El don de la gratuidad

14 de enero del 2011

Cuando bebas agua, recuerda la fuente” Proverbio chino

La tregua festiva de fin de año no dio tregua a los actos violentos. Como si los colombianos no supiéramos estar en la vida de otro modo, de ese modo en el que millones de seres en el mundo andan sintiendo la sangre correr dentro de sí, sus corazones latiendo, sus quehaceres produciendo, resolviendo conflictos en diálogo tolerante, aportando a otros un mejor modo de trascurrir los días y las horas en mutuo disfrute. Antes de que esta manía nuestra de andar matándonos y agrediéndonos por un sí, por un no, la manía de expresar la alegría o el disenso a bala, a golpe, a insulto, como si cada encuentro con el otro, aún el más inofensivo cruce de palabras o de miradas fuera un crucial dilema de vida o muerte, antes de que en cada casa, en cada esquina, en cada calle, en cada camino sigamos con esta peculiar manera de ser intolerantes y de apelar a la fuerza para dominar, para imponer nuestras verdades y exigir el reconocimiento que no ganamos manteniendo la calma, antes de que se vuelva triste la mirada esperanzada del comienzo de año, es pertinente hacer un alto para reconocer en el camino una senda que nos conduzca a las cosas del mundo, las simples cosas que nos son amables. A ver si nuestros ojos, cansados del horror, del miedo, de la corrupción y el engaño, pueden reconocer lo mucho por celebrar, mirar de frente, ofrecer “buenos días” con una sonrisa, recibirla sin sospecha, apreciar la algarabía infantil en los juegos, la brisa que ahuyenta los males, el silencio elocuente de los amaneceres.

Inmersos en los tiempos que nos tocó vivir nos cuesta trabajo elevar la mirada para reconocernos en la humanidad que nos habita desde niños, paraíso perdido de las ilusiones por venir y del gozo profundo de la gratuidad que algunas cosas, aún, conservan ese don. Olvidamos que es más lo que nos define como iguales que aquello que argumentamos como irreconciliable. Que la “gente como uno” es más que la que pertenece al mismo club social que nosotros, que hay mucha gente decente. Las cosas más sencillas son pretexto abundante para la inteligencia que le apuesta al más armonioso estar en la tierra: el privilegio de comprender que somos parte articulada del mundo, que la renuncia de uno sólo al cuidado de sí y del otro es una fisura que resquebraja cualquier solidez construida ladrillo a ladrillo. La soledad y el sinsentido, la desazón y el descontento encuentran cura en la gratuidad de la vida que está dispuesta a estar ahí, como el aire, para ofrecer sin más respuestas a nuestras preguntas por el sentido, con la decisión de aceptar resolver las dificultades sin renunciar, sin destruir, con sólo aceptar agradecidos lo que se nos da sin haberlo pedido, celebrando las cosas más simples en toda su magnificencia, escuchando las voces de los demás como si fueran las nuestras. Porque las simples cosas y las vidas simples son nuestras cosas y nuestras vidas.

Nunca agradecemos lo suficiente todo aquello que tiene ese don de ser gratuito. Si para conjurar a Friedman, quien popularizó la frase “No hay almuerzo gratis”, usáramos la máxima “Lo mejor de la vida es gratis”, podríamos, tal vez, conjurar el embrujo del hábito calculador que nos obliga a sumar y restar costos y beneficios en todo lo que nos atañe, que convierte las vidas y lo que la vida nos trae en simples medios, en una cadena sin fin de utilitarismos vanos que terminan llenando de vacío nuestro estar en el mundo de la vida. Cual Midas contemporáneos, terminamos volviendo cosas todas las vidas que nos tocan, dándole valor de cambio a todo aquello que importa.

Los privilegios que nos dan nuestros sentidos, la capacidad de andar y la posibilidad de razonar, nos ofrecen inmejorable ocasión de aprendizaje conjunto desde el goce más íntimo: el sonido de las olas al romper, el vuelo de un ave, el olor de la hierba recién cortada; pies descalzos sobre la arena, risas mojadas bajo la lluvia, lunáticas noches, cielo estrellado, abrazo sin ton; andar por un parque, pararse en una esquina y mirar gente pasar; novios en trance de beso, viejitos al sol, perros que ladran y todo lo huelen; conversar, usar 26 letras una tras otra para armar historias, sortilegio vuelto palabras que cobran vida y nos dan de vivir. Privilegios que nos enseñan a resolver los conflictos en diálogo tolerante, a pedir en vez de exigir, a no agredir a los demás por un “quítame de ahí esas pajas”, a pedir disculpas, a admitir errores, a no dejarnos llevar por la pasión colombiana, a hablar en vez de gritar, a pedir permiso en vez de empujar, apelar al sentido del humor en vez de perder la cabeza. La ira que sustituye a la calma arrasa lo bueno y lo simple, mata a los hijos por peleas de esposos, da tiros de gracia a estudiantes juiciosos, encadena soldados para canjearlos por presos, ensordece la paz de las aves, ensombrece la llama del atardecer más hermoso, ahoga la dicha del padre que grita “Es niño, es niño!”

Ante miradas que matan, una sonrisa desarma. Ante palabras que hieren, un “gracias” es música. Sonrisas y palabras amables, miradas francas, gestos afectuosos, caricias para los sentidos más rudos, señales que vienen a decirnos que estamos dispuestos a aceptar un mundo para los otros donde creíamos que es sólo nuestro. Ampliar la mirada del otro con la misma gratuidad de un museo a fin de mes, de una biblioteca pública todos los días del año, de una cuenta de correo electrónico, el fluir de una comunicación abierta, conectarnos al mundo de los demás sin tanto prejuicio. Soñar no cuesta nada. Aunque a veces los sueños nos pasan factura.

Dos cosas llenan la mente de asombro y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.” Kant

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