Soy Supermán: ¡demuéstrenme lo contrario!

Jue, 09/02/2012 - 00:01
Mi anterior columna sobre el radiestesista contratado con dineros públicos para parar la lluvia s

Mi anterior columna sobre el radiestesista contratado con dineros públicos para parar la lluvia suscitó un debate muy interesante en Twitter sobre la validez de las afirmaciones que hacen las personas que dicen poseer facultades extraordinarias. De especial valor resultó la conversación virtual con Gustavo Wilches-Chaux, quien escribió por esos días un artículo sobre el mismo tema titulado “Diálogo de saberes y control del clima”, donde afirmó que Jorge Elías González era el “poseedor de conocimientos y habilidades de eficacia comprobada para modificar el clima, o más precisamente el tiempo (meteorológicamente hablando) en el lugar determinado en donde requirieran sus trabajos”.

El artículo de Wilches-Chaux trae información valiosa sobre la posibilidad de que existan armas meteorológicas como el sistema HAARP en poder de Estados Unidos, o nuevas tecnologías que le permitirían al gobierno de China crear nubes artificiales y de esta manera manipular el clima. El único reparo que le formulé a su escrito fue con respecto a la afirmación arriba transcrita, sobre la cual no ofreció ninguna evidencia que pudiera sustentarla. A continuación, me exhortó a que presentara “una sola prueba de que lo que escribí (él) es falso”.

Pues bien, la respuesta, por la importancia de sus repercusiones prácticas, pienso que amerita una columna. El tema de la carga de la prueba es capital para determinar la validez de las aseveraciones que hacen las personas en los distintos ámbitos de la vida en sociedad. En el mundo del derecho civil, incumbe probar ante el juez a quien se beneficia de los efectos jurídicos que persigue (art. 177 del Código de Procedimiento Civil). Cosa distinta ocurre en el campo del derecho penal donde, para respetar la presunción de inocencia y el principio in dubio pro reo, la carga de la prueba recae en el Estado, representado por el fiscal, quien debe demostrar la culpabilidad del procesado.

En el ámbito de la ciencia las cosas son a otro precio. Lo que singulariza al método científico como instrumento de comprensión de la realidad es que se apoya en la formulación de hipótesis empíricamente verificables. El científico, por más obvias que le parezcan sus premisas, debe probar la validez de cada una de ellas para edificar su discurso. Opera en la ciencia exactamente la lógica opuesta que en la superstición: como científico debo probar todo lo que pretendo cierto y no exigir a otros, como haría el brujo o el sacerdote, que me demuestren que lo que afirmo es falso.

Es bien ilustrativa a este respecto la analogía de la “tetera celestial” avanzada por Bertrand Russell en un célebre artículo sobre la existencia de Dios, con el objetivo de refutar la idea según la cual compete al escéptico desvirtuar las afirmaciones estrambóticas pero no falsables de la religión. Russell plantea que de afirmarse que entre la Tierra y Marte hay una tetera china girando alrededor del Sol en órbita elíptica, nadie sería capaz de desmentir esta aserción, en especial si se agrega que la tetera es demasiado pequeña para ser vista por el más poderoso telescopio. Sin embargo, sostener que dado que esta afirmación no puede ser refutada definitivamente no es razonable dudar de ella, resulta de una presuntuosidad inaceptable y me convertiría en un charlatán. En otras palabras, es posible que el “monstruo espagueti volador” (en lugar del Bing Bang) haya sido el responsable de la creación del universo. Es posible, claro, pero muy poco probable y el principio de probabilidad hace que no todas las afirmaciones tengan igual validez y unas sean más razonables que otras.

Es verdad que el pensamiento mítico precedió al científico. La alquimia y la astrología de cierta manera prefiguraron la química y la astronomía. Se trató de secuencias históricas, pero ello de ninguna manera significa que a ojos de la modernidad ambas perspectivas tengan la misma validez. El pensamiento científico reemplazó al mítico en su tarea de explicar el mundo justamente porque puede probar que sí funciona.

Al contrario de lo que afirman muchos crédulos, el racionalismo y su consecuente escepticismo no son actos de “insensibilidad” ante lo extraordinario, sino de física supervivencia en un mundo aún amenazado por el abismo de la sinrazón, la superstición y la charlatanería. La posibilidad de pensar, en lugar de creer, es tal vez la mayor facultad con que premió la evolución al hombre en relación con los demás seres vivos. Desde luego que no cultivarla es una opción que le otorga el libre albedrío, pero además de anularlo como ser autónomo puede resultar peligrosa. El onus probandi de eventos y facultades asombrosas recae en quien defiende su existencia. Para ponerlo en términos de Sagan:extraordinary claims require extraordinary evidence". De lo contrario, todos seríamos Supermán hasta que se nos demuestre lo contrario.

@florezjose en Twitter

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