La destrucción que merecemos

23 de diciembre del 2010

El diluvio que nos doblega le da varias oportunidades al país, una de las cuales es la de ser construido, en serio y en definitiva, porque tanta historia de carreteritas deleznables y de diques a las volandas y de puentes por no dejar, han pasado su cuenta de cobro y aquí estamos casi como al principio de los tiempos.

Qué desolación. Que las lluvias hayan devastado a media Colombia más que dolor me causa irritación. Soy franco. Solidaridades aparte con los sufridos destechados/desplazados/damnificados, ver el país convertido en ciénagas no me hace clamar al cielo misericordia y orar para que el Supremo sea piadoso, no me produce eso, sino que me confirma que toda ésta es la destrucción que merecemos.

Es duro decirlo, sí, lo sé, pero mirado el pasado de esta Colombia negligente y alcahueta, estamos nada más pagando la imprevisión y nuestro espíritu destructor. De la imprevisión ya se está encargando la Procuraduría, tarde como siempre, con las investigaciones a las Corporaciones Autónomas Regionales que existen hace años y que desde hace años poseen poder y administran presupuestos y solo ahora, con el agua al cuello, corren a preguntarles qué hacen, para qué sirven, a quién sirven.

Y de la destrucción nos hemos encargado todos. Los grandes urbanizadores que a través de maromas han construido sobre los retiros de las quebradas en las grandes ciudades o en las laderas de las montañas a las que han herido. Y los colombianos silvestres también, los que ahora también hacen cara de nada que ver, que han contribuido de manera obstinada al acabóse de la naturaleza, a la tala grosera y la extinción de las aves y al irrespeto por la cordillera.

Todo eso se paga caro. Hasta el romanticismo con el que solemos envolver los relatos de los vapores que navegaban por río Magdalena desde comienzos del siglo XIX, debemos estar pagándolo ahora. Los árboles que existían en las vegas del río, en toda su cuenca desde Honda hasta Bocas de Ceniza, fueron talados para alimentar las insaciables calderas de las embarcaciones. No quedó sombra. Y no hubo entonces –como no hubo después ni ha habido ahora—una seria política de reforestación que impida todo este colapso ambiental que ahora padecemos.

Pero quizá la mejor oportunidad que nos da esta tragedia invernal, como la llaman los ministros y los periodistas, es mirar la historia. Mirarla para encontrar en ella la existencia de colombianos cuyo heroísmo desconocemos casi siempre y casi todos, y por esa ignorancia es que creemos que quienes habitamos ahora este territorio somos los más avispados y los más exitosos.

Hace tres mil años, 3.000 años, lo que hoy son las sabanas de Córdoba y de Sucre estaban habitadas por los Zenú. Constituían lo que se ha llamado la cultura Panzenú. Este pueblo padecía los rigores de unos ríos indómitos que solían desmadrarse en cada aguacero de aquellos que eran aguaceros bíblicos. Los que hoy llamamos ríos San Jorge y Sinú vivían desbordados, descorregidas corrían sus aguas por todas aquellas tierras planas, y las continuas inundaciones les impedían la agricultura y la vivienda.

Los Zenú, entonces, hace tres mil años, 3.000 años, idearon una ingeniería de surcos en la tierra y lograron domesticar esas aguas y ponerlas al servicio de su producción de alimentos. Es lo que se conoce como Sociedad Hidráulica del Zenú, cuyos vestigios todavía se ven por San Marcos, por San Benito Abad, por alguno de los 110 kilómetros cuadrados que al menos cubrió la proeza.

Porque fue una proeza. Una proeza hecha por aquellos colombianos antiguos con imaginación y con sus propias manos.  Resultado del trabajo. Y del reto que les impuso una naturaleza que debieron dominar sin agredirla. Una proeza que vale recordar ahora cuando se impone la construcción de esta Colombia anegada a la que le faltan lamentablemente los Zenú.

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