Se nos agota el tiempo

Se nos agota el tiempo

4 de noviembre del 2016

Se cumplió el primer mes de la realización del plebiscito en el que ganó, por escaso margen,  el No y que nos empujó a tan graves y complejas situaciones contra  la Paz, que todavía no hemos podido superar, poniéndose en franco riesgo todo el esfuerzos, de más de cuatro años,  que adelantaron las delegaciones del Gobierno y las de las FARC, en los diálogos realizados en La Habana, Cuba. Y nos da la sensación que el tiempo se va agotando, conduciendo a la sociedad colombiana a un peligroso filo de la navaja, que  en cualquier momento se puede romper con las graves consecuencias que esto generaría.

Pareciera que el Centro Democrático y las otras facciones políticas que votaron por él No,  no conocieran las duras realidades de nuestra historia. Las guerras de guerrillas nos acompañan desde los tiempos inmemoriales, desde “La guerra de Los mil días”,  que fue el último enfrentamiento institucional del partido Liberal con toda su dirigencia,  enfrentado al gobierno de turno representado por el partido  Conservador. Fue una guerra civil de profundas y dolorosas repercusiones para la sociedad colombiana, que todavía seguimos cargando. La Paz fue firmada por sus dos emblemáticos dirigentes liberales: Benjamín Herrera en el acorazado  “Wisconsin” que  estaba fondeado en el océano Pacífico en el puerto de la ciudad de  Panamá, el 21 de noviembre de 1902; y el  General Rafael Uribe  Uribe en una hacienda en el departamento del Magdalena, cerca de la ciudad de Ciénaga,  cuyo nombre era Neerlandia y que le dio el nombre a esos acuerdos de Paz, el 24 de octubre de 1902.

El partido liberal que representaba las fuerzas más progresistas y del cambio social tuvo que ceder, derrotado, sus esperanzadoras banderas; y un partido conservador hegemónico fue capaz de perpetuar durante 45 años todo el caduco statu quo,  defendiendo a los terratenientes  y manteniendo unas relaciones confusas con el Vaticano,  a través del Concordato. En ese periodo se presentaron luchas muy complejas por la tierra y la presencia de guerrillas liberales  encendió parte muy importante del  territorio nacional como lo fueron los Llanos Orientales, Santander, Tolima y Huila, entre otros.

Pactada la Paz con el gobierno del General Rojas Pinilla y posteriormente con los representantes del Frente Nacional, volvió a surgir un nuevo tipo de violencia en los campos, pero esta vez corría a cuenta de nuevos sectores de Izquierda, venidos del trabajo agrario del partido Comunista y nuevos frentes guerrilleros que nacían bajo el impulso de  la Revolución  Cubana. Esta última expresión de violencia y política con armas, es la que el Presidente Juan Manuel Santos y sus equipos negociadores quieren terminar, firmando la Paz. Por eso,  se adelantaron durante cuatro años las conversaciones de Paz con las Farc  en La Habana, Cuba, y ahora estamos ad portas de iniciar el ciclo con el ELN, en Quito, Ecuador.

Esta posibilidad real de Paz es la  que se ha visto seriamente amenazada por los partidarios obsesivos de un No que quieren a toda costa echar por tierra todo lo acordado y firmado. Aquí es donde pedimos sindéresis a estos dirigentes para que no obstaculicen los esfuerzos  fundamentales realizados y  ya casi coronados. No podemos bajo ninguna premisa o pretexto atravesarle más palos a la rueda urgente de la Paz. Los frentes de las Farc están quietos en sus zonas campamentarias esperando la  llegada de los emisarios de las Naciones Unidas que tienen la noble misión de recibir y registrar las armas que se van a dejar, para salir a la lucha política con un nuevo movimiento que permita trabajar en la organización de los sectores campesinos más pobres y lograr su arribo  a los centros de poder legislativo y juntos, iniciar  la gran transformación del agro colombiano que debe resolver nuestras profundas dificultades y deficiencias en productos agrícolas, brindar nuevos trabajos y ocupaciones a los sectores agrarios con metodologías asimiladas y aprendidas del cooperativismo, que tanto aporte y desarrollo ha brindado a otros países de la tierra.

Cuando decimos que el tiempo se nos agota, y de verdad esto es lo que está ocurriendo, es nuestro deber  llamar la atención  para que esos frentes guerrilleros armados sean atendidos muy pronto,  dentro de los nuevos compromisos, para recoger sus expectativas, ayudar a desarrollar sus planes agrarios integrales e impedir sobre  cualquier otra consideración  que por lentitudes inexplicables, inaceptables o burocráticas estos frentes, que han dado demostración fehaciente de no aceptar más la guerra ni la violencia, no vayan a volver a su pasado inmediato y se conviertan otra vez en fuerzas armadas revolucionarias, No,  deben continuar su proceso político  y constituirse en nuevos partidos o movimientos  para que ayuden a dinamizar nuestra aletargada democracia y convertirse en nuevas   oportunidades sociales para nuestro país.

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