Fuerzas Primitivas

Fuerzas Primitivas

4 de noviembre del 2010

Escuché a un General decir que cuando los reclutas llegan a los cuarteles, son primitivos. Relataba que no era extraño sorprenderlos defecando en los orinales.

En alguna visita al Putumayo coincidí en el aeropuerto con tropas que llegaban de Pasto a refrescar contingentes extenuados de combatir en la selva.

El “paro armado” de las guerrillas tenía bloqueadas las carreteras del departamento. Varios días en la zona me permitieron percibir el entorno terrible de la guerra. Los pobladores confinados en sus casas pasaban penurias sin poderse mover ni abastecer.

Los soldados que descendían del avión eran niños. Hacían algarabía como si fueran de paseo. Los observaba y pensaba en el infierno que les esperaba en la zona de candela de la selva amazónica.

Evacuaron el vientre del avión, detrás salió la tripulación civil que renegaba porque los peculiares pasajeros habían robado cinturones de seguridad.

Tal vez al lector le moleste el relato. A mí me duele.

Lo traigo para subrayar que la guerra colombiana no se ganará nunca, entre otras razones porque de lado y lado la pelean jóvenes del lumpen urbano y del pobrerío campesino, retorcidos en ambientes de miserias. Se sabe que los beneficiarios de la guerra no pelean. Las elites azuzan, no envían a sus hijos al frente.

La saga macabra de los “falsos positivos” se explica en ese contexto. Cerca de tres mil jóvenes recogidos al azar en plazas de pueblos, fusilados a sangre fría por tropas descarriadas del Ejército para cobrar “premios” por los cadáveres disfrazados de guerrilleros.

Así se explican tantos horrores que involucran a miembros de cuerpos de seguridad del Estado. Días atrás condenaron en Bogotá a 46 años de cárcel a un guardaespaldas del DAS por abuso sexual. Sus víctimas, cinco menores de 10 años. ¡Cosas repugnantes ocurren en la olla podrida del DAS!

No faltan noticias de miembros de la fuerza pública comprometidos en delitos atroces, incluidos altos mandos. Para pasar de largo se dice que son “casos aislados”. No es cierto. Si se pone la lupa desde los “chulavitas” hasta nuestros días, la observación puede resultar espeluznante. La barbarie uniformada y de los cuerpos secretos del Estado es de tal magnitud, que explicaría ella misma la inviabilidad de la paz por los caminos de represión en los que se persiste sin éxito.

Creer que Colombia puede disciplinar cerca de 500 mil hombres que tiene en armas, reclutados en su mayoría en las canteras extraviadas de esta sociedad violenta y desvariada en las que también se surten fuerzas terroristas y delincuenciales, es ilusorio y hasta irresponsable.

Para calibrar la calaña del adversario, vasta leer a Ingrid Betancourt. Las guerrillas son tropeles degradados y sin rumbo que arrastran sus vidas hacia los infiernos como almas en pena, sin gracia ni esperanza. Ni hablar de paramilitares y demás espantos.

En el teatro de horrores que está montada Colombia, no hay salida. Esta guerra obcecada y obscena puede llevarse en paro otras varias generaciones, fuera de las que ya se llevó entre los cachos.

En las guerras se cometen atrocidades, a pesar del sacrificio de servidores impolutos y heroicos que se juegan la vida soñando con salvar a sus semejantes.

Acaban de filtrar en “Wikileaks”, portal de delaciones en Internet, cerca de 400 mil archivos secretos del Pentágono que revelan barbaridades sobre la guerra fallida de Irak.

La guerra colombiana está perdida de todos los lados. Lo que acontece del lado terrorista repugna. Pero si por allá llueve, por acá no escampa. Colombia sucumbe arrastrada por energúmenos sin explorar caminos que prometan destinos distintos al desastre del fuego cruzado y la ignominia.

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