Nana de la cebolla…

26 de julio del 2012

Detesto la cebolla desde que usaba calcetines. No me gustan su olor, su sabor, su consistencia. La detecto a leguas y me produce náuseas. Junto con el apio y esas canicas diminutas –verdes, pastosas y espantosas– denominadas arvejas, las cebollas son el tercer pelo del diablo que me echa a perder cualquier menú vegetariano. De […]

Detesto la cebolla desde que usaba calcetines. No me gustan su olor, su sabor, su consistencia. La detecto a leguas y me produce náuseas. Junto con el apio y esas canicas diminutas –verdes, pastosas y espantosas– denominadas arvejas, las cebollas son el tercer pelo del diablo que me echa a perder cualquier menú vegetariano.

De este desamor no se escapa ninguna de sus manifestaciones. Ni la roja, ni la blanca, ni la cabezona, ni la de huevo, ni la junca, ni la de rama, ni la cebollina, ni la cebolleta; ni siquiera sus primos, los estirados puerros. Ni nada que se le parezca.

Sospecho que todo comenzó aquel día en el que a mi salón le tocó izar la bandera y hacer una representación de Frutos de mi tierra. Teníamos que ir disfrazadas y a mi mamá no se le ocurrió nada mejor que envolverme en almohadas y forrarme con una tela descolorida para que, regordeta e incómoda, me montara al bus del colegio, ¡personificando una cebolla! Ajjj, detesto esos bulbos irritantes que me hacen llorar aunque no quiera.

Podría seguir con la diatriba, mas, ahora sí, a lo que vinimos: a descubrir cuánto de cebolla tiene Colombia, más allá de que esta y aquella nos vuelvan de lágrima fácil. Porque el síndrome de personalidad múltiple, sí que lo comparten. Sólo que el de la cebolla es de todos conocido (roja, blanca, cabezona…), lo cual es una ventaja para saber a qué atenernos. El de Colombia, en cambio, subyace agazapado entre los artículos de la Constitución que dice que somos una república unitaria y soberana, multiétnica y pluricultural, etcétera y etcétera. Y, como casi siempre sucede, nos tragamos ese blablablá ideal que nos echaron los constituyentes del 91.

La prosaica realidad inclina la balanza del lado de quienes pensamos que Colombias hay muchas. Tal vez demasiadas, parodiando al periodista Miguel Ángel Bastenier que el domingo escribió en El Espectador: “Españas hay demasiadas”. Se refería, entre otras cosas, a lo poco españoles que se sienten pueblos como los vascos y los catalanes; yo me refiero a lo poco que nos entendemos las regiones y las etnias que conformamos y habitamos el territorio nacional. Aquí y allá, estos y los otros, nos sentimos colombianos, sí; pero en teoría. En la práctica…, nos abanicamos con la Carta. Nos importa una soberana cebolla.

Los indígenas van por un lado; los afrodescendientes, por otro; los costeños, los paisas, los rolos, los llaneros, los de las fronteras, cada uno por el suyo. Igual los empresarios, los funcionarios, los estudiantes, los desempleados, las fuerzas del orden, los alzados en armas… ¿Distintas capas de la misma cebolla? Vaya usted a saber.

Lo que pasó la semana pasada en Toribío (Cauca), entre miembros de la comunidad Nasa y miembros de la tropa de alta montaña del Ejército, cae como anillo al dedo para ilustrar y sustentar las diferencias que existen entre el “deber ser” consignado en el papel y el “ser” experimentado en la cotidianidad. Una cosa es el concepto de soberanía para los indígenas que sacaron a empellones del Cerro Berlín al sargento García –bañado en llanto, cual si hubiera picado cebolla– y a los demás uniformados y, otra, el concepto de soberanía para los militares, el gobierno y la mayoría de los compatriotas que vimos el desalojo como un atropello.

Los primeros —tal vez por estar hartos de ser carne de cañón, o por herencia ancestral, o por manipulaciones externas a la comunidad, o por abandono del Estado, o por todas las anteriores— miden a quienes tengan armas (guerrilleros, paramilitares, soldados) con el mismo rasero, aparte de que están convencidos de que son ellos, y solo ellos (los indígenas), los llamados a cuidar la montaña en la que, por siglos, han practicado sus rituales. Que la Constitución diga, expresamente, que no hay metro cuadrado de tierra vedado para la fuerza pública, los tiene sin cuidado. A su juicio, Colombia termina donde comienza el resguardo. Y están dispuestos a demostrarlo. A palazos y cebollazos.

¿Tienen o no la razón? No se trata de responder a esta pregunta. Tienen UNA razón que es lo que importa. Y la seguirán defendiendo, por más mesas de concertación que se organicen y por más que lleguen a un acuerdo —que en cualquier caso será temporal— con las autoridades. Porque si bien son colombianos, la Colombia de la que forman parte no es la que está en los libros. (Es cebolla silvestre).

Como tampoco lo es —en predios de la política— la que el candidato supone que va a encontrar, la que el presidente electo intuye que va a enfrentar, la que al presidente en ejercicio lo va a encartar y la que al expresidente lo va a culpar. Son cuatro Colombias, cinco, con la torre de Babel que sufrimos a diario la generalidad de los ciudadanos.

Demasiada dosis de liliáceas (de huevo, junca, de rama…). Hielo negro y escarcha/ grande y redonda, cantó el poeta Miguel Hernández. Sólo que no se refería a la Colombia profunda (grande y redonda), a la que tampoco parece referirse la Constitución.

Dobleclick: Mi vecino, que es un excéntrico, tiene un camaleón de mascota. Se llama Roy.

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