Nicolás Maduro Moros (Caracas, 1962) fue, durante más de una década, el hombre que sostuvo el poder en Venezuela tras la muerte de Hugo Chávez, líder del chavismo. Su trayectoria mezcló sindicalismo, lealtad partidista y control institucional. Pero el relato cambió de golpe a comienzos de 2026: Maduro fue capturado por fuerzas de Estados Unidos y trasladado a Nueva York para enfrentar cargos federales.
Orígenes: del transporte al sindicalismo
Según su propia versión, Maduro creció en una familia de recursos moderados y se vinculó temprano a la militancia de izquierda. No siguió una ruta universitaria típica. En cambio, afirma haber recibido formación política en Cuba, un dato que suele aparecer en perfiles biográficos. Después trabajó como conductor de bus en Caracas y, desde ese mundo, escaló en el sindicato del transporte hasta convertirse en dirigente.
El salto con Chávez: lealtad y partido
El punto de quiebre llegó en los años noventa, cuando se acercó a Hugo Chávez y se integró al movimiento que luego gobernaría el país. Ya con Chávez en la Presidencia, Maduro entró de lleno a la política institucional: participó en la Asamblea Constituyente de 1999, fue legislador y terminó ocupando posiciones cada vez más relevantes dentro del oficialismo. En ese proceso, su principal capital político fue la lealtad al proyecto chavista.
Canciller y heredero: el camino a Miraflores
El cargo que lo volvió figura nacional fue la Cancillería. Maduro fue ministro de Relaciones Exteriores entre 2006 y 2013, y se consolidó como una de las voces más visibles del chavismo en el exterior. Luego, en 2012, Chávez lo nombró vicepresidente y lo señaló públicamente como su sucesor. Tras la muerte de Chávez, en marzo de 2013, Maduro asumió como presidente encargado y ganó las elecciones del 14 de abril de 2013 por un margen estrecho frente a Henrique Capriles.
El poder bajo crisis: economía, migración y denuncias
Con Maduro en el poder, Venezuela atravesó una crisis prolongada. Informes como los del Congressional Research Service de EE. UU. describen un escenario de concentración de poder y deterioro político, y recuerdan que la reelección de 2018 fue ampliamente cuestionada por falta de garantías. Ese antecedente, sumado a la tensión permanente con la oposición, terminó por erosionar la legitimidad de su mandato.
En lo social, el dato más visible fue la migración masiva. ACNUR estima que el número de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo llegó a casi 7,9 millones, una cifra que retrata el tamaño del impacto regional.
Elecciones 2024 y el tercer periodo
En las presidenciales de julio de 2024, el ente electoral anunció la victoria de Maduro, pero el proceso quedó atravesado por acusaciones de irregularidades y por el reclamo opositor de que el triunfo les pertenecía. En medio de ese ambiente, el 10 de enero de 2025 Maduro fue juramentado para un nuevo mandato hasta 2031, otra vez bajo cuestionamientos internacionales sobre la legitimidad del proceso.
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El pulso con Washington: cargos y recompensa
En paralelo, Estados Unidos venía tratando el caso de Maduro como un expediente judicial. En marzo de 2020, el Departamento de Justicia lo acusó de delitos como narco-terrorismo y conspiraciones relacionadas con tráfico de drogas y armas. Años después, en agosto de 2025, el Departamento de Estado informó un aumento de recompensa de hasta 50 millones de dólares por información que condujera a su arresto o condena.
Enero de 2026: captura, juicio y vacío de poder
El 3 de enero de 2026, Maduro fue capturado en una operación en Caracas y quedó detenido en Brooklyn, a la espera de comparecer ante una corte federal en Manhattan por cargos de narco-terrorismo y otros delitos. Tras ese golpe, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada y publicó mensajes orientados a buscar una relación más manejable con Washington, al menos en lo diplomático.
Por qué importa (también para Colombia)
Lo que pase en Caracas se siente en toda la región. Con una diáspora de millones y Colombia como uno de los principales países receptores, cualquier cambio abrupto de poder puede mover asuntos de migración, frontera, seguridad y economía cotidiana. Además, puede reconfigurar alianzas en América Latina en cuestión de semanas, con efectos políticos que no se quedan solo del lado venezolano.
