Los estándares y la legitimidad

6 de septiembre del 2012

El diálogo no es sino una fórmula, un instrumento para que la civilidad se pueda expresar. La civilización ha puesto en el diálogo el punto de inicio y de llegada, para la producción del quehacer social; es la manera en que se puede iniciar una interacción de posturas y, por supuesto, la llegada a una […]

El diálogo no es sino una fórmula, un instrumento para que la civilidad se pueda expresar. La civilización ha puesto en el diálogo el punto de inicio y de llegada, para la producción del quehacer social; es la manera en que se puede iniciar una interacción de posturas y, por supuesto, la llegada a una conclusión en valores. Es la diferencia entre la racionalidad y la barbarie. Todo el contorno social —en el entendimiento de lo humano— es diálogo y comunicación. La comunicación y el lenguaje son, por supuesto, una forma de relación y así, una verbalización del diálogo. En días pasados lo puso de presente en especial y muy reflexionado escrito, Juan David Zuloaga D. (Atalaya-La lengua del Tercer Reich (II)-); cada postura, cada propuesta en el sistema de comunicación, que lleva o no al diálogo, tiene un lenguaje, una manera bien sea incluyente o excluyente, respecto del interlocutor. Los sujetos, los interlocutores son, en sí mismos, una puerta que permite abrir o no la comunicación y con ello, el diálogo.

La realidad micro y macro se repiten, se recrean o, en términos sencillos, se reproducen en toda actividad, sea formal —Estado— o, informal —social—. Cuando se trata de sociedades, se maximiza la iniciativa privada; si del Estado, se producen la norma, las estructuras electorales, la representación de los poderes, la legalidad de la organización política; ahora bien, si de relación entre Estados, se llega a los acuerdos, tratados o convenios bilaterales o, multilaterales. Y, en general, hay acercamiento cuando se trata de la aplicación de valores o axiologías entre partes o contrapartes; así, se encuentran el proceso, los procesos jurídicos, los derechos de petición y, por supuesto, la acción de tutela, en donde el diálogo se defiere a un tercero llamado juez. Tampoco dista mucho la situación frente al contendiente, frente a quien subvierte el orden, pues allí el diálogo y la comunicación se deben dar entre partes, partes del conflicto. En fin, el diálogo es esencialmente civilidad.

La descalificación personal, la afrenta, la burla, el menosprecio, la desconceptualización al sujeto son, del todo, antónimo del diálogo; evitan la comunicación, rompen la confianza, pero es más, en términos propios, desconocen la otredad y, con ello, actúan contra la Constitución Política, pues al excluir, discriminar, ejercer un manejo odioso, con relación a la construcción y al interés superior de la Paz, considerada ella como derecho y deber, se vulnera la Carta Fundamental.

Los instrumentos entonces existen y solo es necesario ponerlos en ejecución. Y para ello se requiere tener en cuenta que muchos se encuentran fabricados, no hay que inventarlos y, diremos en derecho, están vigentes. Vigente la Constitución y los acuerdos bilaterales y multilaterales. Aplicarlos en un conflicto es obligatorio.

Pero, ¿cómo se hace posible y aplicable que la Paz sea un derecho y un deber? ¿Con la mera referencia constitucional? La respuesta es un no rotundo, pues se necesita del diálogo, aquí entre las partes, sean ellas cuales sean, las partes de la comunicación, los interlocutores.

Y, en la base de ese diálogo están, sin duda, los instrumentos o herramientas legales y, en ellas, el aportar con imaginación, posibilidades. A ello se le denomina ‘zona de transición’, vale decir, cuál la respuesta a la situación de conflicto y, cómo desarrollar la comunicación para llegar a conclusiones de valores necesarios para lograr la paz.

Si los instrumentos se encuentran vigentes, ¿qué se requiere para su aplicación? No solo la voluntad política —derecho-deber—, sino el acuerdo, la norma que produce el diálogo. Así la ‘zona de transición’ deberá producir resultados cuya legitimidad se encuentre en los acuerdos internacionales sobre derechos humanos, allí su límite. Límite, pues no se pueden desconocer en un mundo globalizado y, legitimidad, pues será punto de conclusión global, desarrollo de un estándar y referente para la creación de una legalidad de una normatividad incluyente y definitoria.

La ‘Zona de Transición’ constituye el esfuerzo imaginativo de producción del diálogo, la estructura de la legitimidad, que luego se convertirá en legalidad y, por supuesto, el límite a las posibilidades de acción, que irán desde los ‘acuerdos operativos’, los ‘acuerdos especiales’, hasta las comisiones de la verdad. Gama, formas, mecanismos de desarrollo de la legitimidad, que devendrá posteriormente en legalidad.

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