubiese decidido insertar artificialmente algo que no había sido previsto para este escrito.

Estos dos elementos cortan el ritmo y le restan fuerza a la narración; ha de entenderse, sin embargo, que la novela fue escrita en un momento en que el escritor se debatía contra su propia enfermedad que finalmente lo llevó a la tumba, aunado esto a la exigencia contractual de Colcultura para una terminación sin mayores retrasos. Claramente hay una falta pulimento, a pesar de los buenos oficios de edición; es una novela en cierta forma inacabada. Esto no le resta ni méritos ni interés a este estupendo escrito que fue encontrado por una compañera de estudios del escritor en la Biblioteca Luis Ángel Arango y editado muy recientemente por Seix Barral.

Podría decirse que este libro, que permaneció inédito por quince años, es una queja en el desierto, de esas que la sociedad no escucha por ser esencialmente homofóbica, pacata, clasista, monetaria, interesada; una denuncia de su familia: egoísta, incomprensiva, sin bondad, individualista; acusación de los sistemas hospitalarios: inhumanos, intolerantes; inculpación del sistema educativo: inoperante, falto de imaginación, orientado hacia quienes tienen recursos económicos y no las aptitudes y los deseos de instrucción; y en general una diatriba, mesurada ciertamente y que no reviste las alharacas, ya un poco trajinadas, de un Fernando Vallejo.

El prefacio como el epílogo del profesor David Jiménez (maestro y amigo de Fernando Molano) y del escritor Héctor Abad respectivamente son muy aclaratorios del origen del libro, así como ilustradoras de las vicisitudes de la corta vida y obra de Molano.

A manera de remate algunas citaciones de este autor colombiano:

– ¿Dónde están las malditas instrucciones para portarse uno bien cuando la vida se enreda?

– El azar sólo ocurre cuando a él le viene en gana.

– Los libros son casi un destino cuando se tienen muchas cosas para conversar sólo consigo mismo.

– Después de todo, escribir es una forma de no enloquecerse con esta puta vida.

– La homofobia es sólo un capítulo más de la erotofobia

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