La barbarie narrada en poesía

23 de diciembre del 2012

“En verdad, no hay historia memorable que no haya costado mucho dolor humano, pero también es cierto que el dolor es lluvia constante en este mundo, y no siempre deja historias dignas de ser contadas”. W.O. El nuevo libro de William Ospina, “La serpiente sin ojos”, es el último de la programada trilogía de la […]

“En verdad, no hay historia memorable que no haya costado mucho dolor humano,
pero también es cierto que el dolor es lluvia constante en este mundo,
y no siempre deja historias dignas de ser contadas”.
W.O.

El nuevo libro de William Ospina, “La serpiente sin ojos”, es el último de la programada trilogía de la cual hacen parte “Ursúa” y “El país de la canela”. Una saga que complementa los cantos, “Elegías de varones ilustres de Indias”, de Juan de Castellanos, y que da parte de algunas faenas de la conquista española del siglo XVI en nuestras tierras. El escritor narra estupendamente las vicisitudes, barbaries y grandes atropellos en que incurrieron redomados conquistadores movidos por una única ambición: la mixtura de poder y fortuna. ¿Habrá cambiado en algo la historia contemporánea con sus nuevos actores?

Si bien hay una clara correlación, y una cierta continuidad, entre los tres volúmenes, la manera como ha sido elaborado el compendio histórico-literario hace que el lector no se vea obligado, para el correcto entendimiento, de leerlos todos; por supuesto más interesante y enriquecedora es la lectura completa.

Este libro se focaliza en la búsqueda de la ciudad de oro que imaginariamente existía a orillas del gran Río Amazonas o “La serpiente sin ojos”, como lo llamaban en sus lenguas los indígenas habitantes. En la primera expedición conquistadora, presentada en el “País de la canela”, se narra la exploración de Orellana, quien en busca del paraíso de canela encuentra de ventura el descomunal río; en el presente libro se da continuación a través de una segunda expedición narrando las gestas de Pedro de Ursúa en conquista de la inmensa e indomable serpiente. Sus compañeros de aventura: “Resentidos, infames, hombres necios y crueles, que habían traicionado más de una causa, que acomodaban su conducta a la necesidad o al apetito. Una vistosa galería de canallas se destacaba sobre el horizonte de mediocridad de la soldadesca… una tropa mercenaria casi sin sed de gloria y sin más ambición que la rapiña”.

Ursúa. Mucho podría decirse de este intrépido navarro; bastará decir que comenzó su terrible y avariciosa carrera a muy temprana edad, a los diecisiete años fue gobernador y a los veintidós ya había fundado varias ciudades, entre las que destaca Pamplona. Azote de cimarrones, muzos y tayronas a quienes venció salvajemente con su casi aniquilamiento.

Pero el protagonismo de la novela no es solo de Ursúa, este lo comparte, así como su lecho, con Inés de Atienza. Es esta dama hija del español Blas de Atienza y de una india, familiar de Atahualpa –el gran emperador inca, derrotado y ultrajado por Francisco Pizarro–; viuda del encomendero Pedro de Arcos, rica heredera de su padre y de su marido. Esta mestiza, de caprichos y maneras europeas que arrebataba con su gran belleza a nobles y soldados, se convirtió en la amante de Ursúa; este que no se subyugaba ante nadie se doblegó ante esta inusual beldad, descuidando su tan preciada guerra para convertirse en su esclavo de amor, hacerla su refugio y su erótico gemido en la oscuridad. Ladina y consciente de sus atributos lo condujo al despeñadero, haciéndole olvidar sus responsabilidades, hacerle dejar de lado su belicosidad y desatender el férreo gobierno que exigía la pandilla de ambiciosos rufianes que comandaba. Se convirtió Inés, sin quererlo, en la desgracia del conquistador, se impuso como su acompañante en las mazmorras de la selva, y allí al estilo shakesperiano la pasión y los dos amantes encontraron feroz muerte. Ella aportó dinero y tierras en patrocinio a la descabellada aventura a cambio de no separarse de su amante, y este, sin nada chistar, se abandonó al amor y a la lubricidad de la ennoblecida mestiza.

En plena selva, en plena expedición, diez espadas atravesaron el cuerpo de Ursúa, diez conjurados pusieron fin a su empresa, para establecer otro mando de peor calibre en manos del temible y desquiciado Lope de Aguirre: el Traidor, el Peregrino, el Loco como se hacía llamar. Aunque no es el tema central, merecen atención los capítulos finales en donde juega papel preponderante este otro bárbaro conquistador, más salvaje que sus mentores y compinches. No contento con liderar la conjura en la que fue vilmente asesinado Ursúa, ejecutó los asesinatos de Inés de Atienza; luego de Fernando de Guzmán a quien impuesto en reemplazo del asesinado y, además, nombrado Príncipe de Tierra Firme, Perú y Chile; luego de su propia hija; luego de sus compatriotas; luego de los indígenas quienes ni categoría de humanos tenían a sus ojos; luego de quienes se aparecieron en su enloquecida huida; luego, y por último, se rebeló contra el poderoso Felipe II de Habsburgo, el gran rey del imperio español, nieto de Carlos V. Un enfermo sanguinario sin ningún escrúpulo y respeto por la vida humana, ni por las instituciones, ni por las precarias leyes existentes, y que terminó sus días descuartizado y con la cabeza exhibida como escarmiento en una jaula.

Estas brutales expediciones –cuyo meta fundamental era  el expolio del oro y las riquezas naturales sin consideración de los nativos a quienes masacraban y reducían a la esclavitud y a la ignominia mediante poderosos arcabuces, caballos, lanzas y feroces perros– produjeron sin querer y con gran ironía histórica en medio de la tierra arrasada y los mares de sangre, una cultura elaborada y una lengua, esas mismas que Ospina, descendiente y virtuoso, utiliza para contarnos estas reprensibles matanzas, este genocidio inenarrable.

El estilo de escritura es de prosa poética que cautivadoramente derrama en capítulos cortos, cada uno de los cuales remata con un verso. Es sin duda Ospina, aparte de novelista y poeta, un historiador que da muestra de haber investigado juiciosamente sobre las conquistas de la segunda mitad del siglo XVI. Utiliza el escritor un narrador quien es un veterano del periplo de Orellana cuando este en busca del país de la canela descubre el gran río Amazonas. El narrador, un hombre bienintencionado, descubre la vileza cuando ya no puede retroceder en esta misión expedicionaria, y así se refiere: “Digamos entonces que me abandoné a mi destino con la docilidad con que la canoa se entrega a la corriente. Ya no era más que un pájaro que no se pregunta por qué vuela sino que sigue el impulso de sus alas, un mudo pez sin párpados que se deja llevar por el río”.

Aunque este libro narra una sucesión de infortunios, al cual más bárbaro, se cuida bien Ospina de no hacer de esta obra un compendio de agravios del pueblo amerindio; es justamente en la sutileza y neutralidad con que presenta los hechos, en lo que radica la credibilidad y la magnificación e insurrección pretérita que produce la gran bestialidad que en definitivas fue esa época desastrosa que con alguna benevolencia se llamó la conquista. “La vida es como un río que da tumbos en la noche”, nos advierte el escritor con gran acierto.

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