Sobre santificados e historietas anexas

5 de mayo del 2012

En la sociedad laica hay hombres sobresalientes en muchas de las áreas del saber, del arte, de la política, de la ciencia, del humanismo. A estos prohombres se les agradece, se les dan galardones, se les declara eméritos y se les presenta como ejemplo a seguir. Qué bien que así sea. En la religión católica, […]

En la sociedad laica hay hombres sobresalientes en muchas de las áreas del saber, del arte, de la política, de la ciencia, del humanismo. A estos prohombres se les agradece, se les dan galardones, se les declara eméritos y se les presenta como ejemplo a seguir. Qué bien que así sea. En la religión católica, hay sin duda también personas que destacan por el cumplimiento y la contribución a esa institución. Derecho tienen los católicos de agradecer y recompensar a estos insignes personajes, así a otros nos parezcan insignificantes sus méritos y por tanto no estemos de acuerdo.

Allá ellos. Tienen total derecho. Lo que es de dudosa e insufrible práctica es que no se contenta la Iglesia con proclamarlos personas excepcionales, sino que se les atribuye el título de santos; hasta aquí no hay nada de extraño, un título como cualquier otro, lo peregrino del certificado que se expide es que éste se acompaña de la atribución de dones extravagantes, sobrenaturales sobre los cuales, mediante lupa, se indaga urbe et orbi hasta que encuentra que el santo ha hecho milagros; hecho que siempre se logra: alguna monja tullida recobra súbitamente la capacidad de brincar, algún enfermo terminal logra prolongar su mísera existencia, algún incrédulo encuentra la fe, algún menesteroso se vuelve millonario, o cualquier otra excentricidad de este estilo. Pero, siempre se encuentra. La tarea es fácil, se establece la conclusión de antemano, es decir, se declara santo al candidato y luego se buscan los medios de justificarla, exactamente lo contrario del método analítico, pero qué le vamos a hacer si la religión está divorciada del racionalismo y se aparenta más al realismo mágico que tan útil nos es en literatura, más no en la explicación cartesiana de los fenómenos.

El trámite que se diligencia en la actualidad es del benemérito y fuertemente mediatizado Wojtyla, quien tuvo por 26 años el cargo de papa con el apodo de Juan Pablo II y que tiene el exótico récord de haber proclamado santos o asimilados a un número que supera los de todos sus predecesores juntos. Es interesante este caso, por su desparpajo y prontísima santificación, para la cual, por supuesto, ya se han encontrado las pruebas necesarias, es decir, los milagros obligatorios para la obtención de tan celestial graduación, en donde el graduando luce aureola a guisa de toga y birrete.

Claro, las cosas no son tan sencillas como aquí se narran, en este santo proceso hay pasos que incluyen escalafones intermedios: beatificación, canonización, santificación, y no sé qué otras naderías más; una buena manera de complicar y darle forma al absurdo, de manera que parezca creíble, “noyer le poisson” (ahogar el pez) dicen los franceses en estos casos. Lo que es equivalente a utilizar la consabida táctica, “si no puedes con ellos, confúndelos” y así llevamos siglos, viendo cómo todos estos embajadores celestiales andan ahogando y enmarañando el pez de nuestra razón con esta sarta de creencias que no son más ciertas que los unicornios, que los dragones, que los ángeles, que los ovnis, que los fantasmas, que las hadas y otras tantas ficciones que nos sirven de esparcimiento, más no de fundamentos analíticos de pensamiento racional.

Tal vez, por sabido que es, no valga la pena recordar las cosas a las que tiene derecho el santo entronizado, como por ejemplo que se le rece, que se le pidan milagros, que interceda por la miserable humanidad ante el dios trinitario –la suprema ficción– de quien se vuelve, ipso facto, asesor por la eternidad.

Y aunque estas fantasías conciernan un grupo privado que tiene derecho a creer en lo que a bien tenga, es inquietante que esta comunidad tenga el no despreciable número de mil doscientos millones de integrantes, muchos de los cuales sueñan y trabajan por convertir, y en parte lo logran, sus estrafalarias ideas en preceptos de los estados laicos. ¿Acaso no se celebran como días festivos y feriados el día de la santísima virgen y de su admirable asunción, el del putativo san José, el del insigne pescador san Pedro, el de los santos reyes magos, el de la circuncisión de Jesús –que no sólo es santo sino dios– y el de otros tantos virtuosos?

¿Cuándo estas fábulas dejarán de rondar a la humanidad, particularmente la Occidental que se obstina en ello impenitentemente? ¿Cuándo nos volveremos mentalmente adultos con capacidad de discernimiento y crítica? ¿Cuándo superaremos la tradición descabellada? Pero, mejor aún, ¿cuándo los sistemas educativos lo serán de verdad, de manera que contribuyan a eliminar este enjambre de candores?

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