La decrepitud de Transmilenio

10 de diciembre del 2010

Debe ser muy pesado para un tipo como Enrique Peñalosa ir por la vida proclamando las virtudes del Transmilenio contra todas las evidencias, y, contra todas las evidencias, debe ser más duro aún ir por la vida regañando a todo aquel que hable bien del Metro y que opine que lo que necesita una ciudad como Bogotá es un Metro.

Digo yo. Debe ser durísimo, digo que contra toda evidencia, porque Peñalosa es un personaje de mundo a quien cada vez que las emisoras colombianas pillan para algo lo encuentran en un horario distinto. Que estoy en las islas Azores; que en un seminario en Brunei; que aquí también es por la mañana pero por la mañana de mañana, dice desde Vanatu este ex alcalde bogotano que por viajar tanto a tanto seminario de desarrollo urbano tiene que haber sabido y visto que el Transmilenio bogotano es nada más que un embeleco que él debe defender a las dentelladas porque fue quien embarcó a Bogotá en esta obsolescencia.

Porque qué embeleco. Para empezar Transmilenio no es nada más que un bus organizado, como existe en todas las ciudades del mundo sin que se llame así y sin que cueste lo que ha costado este carcamal que destruyó a Bogotá. En las ciudades disciplinadas hay un carril por donde solo van los buses y unos lugares en donde solo suben los pasajeros de esos buses. Lo mismo que Transmilenio pero sin alharacas. Y sin los costos extravagantes que ha tenido este sistema que le ha abierto a Bogotá unas cicatrices a perpetuidad.

No es perdonable que para poner a rodar un achacoso transporte como ese hubieran acabado con la 26, la única avenida de mostrar que tenía Colombia. Que la hayan vuelto un pantanero y que le hayan quitado para siempre el paisajismo que incluía hasta patos en sus humedales, es un crimen con los colombianos que disfrutamos de aquella amplitud y un crimen con quienes jamás la conocieron.

Y así. Y así muchas heridas urbanas abiertas para mover pasajeros a los trancazos por unas rutas vulnerables y propensas a los accidentes. No hay día en que no se registre al menos un impasse grave y todos los días alguna organización de más de dos personas –desde invidentes hastiados de promesas hasta amas desesperadas por tener que lavar tanta loza—se toma alguna troncal y produce un caos de horas en la ciudad total.

Ante esta realidad inocultable, el vetusto Transmilenio sigue abriendo trochas. Ahora le tocará el turno a la carrera séptima, que también destruirán a precios estrambóticos. Y todos saben –los gobernantes, los usuarios, Peñalosa, los peñalosistas si los hubiere—que esas inversiones no fructificarán porque los sistemas como ese han servido en ciudades pequeñas o medianas si acaso pero nada más. Y que si Transmilenio fuera, en realidad, tan vanguardista como lo presentan sus obstinados defensores, pues Paris y Berlín y Santiago y Bilbao no tendrían los Metro que tienen sino que tendrían Transmilenio, que los tienen, pero les llaman buses.

Y mientras avanza la destrucción de Bogotá para crecer el decadente modelo, el urgente Metro va de para atrás. El gobierno nacional le ha puesto una zancadilla cuando todo empezaba a encarrilarse: le nombró una comisión, que en Colombia es una partida de defunción de cualquier idea. Una comisión que evalúe la primera línea; que reestudie el primer estudio; que replantee el inicial planteamiento. Comisiones que todo lo deforman porque, como lo sentencia el viejo ejemplo, un camello es un caballo diseñado por una comisión.

En esas está Bogotá. Oyendo el cuento trasnochado de que Transmilenio es lo max. Que es justo y a la medida. Y viendo cómo la ciudad se ha vuelto trincheras por su cuenta. Porque ese aspecto de ciudad bombardeada de manera rústica se justificaría si fuera para que rodara un Metro invulnerable a los bloqueos y de locomoción limpia por el uso de energía eléctrica y de asientos confortables y de recorridos rápidos como sucede en los metros del mundo. Como sucede en Londres desde hace 147 años. Y en Nueva York desde ese mismo 1863. Como sucede en Buenos Aires desde 1916 y en México desde 1969 y en Santiago desde hace 35 años. Ah, y en Medellín desde hace 15 años.

http://www.youtube.com/watch?v=64cTSVyIcm0

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