Técnicos y políticos: la distancia cada día más grande

24 de enero del 2011

Un recorrido por varios países de América Latina demuestra claramente que entre los técnicos y los políticos, como en el famoso bolero, “la distancia entre los dos es cada día más grande.” Actualmente la tecnocracia latinoamericana compite altamente en cualquier parte del mundo y ha cambiado, no solo en términos de su nivel educativo sino también por su mayor sensibilidad frente a la realidad de millones de personas en esta parte del continente: son menos arrogantes, más independientes, más críticos. Pero en lo que sí siguen igual o peor, es en su desprecio hacia la política por la cual muchos llegan a expresar una especie de alergia. En cierto sentido tienen razón porque, con la excepción de muy pocos países, los políticos siguen sin mayores cambios: llenos de poder que se consigue generalmente con populismo, clientelismo, poco estudio y menos transparencia. No en vano los congresos de la mayoría de los países de América Latina figuran en la escala más baja de valoración por parte de la sociedad. No es fácil generalizar, pero con mayor frecuencia se asocia un político a la corrupción que un tecnócrata.

Pero sinceramente, esta distancia entre el conocimiento y el poder, mata, y mata precisamente a quienes más los necesitan: a los sectores pobres y marginados de la Región, a quienes no tienen ni el saber ni el poder ni los medios para salir de su precaria situación. Lo que puede ser peor, es que frente a este profundo distanciamiento, se percibe una cierta resignación de los técnicos frente a la tragedia de la mala política, porque es una tragedia dadas las consecuencias funestas que todos padecemos y conocemos. Y esta situación se agrava porque a este sector estudiado y estudioso le va generalmente muy bien: financiado y apoyado por la banca internacional y el sistema de Naciones Unidas, que los demandan permanentemente como asesores, consultores e inclusive como investigadores en los temas que dominan. Buenos ingresos y una vida tranquila lejos de los altibajos, riesgos y costos de la política.

Mientras esto sucede, la política latinoamericana, con excepciones sin duda, sigue en las mismas. La malversación de recursos públicos es una penosa realidad que tiene en el sector privado a sus cómplices y que cuenta con sus cuotas de poder en el Ejecutivo. En muchos de nuestros países no ha sido posible que se vea la política como una misión y no como un negocio, y ¿cuál es el resultado? Ya se sabe. Las economías crecen pero la pobreza no baja lo suficiente y lo peor, cuando los pobres ganan, como en Chile, los ricos ganan más de manera que, no obstante los esfuerzos de análisis de la tecnocracia, muy poco cambia, no se reconocen los errores de política, se sobrevenden los éxitos. Resultado final, no obstante la buena investigación y los brillantes tecnócratas latinoamericanos, pasa muy poco gracias a la creciente distancia entre tecnócratas y políticos. O los tecnócratas se ensucian de política de manera masiva para poderla cambiarla y sacar a los malos políticos o todos moriremos con remordimiento de solo haber llenado los anaqueles de estudios que el Banco Mundial, el BID, el FMI y Naciones Unidas utilizan, sin mucho éxito. Más responsabilidad de la tecnocracia con sus respectivos países, menos plata y menos tranquilidad para transformar la forma como se maneja el poder en América Latina.

Solo una pregunta: ¿se atreverían en Colombia a pasar el Gabinete al Congreso y el Congreso al Gabinete?

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