Análisis sin fronteras

19 de febrero del 2011

En los últimos días nos hemos enterado que los niños en las escuelas están siendo capacitados en cómo reaccionar ante situaciones de violencia, se habla de desarrollar protocolos de seguridad. En mi experiencia profesional desarrollando este tipo de programas y documentos para diferentes organizaciones públicas y privadas, he visto la gran utilidad que estos instrumentos pueden aportar.

Un protocolo es una secuencia estandarizada de acciones a llevar a cabo, su objetivo es reducir el impacto de las crisis, al evitar tener que tomar decisiones en el mismo momento de que estas se presentan; la idea es que todos los involucrados sepan aplicar procedimientos que sean eficaces.

Un buen protocolo debe especificar qué hacer, cómo hacerlo, con qué hacerlo y las fases en que ha de aplicarse, definiendo acciones concretas y especificando cada cosa que se debe de llevar a cabo. Esto los convierte en instrumentos operativos, ya que deben ser formulados de manera que sean muy fáciles de aplicar, sin ofrecer lugar a dudas, por personas que dominen los temas.

No obstante la utilidad probada de los protocolos de seguridad, a algunas personas les preocupa que esto esté pasando porque piensan que es algo negativo, que le estamos quitando tranquilidad a la vida de nuestros hijos. Tal vez conviniera recordarles a estas personas las palabras de San Francisco de Sales, quien alguna vez dijo: “Lo que se hace con precipitación nunca se hace bien; obrar siempre con tranquilidad y calma”.

La realidad es que tenemos que tener estos conocimientos para que todos sepamos qué hacer cuando una eventualidad se presenta, y estos conocimientos deben de abarcar cualquier riesgo a los que se esté sujeto, es decir no sólo balaceras, sino cómo otorgar primeros auxilios, cómo reducir el acoso estudiantil, cómo reaccionar ante la presencia de drogas o la existencia de armas, se pueden aportar elementos básicos de protección civil, entre otros muchos aspectos, ya que si sabemos cómo reaccionar podremos salvar vidas o reducir daños.

La prevención es una cultura que nos falta por desarrollar en nuestro país, ya que estamos demasiado acostumbrados a improvisar, a reaccionar ante los problemas en vez de tener respuestas previamente planeadas.

Hoy en día, los más diversos factores internos o externos hacen que las situaciones inesperadas se conviertan en algo cotidiano, las contingencias ocurren casi a diario; únicamente su intensidad e impacto es lo que variará. Las crisis no se pueden considerar como algo inesperado, debemos estar preparados para hacerles frente.

Imagínense la diferencia que hace el saber qué hacer cuando una persona se está ahogando con un trozo de comida, o si supiéramos qué hacer ante un robo con violencia, o cómo atender los casos de violencia entre los jóvenes, cómo sofocar un fuego en la cocina, cómo evitar un corto circuito, entre otras muchas situaciones que nos sería muy útil saber cómo hacerles frente, en vez de querer reaccionar para atenderlas sin tener noción de técnicas o procedimientos probados que nos permiten controlar estas situaciones eficazmente.

Todos debemos de ir generando una cultura de la prevención, pero es muy recomendable iniciarla en las escuelas. No podemos hablar de una formación integral en la sociedad si la escuela no interviene decididamente en la formación en valores. Los valores se fundamentan en creencias y actitudes que se aprenden más fácilmente en la juventud, por ello es necesario que los valores relacionados con la salud y la seguridad se trabajen en el aula, y se aprendan desde la realización de buenas prácticas, para proporcionar herramientas que les permitan tener una vida más saludable y segura que la nuestra.

La cultura de prevención de una comunidad es el producto de los valores, actitudes, competencias y patrones de comportamiento, que determinan el nivel de compromiso, el estilo y la capacidad de los programas de salud y seguridad, así como la eficacia de las instituciones con las que cuenta.

La conciencia del peligro y los conocimientos para prevenir los desastres deben formar parte de la vida diaria de las personas. Por ello es importante establecer medidas y acciones dispuestas con anticipación para evitar o impedir la ocurrencia de un evento adverso o para reducir sus efectos sobre la población, los bienes, y los servicios. Ésta es una responsabilidad de todos. Es por ello la necesidad de crear y fomentar una cultura de la prevención, donde los medios de comunicación, las autoridades, los padres de familia y los maestros son piezas fundamentales, ya que actúan como multiplicadores de la información en una sociedad.

Necesitamos participar todos en aquello que nos fortalezca, en lo que nos hace una mejor comunidad, sabemos que hemos perdido mucha de nuestra tranquilidad pero no podemos quedarnos sentados quejándonos, criticando y cuestionando lo mal que hacen las cosas los demás. Si queremos que las cosas cambien tenemos que hacer cosas diferentes, aprender nuevas enseñanzas, esforzarnos cada uno más en lo que hacemos, involucrándonos en lo que pasa en donde vivimos, buscando mejorar el país que queremos dejarles a nuestros hijos.

www.anamariasalazar.com

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