Pasiones y política

14 de septiembre del 2012

Ver como se desarrolla la campaña presidencial norteamericana enseña, y bastante, sobre la naturaleza profunda de la política y su entronque con la condición humana y sus pasiones. Los republicanos hoy capturados por unos libertarios extremistas, los miembros del llamado tea party, se convirtieron en los voceros de valores profundamente arraigados en el alma norteamericana, […]

Ver como se desarrolla la campaña presidencial norteamericana enseña, y bastante, sobre la naturaleza profunda de la política y su entronque con la condición humana y sus pasiones.

Los republicanos hoy capturados por unos libertarios extremistas, los miembros del llamado tea party, se convirtieron en los voceros de valores profundamente arraigados en el alma norteamericana, como son un individualismo exacerbado que le rinde culto a la absoluta autonomía y libertad personal para hacer y deshacer, sin otro límite que sus propias capacidades o ambiciones, porque ni siquiera las limitaciones ambientales y naturales existen para su ambición; un antiestatismo que se vuelve caricaturesco al negar de plano la naturaleza social de la condición humana y solo admitir como ámbito social a la familia nuclear, aislada en su vivienda suburbana e integrada a la comunidad conformada por el reducido círculo de los vecinos-feligreses agrupados en torno a la iglesia de la comunidad.

Es una iglesia calvinista que valora hasta la santificación al éxito material, con su mensaje de invitación a no alimentar con impuestos al monstruo del Estado y de favorecer en cambio las obras sociales financiadas al gusto del ciudadano con donaciones que, para rematar, cuentan con exenciones tributarias significativas; obras sociales a las cuales, en el marco de programas generalmente organizados por la iglesia, le dedican horas de trabajo voluntario. Donaciones y trabajo voluntario que son la base del gigantesco mundo fundacional, que los norteamericanos denominan “el tercer sector”.

El ideal republicano es el del ciudadano que solo pide espacio y tiempo para construir su sueño y hacerlo realidad. Un ciudadano que se desdobla en consumidor ilimitado que se inmola en el sacrosanto altar del mercado donde oficia y se le rinde culto a la misteriosa e inefable “mano invisible” que todo lo regula y a quien nadie puede regular, puede cuestionar sus decisiones tanto en el mundo de la producción y del intercambio como en el de las finanzas y el trabajo. El adobo de la fórmula del “american way of life” es un patriotismo sin concesiones ante el cual al resto del mundo no le queda más que admirar el poderío USA y obedecer, doblegándose ante sus imparables éxitos.

Los demócratas por otra parte, como buenos norteamericanos, comparten con los republicanos la exaltación de la familia y la religiosidad, eso sí, con mayor influencia de la religiosidad negra y la doctrina social católica que impregna los comportamientos y valores de italianos, irlandeses y latinoamericanos; religiosidad que es base ideológica de una sociedad cuyo Estado sin embargo es laico; exaltan el éxito económico personal pero sin los excesos republicanos, al reconocer la importancia de la acción estatal como apoyo y garante del hacer de las personas.

El ideal del demócrata es una sociedad igualmente fundamentada en la iniciativa y empuje de sus ciudadanos, pero reconoce que la realidad no se agota en el individuo, que su plena realización requiere su vinculación con su entorno social y ambiental que le aporta para su desarrollo personal, a la par que le genera compromisos con los otros. La solidaridad junto con la iniciativa y la libertad individual constituyen los valores que enmarcan la visión y el obrar de los demócratas. La regulación económica de las actividades y de los mercados, y los impuestos son complementos indispensables de la iniciativa y de la generación de la riqueza que no es solo individual sino también social.

En unos y otros se expresan formas de entender y asumir la vida, con sus riesgos y posibilidades, que han desembocado en la formación de partidos o agrupamiento de afines, a partir de elementos de cultura, de talantes personales como diría Álvaro Gómez, de tradiciones y lealtades familiares y aún comunitarias.

La política definitivamente no hace parte de la ética. Tampoco es expresión de la racionalidad formal que modela comportamientos. Por el contrario, hace parte del oscuro, fuerte y contradictorio reino de las pasiones, de los sentimientos primarios donde impera el miedo, la duda y la desconfianza frente a la vida y el futuro; el afán de ser reconocido en su persona pero también la necesidad de seguridad que proporciona sentirse integrado a un grupo definido (“los nuestros”) para enfrentar la incertidumbre e inclusive la sensación de amenaza que nos producen “los otros”. Afinidades que mezcladas con historias compartidas dan origen a los sentimientos de proximidad y cercanía que terminan tomando forma en los partidos políticos. No en vano en hay territorios — barrios, veredas, ciudades, regiones—, familias que son o liberales o conservadores, y se constituyen en elemento de identidad, de diferenciación frente “al otro” y eso, en el comportamiento humano se constituye en factor determinante.

La política norteamericana a diferencia de la colombiana, y la campaña presidencial en curso así lo muestra, tiene la transparencia y claridad en ideologías y propuestas que tanta falta le hace a nuestras confusas y cambiantes opciones y posiciones políticas.

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