Galán y Escobar ante la Historia

19 de julio del 2012

En 1989 fui Delegado a la Convención Liberal que decidió, por exigencia de Luis Carlos Galán, el establecimiento de una Consulta Popular como mecanismo de selección del candidato oficial del partido. Fui representando la juventud liberal, pero también a un sector del oficialismo que apoyaba la candidatura de ese gran colombiano que fue Hernando Durán […]

En 1989 fui Delegado a la Convención Liberal que decidió, por exigencia de Luis Carlos Galán, el establecimiento de una Consulta Popular como mecanismo de selección del candidato oficial del partido. Fui representando la juventud liberal, pero también a un sector del oficialismo que apoyaba la candidatura de ese gran colombiano que fue Hernando Durán Dussán. De manera que con militancia definida, asistí al evento democrático donde se protocolizarían los pactos consensuados entre el joven caudillo del Nuevo Liberalismo y la alta jerarquía del partido.

Galán vivía cerca de mi casa en el barrio San Patricio de Bogotá, de modo que lo veía con frecuencia aunque no había cruzado palabras con él, y más bien le profesaba cierta antipatía por culparlo del naufragio de la reelección de López Michelsen, quien para entonces era mi “norte” intelectual. Por eso, a pesar de María Cristina Mejía e Ivonne Nicholls que intentaron persuadirme de acompañar la causa galanista, fui a la convención muy duranista.

Por llegar temprano me tocó primera fila, justo a la izquierda del atril de los oradores. Después de varias intervenciones, Galán empezó serenamente su discurso y fue tejiendo la argumentación que daba sustento al pacto de su reingreso a las filas oficiales. Poco a poco, con sólida destreza idiomática, expresada con entonación rítmica y enfocando al auditorio con esa mirada profunda que invadía todos los rostros, fue enfatizando sus ideas con gestos acertados, mientras usaba magistralmente el persuasivo timbre de su buena voz, y convirtió su discurso en un huracán de argumentos perfectamente entrelazados, cuya contundencia contagió de idealismo y optimismo el gran salón. Su magnetismo había cautivado la multitud que aplaudía sin parar mientras coreaba su apellido con alegría y espontaneidad.

Casi al final, soltó una lección de tolerancia y grandeza, inesperada en aquellos tiempos de tanta polarización: “¡No reconozco enemigos dentro del Partido Liberal!” El efecto de la impactante exposición en el auditorio, notificó a todos sobre la estatura política de Galán… Estaba ante un hombre singular y sin advertirlo me paré a aplaudirle, para cuando culminó, yo también era galanista…

Galán fue de esos hombres que han nacido pocas veces. Mi admiración por él fue natural, franca y transparente como él mismo. Su muerte apagó una luz fuerte que permitía ver los caminos del porvenir, con su partida perdimos el paradigma de pulcritud y corrección que pudo trazar, para las generaciones venideras, un designio muy diferente a esta cadena de odio, tropiezos y muerte que marcaron las últimas décadas.

Ahora, la televisión recrea la parábola vital de Pablo Escobar, y quizá por obra del sorprendente talento de Andrés Parra, se retuercen las dimensiones de los protagonistas de la debacle. En un país loco que sacó del pénsum escolar las clases de Historia, los jóvenes no tienen registro sobre lo sucedido y queda la televisión como instructora del pasado. Para los niños y los extranjeros que vean la serie —así sea del mal— el gran genio de aquel tiempo, sin duda, será Pablo Escobar.

Ignoro si los productores en el esfuerzo por observar fidelidad sobre el personaje principal dejaron de investigar más a fondo para que los actores encarnaran a los demás protagonistas, pero cuando veo un buen actor como Nicolás Montero haciendo en vano el esfuerzo por asimilar a Galán, tratando infructuosamente de convertirse en él, pero sin su brillo, sin su elegancia, sin su magnetismo, sin su voz, sin la magia de su aura, concluyo que la serie distorsionó para siempre el contraste abismal entre el monstruo execrable que vivió en el cuerpo de Escobar y el hombre sin tacha que fue Galán.

Vale destacar el papel de Gustavo Gaviria estupendamente representado por Cristian Tappan; da gusto ver a Rodríguez Gacha fielmente copiado por Juancho Arango, o la caracterización heroica del coronel Jaime Ramírez Gómez. En cambio, Rodrigo Lara Bonilla aparece como un cachaco estirado, estrato 20, que no era. Belisario Betancur, un humanista cultísimo y brillante, sale caricaturizado como un mentecato en la presidencia. Sin duda, la peor parte le tocó a Alberto Santofimio, a quien pintaron como un rufián aunque Galán —en vida— dijera:

“…Quiero expresar que me siento orgulloso y satisfecho al ver que los hombres más importantes del partido han respetado los acuerdos… Respeto a todos y cada uno de los aspirantes a la candidatura liberal, y en la misma medida que los respeto será más honrosa una victoria sobre adversarios que merecen mi consideración…”

Esas palabras penden de la historia verdadera. Así se refirió Galán sobre quienes rivalizaban con él en pos de la candidatura oficialista: Hernando Durán Dussán, Ernesto Samper y Alberto Santofimio Botero.

Pero aparte de las injusticias del presente o la inmensas tragedias del pasado, por flaqueza de algunos actores, por robustez de otros, o porque un “diablillo” se coló en los libretos, el seriado de Caracol logra un enrevesado antiprodigio que resulta imperdonable para quienes padecimos las bombas, la zozobra y la sangre derramada por el monstruo.

Para los televidentes entre los 10 y los 30 años como mis sobrinos y mis hijos, el personaje fascinante que descubren en cada episodio se llama Pablo Escobar. Veo la serie con ellos por responsabilidad, para explicarla. Y cada noche lamento más que la narración no refleje el menor asomo del talante extraordinario de aquel colombiano ejemplar que fue Luis Carlos Galán Sarmiento.

@sergioaraujoc

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