Una propuesta para quienes leen mi columna

4 de mayo del 2012

Hace más de año y medio, cuando empecé a escribir esta columna, seguí el consejo de quien entonces era mi editor, Simón Posada. Simón me dijo que no contestara los comentarios que me hacían luego de publicados mis textos. También seguí el consejo de Adolfo Zableh, quien además mandó a quitar la opción de comentar […]

Hace más de año y medio, cuando empecé a escribir esta columna, seguí el consejo de quien entonces era mi editor, Simón Posada. Simón me dijo que no contestara los comentarios que me hacían luego de publicados mis textos. También seguí el consejo de Adolfo Zableh, quien además mandó a quitar la opción de comentar en su blog. Durante un año leí los comentarios desde la oscuridad, sin hacer ni un ruido, sin que nadie supiera que ahí estaba yo, pendiente de todo.

Hace pocos meses perdí lo que me quedaba de voluntad y comencé a contestarles a quienes comentaban algo refiriéndose a mí por mi nombre. Confieso que ignoré las críticas positivas y me concentré en las negativas. La gente puede opinar lo que quiera. Pueden pensar que mi trabajo es mediocre, que solo escribo sobre prostitutas, homosexuales, lesbianas, strippers, drogas y peleas, que me falta investigación, que estoy loca, que soy demasiado gorda para estar escribiendo, que no merezco llamarme periodista, que me falta contenido, que soy vulgar, que solo llamo la atención, que soy una rebelde sin causa… Hablen. Que hablen bien o mal, pero que hablen.

Todas estas opiniones son válidas, a pesar de que solamente me importe lo que digan los directores de Kien&Ke, quienes son, al final del día, quienes deciden si me merezco mi sueldo, o si me quedo sin trabajo. Todo el mundo puede pensar lo que quiera, y pueden decir lo que quieran. Al fin y al cabo, estamos abriendo un espacio para que opinen y no los estamos limitando.

Me llama mucho la atención que mis críticos más duros sean siempre los mismos. Personajes que coinciden en que el contenido de mi trabajo es “una mierda”, pero siempre leen mis columnas. Parece que las esperaran como una cobra enjaulada espera su ratón. Siempre comentan, lo que quiere decir que siempre me leen. Y luego escriben.

Pero es gente que no tiene argumentos válidos, y no son válidos sus argumentos puesto que no están haciendo una crítica constructiva, al contrario, atacan mi personalidad y algunas veces hasta mi apariencia física. Me han llamado degenerada, perra, zorra, sucia… podría seguir y ocupar varios renglones con sus estupideces.

Pero el día que más me indigné no fue leyendo los comentarios de mis columnas, sino la última columna, ‘Oda a la marihuana’, de Fanny Kertzman, a quien admiro profundamente por su valentía, y sobre todo, su maravilloso “importaculismo”. Algún desocupado se atrevió a llamarla “puta”. La gente tiene argumentos para no querer a Fanny, los que sean, pero, ¿puta? ¿Por qué “puta”? ¿Qué tendrían que ver sus preferencias sexuales con el contenido de sus columnas? Yo no me explico qué pasa por la cabeza de alguien cuando hace un comentario como ese. ¿Puta? ¿En serio?

Otra periodista que recibe comentarios igualmente estúpidos es Catalina Ruiz-Navarro, en su blog de El Espectador. Hace unos meses escribió: ‘Vírgenes y putas’, sobre la marcha de las prostitutas. Los comentarios parecían escritos por habitantes de Sodoma y Gomorra después de una bacanal de siete días. “Puta” es un piropo, ojalá hubiera sido lo único que le dijeron. La gente no tiene ni idea de qué habla, los niveles de ridiculez de los comentarios son inimaginables.

Estoy convencida de que esta gente esta sentada frente a su computador todo el día y solo se para a mear y abrir la puerta cuando suena el timbre. Los imagino desempleados resentidos, gente con poca imaginación y menos formación intelectual. Yo no soy una lumbrera, soy de carne y hueso como todos. No me las doy de intelectual, a nadie le he contado las cosas que he leído y las que me faltan por leer. Pero estoy segura de que cuándo no tengo algo positivo que decir, no digo nada. Si mi crítica no ayuda a quien critico, ¿para qué critico?

Hoy mismo me encuentro con el comentario de un dizque “señor” que se ha atrevido a afirmar que el lesbianismo es una perversión, como la prostitución y las drogas. Perverso. Yo no me explico de qué Era ha escapado, pero me atrevo a afirmar que si esas son sus convicciones, las máquinas del tiempo sí existen. Este “señor” no debería estar entre nosotros sino entre esos cavernícolas de comic que arrastran a sus mujeres del pelo.

Yo los invito a todos a que usen la cabeza, a que aprovechen la educación que con tanto esfuerzo les pagaron sus padres, sus abuelos o sus tíos. Y quienes se la pagaron por su cuenta, con más razón. Justifiquen ese esfuerzo y denme argumentos válidos, constructivos. A mí y a todos los escritores y periodistas. No estoy pidiendo que les guste lo que hacemos. Estoy pidiendo que sean civilizados y coherentes. Se vale que piensen lo que quieran, de verdad, así como yo pienso exactamente lo que quiero, siempre.

Una idea, si le parece tan mediocre o cochino lo que yo hago, ¿por qué no se toma el trabajo de escribir algo mejor y me lo muestra? Quizá a mis jefes les guste más que lo que yo escribo, y entonces usted podría acceder a mi puesto, y yo volvería a dedicarme a cualquier trabajo de oficina como el que tuve durante tanto tiempo.

@Virginia_Mayer

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