Después de Gabriel García Márquez, premio Nobel de literatura, aplaudido en coro por todos los colombianos, el presidente Santos recibe tan alta distinción –el nobel de la paz- tras largos años de insistencia, contradicciones, remando hacia atrás en un país que siempre lo ha mirado con recelo.
Juan Manuel Santos nunca fue tan popular para ser elegido congresista, alcalde, gobernador y parecía muy remota la posibilidad de ser Jefe del Estado. Pero las circunstancias políticas, su tenacidad, la permanencia atenta en el tablero del juego político, lo hicieron presidente en circunstancias que el país conoce.
Nunca, sin embargo, le han acompañado el consenso y el aplauso generales. Y no es que se caracterice por un discurso altisonante, ni provocador, ni agresivo. Es que detrás de sus palabras, su cara, su forma, casi todos encuentran reservas, movimientos calculados y cartas guardadas, que generalmente también las tiene.
Es un personaje al que un amplio sector del país observa bajo sospecha, sin poderle tachar nada distinto a su actuación ondulante, como cuando pasó de ser crítico feroz del presidente Chávez en el gobierno de Uribe, a convertirse en su nuevo mejor amigo un día después de posesionarse.
Pero Santos ha seguido con su estilo y sus metas, sin declinar, raramente descompuesto, obsesivo, obstinado, empeñado en la paz del país sin importar tormentas, agresiones y descalificaciones. Y corriendo el riesgo de perderlo todo –su prestigio personal y el rumbo del país- mirando como poseído el paraíso de la paz.
Cuando hubo malas noticias sobre los diálogos de La Habana con las FARC, Santos se mantuvo optimista. Cuando las encuestas lo condenaban, no bajó la guardia ni cambió el discurso. Cuando su popularidad bajó hasta el desprecio nacional, siguió apostándole a lo imposible.
Juan Manuel Santos, premio nobel de la paz, lo es también de la perseverancia, como el hombre feo que elude los desplantes y sigue enviando flores, hasta conquistar a la más hermosa mujer de su entorno, para sorpresa de los arrojados galanes que la pretendían.
Ahora nos falta, al resto de colombianos, gozar de las fiestas, no sólo las que hagan por el premio en el entorno del Presidente, sino la paz general y el bienestar de todos.
