Modernidad y sangrado menstrual

11 de julio del 2012

Para la mayoría de nosotros pertenecientes al género masculino es difícil hablar de menstruaciones. Sobre todo con aquellas agresivas hermanas feministas que nos hacen sentir a los hombres culpables de casi todos los males del mundo. ¿Qué derecho tenemos nosotros a pontificar sobre algo que no experimentamos? Punto a favor de las compañeras. Pero es […]

Para la mayoría de nosotros pertenecientes al género masculino es difícil hablar de menstruaciones. Sobre todo con aquellas agresivas hermanas feministas que nos hacen sentir a los hombres culpables de casi todos los males del mundo. ¿Qué derecho tenemos nosotros a pontificar sobre algo que no experimentamos? Punto a favor de las compañeras. Pero es tema apasionante desde un punto de vista médico y biológico. Además cada vez más importante ante el crecimiento desmedido del complejo médico-industrial de las grandes compañías farmacéuticas empeñadas en ofrecer “solución” bioquímica a todos los problemas humanos.

El sangrado menstrual ha llamado poderosamente la atención de todas las culturas humanas desde la prehistoria. Frecuentemente se interpretó que el cuerpo femenino necesitaba purificarse de tanto en tanto y sangraba. De ahí quizás se consideraron la mujer y su sangrado periódico impuros. La medicina hipocrático-galénica probablemente se apoyó en la ocurrencia de esa hemorragia natural para recomendar sangría en muchas condiciones patológicas. Quedaba entonces la mitad femenina de la humanidad condenada por autoridades médicas, religiosas y culturales, casi siempre masculinas, a menstruar in saecula saeculorum.

Sólo los astutos médicos alejandrinos pensaron que esto no era siempre natural y podían existir menstruaciones excesivas y patológicas. Algunos recordarán la escena del film Ágora (2009) de Amenábar cuando Hipatía confronta a un auditorio de estudiantes alejandrinos varones con un paño manchado de sangre menstrual. Entonces, diríamos con ella, la menstruación no es una condena milenaria sino un proceso biológico que debe ser investigado.

La doctora Beverly Strassmann se dedicó en los ochenta del siglo pasado a contabilizar los períodos menstruales en una población ancestral africana, los Dogon de Mali. En este grupo humano el primer sangrado menstrual o menarca ocurre a los 16 años y las mujeres quedan embarazadas ocho o nueve veces durante su vida, en promedio. Antes de los veinte años ocurren unas siete menstruaciones por año; de los veinte a los treinta y cinco las mujeres están embarazadas o lactando frecuentemente promediando una menstruación al año; de los treinta y cinco a la menopausia, con la disminución gradual de la fertilidad, tienen aproximadamente cuatro menstruaciones anuales. En total estas mujeres tienen unas cien menstruaciones durante su vida. La mujer occidental moderna sufre en contraste unos cuatrocientos períodos menstruales (What the Dog Saw, Gladwell). Entonces nuestras compañeras en esto de la evolución humana menstrúan en la actualidad cuatro veces más.

Esta condición, que podríamos llamar polimenorrea de la modernidad, se ha asociado a varias patologías. Cada ciclo menstrual se acompaña de picos hormonales. Podría pensarse: si la mujer en nuestros días está expuesta a más picos hormonales esto podría contribuir a la aparición de algunas neoplasias como el carcinoma de glándula mamaria. También hay quienes han creído que el sangrado excesivo podría causar la disminución leve de hemoglobina, 1 o 2 gramos por 100 ml de sangre, en la mayoría de las mujeres. Por supuesto sangrados más frecuentes llevan a más frecuentes cólicos y malestar general en algunas mujeres. Si a esta compleja situación se le suma la falsa percepción social y laboral de la mujer como ser débil, enfermizo, quejoso, sujeto a embarazos y “sangrados femeninos” podríamos estar justificando una perversa discriminación machista. Por eso es importarse educarnos en este tema y evitar que la mujer joven sea vista como enferma durante “sus días”.

Se ha explicado esta mayor frecuencia de sangrados menstruales en la mujer moderna por varias causas. La más importante es la disminución de la natalidad en las poblaciones humanas desde hace unos doscientos años. Las mujeres hoy tienen uno o dos embarazos durante su vida. Hasta hace unos pocos siglos eran diez o doce. Menos embarazos y menos lactancia llevan sin duda a más períodos menstruales.

Otro factor importante es la temprana menarca o primera menstruación en nuestras jóvenes y niñas. Esto produce más ciclos hormonales durante la vida de nuestras mujeres contemporáneas. La menarca temprana se ha asociado a dieta hipercalórica y más frecuente obesidad infantil en nuestros días. La obesidad se considera un estado endocrino hiperestrogénico por lo cual se asocia a enfermedades como el carcinoma de endometrio. También algunos autores hablan de la estrogenización del mundo contemporáneo refiriéndose a la frecuente presencia de moléculas de este tipo en nuestra alimentación y ambiente. Sea lo que sea la mujer contemporánea está expuesta a estrógenos en mayor cantidad y por mayor tiempo en la actualidad.

El problema ha seguido discutiéndose. Un libro de hace unos diez años (¿Es obsoleta la menstruación?, Coutinho y Segal) proponía que deberíamos hacer el sangrado menstrual menos frecuente por medios farmacológicos. Otros biólogos se han preguntado si la menstruación tiene en sí misma alguna ventaja evolutiva y valdría la pena conservarla. Hablar de ella no es fácil pues es uno de los últimos tabúes que nos quedan. Pero es necesario hacerlo antes que las fuerzas del mercado nos ofrezcan una solución fácil pero quizás inconveniente.

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