Obras públicas con fantasmas

23 de noviembre del 2010

Dos viajes a Boyacá, Tunja y Duitama; uno a Melgar y otro de Montería a Sincelejo y Corozal, dejan en claro que en Colombia estamos llenos de obras públicas con fantasmas, en el sentido de que no trabaja nadie. Una que otra máquina parqueada sin operario a la vista y mucha tierra amontonada sin que se observen obreros ni ningún tipo de personal haciendo algo para terminar esas obras es todo lo que se ve. Es decir, tierra removida, maquinaria inmovilizada y fantasmas. Esto hace que esos viajes sean particularmente curiosos, llenos de realidades inesperadas.

De Bogotá a Melgar, súbitamente se entra a una carretera de las cacareadas dobles calzadas. Por fin, piensa el pobre viajero, Colombia entró al siglo XX, no al XXI porque estamos muy lejos de la infraestructura que tienen países más avanzados, inclusive en América Latina. Pero bueno, algo es algo. Y cuando ya el entusiasmo pasa, sorpresivamente se da un gran trancón, donde enfrente del pobre vehículo particular hay una extensa fila de inmensas tractomulas esperando que se levante la prohibición de continuar. ¿Qué sucede? Que de la doble calzada se pasa a la vieja carretera angosta, llena de huecos y que bordea unas inmensas montañas que amenazan, en medio de este invierno, con venirse abajo y dejar rodar unas piedras gigantescas que ya han aplastado a muchos vehículos en el país. ¡Que miedo! No es solo cobardía, es también simple realismo.

La salida a Boyacá es más placentera, pero de nuevo, cuando se disfruta del entusiasmo de estar en una vía amplia y moderna, abruptamente se vuelve al pasado, carretera estrecha y obras que empezaron hace mucho tiempo, sin concluir. Cuando se ha avanzado tanto en una carretera tan vital para Colombia, es incomprensible que de nuevo aparezcan los fantasmas: maquinaria inmovilizada en medio de polvaredas y no se encuentra un obrero ni para un remedio. Y ni hablar de aquella carretera que mencionaba entre Córdoba y Sucre. No solo sucede lo mismo sino que además, como se quejan los sucreños, el peaje sí tienen que pagarlo, cuando los trabajos están paralizados.

Las explicaciones existen como en todo, pero éstas no sustituyen la urgencia de acabar con esas obras públicas donde trabajan fantasmas. Algunas de ellas son: el carrusel de contratación, los Nule que estaban metidos en todo con la benevolencia del Gobierno y la incapacidad de las instituciones públicas para actuar y controlar. En otras palabras, la corrupción que en este sector ha logrado un nivel de contaminación increíble, es uno, si no el mayor de los pecados que se están dando en el sector de obras publicas colombiano. Y mientras tanto, los fantasmas no encuentran trabajo…

Un país que en una época se sintió orgulloso de su ingeniería necesita que se tomen medidas rápidas tanto en el sector público como en la actividad privada. El gremio, como deben hacerlo muchos otros, debe separar a aquellos constructores envueltos en actos de corrupción de aquellos que mantienen un código ético de conducta. Es decir, le toca al sector privado ayudar a eliminar ese terrible mal de los empresarios de la política, que lejos de acabarse avanza a pasos agigantados en muchos sectores. Esta alianza perversa entre público y privado debe cambiarse por un círculo virtuosos entre los dos sectores, de manera que gane la transparencia y por ende todos y cada uno de los colombianos. Por favor no más obras donde asustan los fantasmas.

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