Tres ataúdes blancos o ironía al rescate

8 de febrero del 2011

Cierro la novela de Antonio Ungar y espero unos días hasta entender el trance en que me ha dejado. No es un mal trance, ni una mala novela, pero todo trance es engañoso.

Tres ataúdes blancos, ganadora del premio Herralde 2010, comienza con el homicidio de un líder político. Desde que el asesino pronuncia la sentencia “tome, malparido”, el lector se sitúa en Colombia, la tierra natal de Ungar, aunque debe aguantar llamarla Miranda a lo largo de más de doscientas páginas.

Tres balazos le vuelan la cabeza a Pedro Akira, el prometedor candidato de Miranda, y menos tarda la testa en caer sobre un plato de canelones, que los miembros de su partido en encontrarle a un doble. Aunque muy inferior al original, el hombre que suplanta a Akira es supuestamente capaz de engañar a todo el país de Miranda pues es idéntico a él en apariencia. Al ir saliendo de las vendas y de los sueros falsos, el narrador, un tímido universitario que nunca antes había dejado la casa paterna, va adquiriendo la hombría que le faltaba.

Para bien y para mal, la pluma de Ungar es seductora. Desde un principio, su humor comienza a barrer nuestras defensas. Quedan grabadas en mi memoria presentadoras de televisión que sonríen quietas y sin parpadear “como si las desconectaran”, y una propaganda de gelatina que “se desprende” después de la noticia de un hecho violento. El narrador de la novela es un aficionado a la televisión y verla a través de sus ojos es uno de los grandes placeres del libro.

Ungar es no sólo capaz de deconstruir los ritmos y yuxtaposiciones grotescos cortesía de nuestros medios de comunicación. En el libro juega a algo más peligroso, que es imitar las tácticas de propaganda de la derecha para ilustrar la visión política de su narrador: la repetición sin misericordia de los Escuadrones de la Muerte y de sus masacres buscan abrirle los ojos a un lector adormilado por ese ángulo de la realidad colombiana que ha dominado el manejo mediático durante el anterior gobierno: la lucha contra la guerrilla. Ungar busca ofrecer un balance de la realidad mostrando la podredumbre de la derecha, pero al imitar sus tácticas de repetición y sus ángulos ciegos, deja al lector al borde de la náusea.

Me toma varios días recuperarme de esa lectura que se hace a gran velocidad y que oscila entre el humor y las sensaciones fuertes, dadas por esa gran violencia que como colombiana me es tan familiar y me remueve por dentro. Me esfuerzo por ver al libro como un libro, no como ese espejo grotesco del que no puedo despegar los ojos.

Narrativamente hablando, me quedan dos interrogantes. Cómo el protagonista, aquel narrador poca cosa, se convierte en héroe gracias al sexo con la enfermera que lo acompaña y a la persecución, no me queda tan claro. Me faltó ver qué cambio profundo sufrió su identidad y ser convencida de ese cambio. Segundo, ¿será tan verosímil que un cerebro sobreviva tres tiros? ¿Será un país entero capaz de creérselo, como lo sugiere la novela? Aquí es donde la ironía viene al rescate de Ungar: al fin y al cabo, él sólo nos está sirviendo una sátira de Colombia, y en las sátiras, no sólo todo es posible sino que quien las cuestione puede ser tildado de tonto, por interpretarlas literalmente.

Me atrevo a preguntarme si la narrativa de Ungar se esconde un poco tras esa ironía, al faltarle algo de verisimilitud psicológica, quizás lo más difícil de lograr para un novelista. Sin embargo reconozco que el libro fue capaz de sacudirme y de seducirme, hasta cierto punto.

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